8
Mar
2015
2

Veinte más una

A ambos lados del camino la caliza se descomponía en piedras más pequeñas. Un transporte avanzaba lento por el centro y levantaba polvo amarillo. En la chapa lateral refulgían las letras desgastadas de un coche Ransom. En su interior llevaba veinte mujeres con grilletes en pies y manos, divididas en parejas por un pasillo. Sus frentes brillaban húmedas y las rayadas camisas se adherían al sudor del cuerpo. Las piernas de algunas colgaban hacia el corredor y muchas estaban esposadas a la barra del techo. Contra el asiento delantero, una rea aplastaba su frente y el bordado irregular de su espalda se descubría: CONDADO DE RIKERS. El sol iluminaba enteramente la cabina del conductor al pie de una curva empinada. Una mujer sin esposas mantenía la mirada hacia la rejilla que cubría los cristales. Unos barrotes la confinaban del resto, escoltada por dos guardias armados. El haz penetrante cambiaba su ángulo con la curva y minúsculos rombos de luz se proyectaban sobre su cuerpo. Vestía un traje liso, zapatos rojos y un sombrero tocado con una figura de papel. A sus pies guardaba varias maletas de cuero. Entre las cremalleras asomaban esquinas de tela estampada.

Súbitamente se escuchó un fuerte choque y el coche se detuvo. El estruendo hizo que las presas se levantaran para mirar hacia la cabina. Uno de los guardias se arrimó al cristal y dio un rápido vistazo. Sobre la gravilla, había un conejo desollado con la cabeza separada del cuerpo y su sangre empapaba la tierra. El dibujo del neumático se reflejaba en un charco rojo, poco profundo, y la carne desmembrada flotaba con algunas hebras de pelo gris. De los agujeros del capó salía el vapor con un sonido agudo y las gotas de aceite formaban un denso lodo bajo el radiador.

El hombre uniformado se apeó del autobús con tres pasos y dejó la cabina desierta. Del exterior provenían los ruidos de golpes metálicos. Con los pies fuera, giró sobre sí, inclinó su cuerpo hacia el interior y desde aquella posición contó una a una las encarceladas. Apuntaba con su dedo. Al salir, cayó de su cinturón un llavero sobre el primer escalón y permaneció allí hasta que abandonó el lugar. La mujer del vestido lo recogió y agitó las llaves en el aire hacia el resto de mujeres.

Todas salieron por la puerta trasera. Cuando la última prisionera bajó, la sangre del camino se había secado y en el mismo asiento la mujer libre seguía colocándose su vestido, sentada, mirando como el conductor se agitaba. Varias camisas rayadas habían caído detrás del coche-cárcel, vueltas del revés. A cien cuerpos de distancia, veinte señoras atravesaban campos de trigo vestidas de satén, y sus pies sorteaban el empedrado dentro de zapatos de charol.

Deja un comentario