10
Jun
2014
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“Masha, la bruja muda”

Masha era la hija bastarda de un importante noble ruso y miliciano, con un alto rango militar y cercano a la corte del zar. Fruto de una violación, asuntos como el de Masha eran tapados uno tras otro, pues eran incontables las chicas de pueblo forzadas a voluntad de los de los oficiales del cuerpo de marina ruso. Así, aquella niña se concibió durante una de las muchas rebeliones populares del campesinado de febrero de 1917, cuando la hambruna y la carestía de alimentos se había convertido en un problema endémico en una Rusia convulsa, entonces gobernada inexpertamente por Nicolás II.

Su madre Ivana era una amazona del sur de Siberia, crió a su hija según las costumbres de la etnia coriaca, distinguida por su tosquedad y secas maneras. La dureza de aquellas tierras, hicieron que la infancia y pubertad de Masha no fueran nada fáciles. Durante sus primeros años, ambas solían sobrevivir con la leche de una cabra que criaban y comiendo las pocas presas que cazaba la madre, que además de una diestra curtidora de pieles, era una experta maestra tejedora que hacía abrigos de alce y gorros de conejo muy lanudos, entre otras muchas prendas, siempre de gran calidad. Vivían en una humilde cabaña de planta circular, en una minúscula pedanía cerca de Vladivostok, rozando el extremo del continente asiático pero aún lejos de la costa. Los inviernos eran intempestuosos y fatigantes. Estaban obligadas a almacenar comida o condenarse a morir de hambre y de frío sepultadas bajo la nieve. Aquella zona era muy inhóspita, las nevadas atizaban los tejados la mayor parte del año. Para Masha nunca fue agradable dormir siempre en el suelo. Sin duda, llevaba una vida demasiado adversa, que poco a poco iba endureciendo su alma de una niña inocente.

Masha nunca hablaba. Exceptuando los sollozos de su parto, si es que se pueden considerar palabras, jamás articuló palabra. Sólo se reservaba para cuando tuviera que buscar a un hombre que pudiera desposarla. Pero cuando algún pretendiente del pueblo intentaba cortejarla, ella los petrificaba con el primer sonido que salía de su boca. Todos los hombres que osaron escucharla acabaron congelados en forma de témpanos, y sus corazones se convertían en una piedra inerte, del mismo color que el negro del universo más profundo. Esa era la maldición de Masha, la de verse condenada a enmudecer a perpetuidad o a petrificar al prójimo con el estallido de sus palabras.

Con el paso del tiempo, Masha fue dejando un reguero de destrucción a su paso. Pronto, el poblado se convirtió en un cementerio helado, donde todos sus pretendientes se dejaban hechizar por su innegable belleza y yacían muertos por su palabra mortal. Tras cada transformación, aquellos trozos de hielo con figura humana caían al suelo, rompiéndose en mil pedazos.

Las mujeres del pueblo, que siempre habían estado celosas de su encanto natural, se hartaron de Masha y de su extraña maldición. Ordenaron perseguirla y quemarla en la hoguera por bruja. Hasta su propia madre la repudió. Tan pronto cumplió los dieciocho años, la “Bruja Muda” —así es como la apodaron— fue desterrada del poblado y desposeída de su granja y sus tierras de cultivo.

Tras su infame destierro, la Bruja Muda erró por una Rusia desconocida y que rodeaba su antiguo poblada. Sorteaba la tundra y pernoctaba aquí y allá, como un nómada. Eurasia se convirtió en su nuevo mundo e hizo larguísimos viajes a pie y a caballo. Tuvo que aprender a guiarse con el resto de sus sentidos. Todas las personas que se cruzaban en su camino quedaban atrapadas bajo los encantos de una arrebatadora belleza y unos ojos que hipnotizaban a cualquiera. Solía vagabundear sin un rumbo fijo, pernoctando en algún granero abandonado de vez en cuando. En otras ocasiones, se dejaba ver paseando por ciudades de la costa vastante importantes; solía ir a la caza de hombres ricos pero vulnerables, a los que seducía con el misterio de su mutismo para, finalmente, cuando el momento era propicio, seducirlos y susurrarles al oído alguna vocal, convirtiéndolos en un menhir de hielo. Masha se había convertido en una experta ladrona y era consciente de su gran poder.

Desgraciadamente, Masha se sentía muy desdichada, tanto por la mala vida que llevaba, como por el infortunio en su deseo de encontrar al amor verdadero. Masha deseaba sentir el calor húmedo de un beso en sus labios, pero su horrenda maldición no se lo permitía.

En una de sus muchas incursiones en el campo, encontró una cueva de oso abandonada al pie de una colina. Desde afuera, se adivinaba un interior angosto y profundo pero al entrar se abría una gran inmensidad excavada en la tierra. Masha anduvo y palpó el suelo arrodillada hasta que se halló en un firme de roca plana y cálida. Elevó sus brazos en cruz y dirigió la mirada hacia la negrura del techo, y gritó con todas sus fuerzas «¡Maldita, maldita, maldita seas Masha!». Su voz reverberó fuerte con el eco durante unos largos segundos. Las palabras se repetían perdiendo lentamente la fuerza inicial, pero se oían con gran nitidez. Masha no pudo evitar escucharse a sí misma y reaccionó tapándose rápidamente los oídos con sus manos. Un gran dolor empezó a oprimir y pulsar su pecho, su tronco convulsoniaba poseído por una fuerza desconocida. Sus dedos se paralizaban poco a poco y la parálisis le recorría el cuerpo como un impulso eléctrico, su piel empezo a tornarse gris y dura. Masha iba convirtiéndose poco a poco en una estatua de piedra, presa de su propio poder. La escultura terminó por esculpirse sobre aquella roca caliente, que oportunamente hacía de pedestal. Masha expiró su ultima exhalación de vida cuando sus labios sonrosados se sellaron con una capa mármorea. Donde antes estaban sus ojos ahora destelleaban dos gemas incrustadas en las pupilas.

Cuenta la leyenda que una hermosa planta trepadora cubre la entrada de la cueva y que, con cada temporal de frío y nieve, unas hermosas flores rojas florecen.

 

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