24
Abr
2015
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Por la veintena de Abril

No está bien. Él me dice que sí, que le deje en paz, pero yo sé que no está bien. Lo sé porque hoy ha vuelto con los pulgares escondidos bajo las mangas. Al peinarle el pelo revuelto bajo el cuello ha descargado un brusco espasmo contra mi mano. No me sonrió. Se ha ido sin cenar a la cama. Al rato, he escuchado un temblor que venía de arriba. La hueca respuesta de mi marido echado sobre el sofá, los gritos breves, me dirigieron al trozo de techo bajo su cuarto.

En su almohada habían restos de un grito ahogado y silencioso, mudo. Cuando le pregunté, no obtuve respuesta: sobre el cojín solo las señales de unos ojos llorosos y la saliva de su mandíbula abierta.

Ha tomado tres pastillas, ha dicho que hoy le costaría dormir. Me asusta abrir su cajón, ver las cajas vacías del Ritalin y la Zyprexa, amontonadas; me asusta que me pille acechando sus medicinas, que con su mirada acuse una imperdonable intromisión. Estoy perdiendo a mi hijo. Lo sé. Lo sé, porque mañana dejará de ser mi hijo y fingirá haber resuelto sus problemas.

Y se marcha y me deja, sin más. Se marcha sin más que dejar a la vigilia sustituir el sueño aplomado en su rostro, y que su cuerpo evacúe las hondas respiraciones de anoche. En ocasiones pienso que yo también fabrico la sintética distancia entre mi dormitorio y la puerta cerrada de su habitación. Que debería levantarme y hablar con él. Y lo hago, y solo llego a posar la oreja.

Mi marido ni se inmuta… sigue roncando. Mi hijo se muere por dentro.

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