13
Jun
2014
0

“Encuentro ciego”

Por aquella lúgubre y estrecha calle transité durante un largo rato. Mi cita de las tres se retrasaba más de lo previsto y empezaba a impacientarme. Odié que me hiciera esperar, la idea de que me dieran plantón no me agradaba. La tensión aumentaba y el aire se volvía plomizo, el sudor descendía por mi espalda y sacudí mi camiseta.

—Hola, ¿qué tal? —noté un leve toquecito sobre mi hombro.

Giré mi cabeza lentamente, recreándome, y dirigí al suelo mi mirada. Calzaba unos zapatos de un color rojo chillón. Al mismo tiempo, se oyó el maullido de un gato ausente.

—Siento mucho el retraso —me espetó con una sonrisa blanca y de dientes perfectos.

—No pasa nada —admití tembloroso.

Ante mis ojos nacía una mujer alta, probablemente me sobrepasara en más de una cabeza. Desde sus tobillos ascendían unas piernas delgadas, pero de un músculo turgente y carnoso. Poseía una tez blanquecina, interrumpida al llegar al borde de una falda roja, por encima de las rodillas. El color iba a juego con el carmesí de sus zapatos. Aquel traje era de una pieza entera y, en un pensamiento rápido, juzgué que nadie más como ella podría haber elegido un vestido tan osado para aquel momento. Era tan provocativo que descuabraba la sobria composición del lugar, se ajustaba a su cuerpo de una forma irreal. Aquel contraste entre la calle gris y el rojo del vestido hacía que la luz del día se apagara y su piel refulgiera con mayor intensidad, y que su presencia se volviera llamativa. Se creó un extraño efecto óptico que doró sus brazos, aquella piel mortecina parecía revivir con los escasos rayos del sol. Tanta escasez en su vestuario acentuaba la belleza de una cara que descubría sosteniendo aún la sonrisa de bienvenida, una nariz perfecta y dos ojos color miel. Su cabello rubio se alisaba en la corona y le caía sobre los hombros en tímidos rizos.

—Ya pensaba que no vendrías —dije.

El sudor de mi cara empezó a secarse y empecé a respirar aliviado.

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Debo ser poco para ti. Eres…como decirlo…demasiado perfecta —dudé.

—Te equivocas. —Sonrió y se abalanzó a un palmo de mí, sosteniendo sus manos sobre mis hombros. Con la boca entreabierta me susurró algo al oído.—Todos somos criaturas imperfectas.

Busqué enseguida su mano, que sorprendí deslizando sobre mi pecho. Aquel primer momento me trajo una calma inmediata, como si hubiera descubierto un mar subterráneo. De repente, me acordé del gato y un perverso estruendo de tapas metálicas se escuchó a nuestro lado. Aquel animal negro se debatía con agilidad tras un rata blanca, de proporciones gigantescas. Los dos rompimos a reír y nos abrazamos institivamente. Ambos gesticulamos e intentamos apartarnos, pero aquel susto trascendió con más comedia que espanto.

Al recobrarnos del incidente nuestras miradas se cruzaron. Las carcajadas habían dejado una sonrisa que permanecía, silenciosa, en nuestras bocas. Un puntito húmedo vibraba en cada una de sus pupilas. Sostuve su barbilla con ambas manos y con un dulce movimiento rodeé su cuello, mantuve el contacto de sus mejillas y masejeé su rostro. Con el pulgar abrí su labio inferior e introduje el dedo. Me sorprendió que siguiera mi juego con facilidad y dibujó circulos con la lengua, convirtió su boca en una cueva inundada. Permanecí con aquel juego durante largo tiempo porque su mirada me invitaba a seguir y abordé el filo de sus dientes, que era redondeado y poseía un tacto de porcelana. Meneé con suavidad el pulgar hasta chocar con el tejado de su boca. Al tocar su paladar ella sintió un espasmo eléctrico que le recorrió la cara, su pecho convulsionó y sus piernas temblaron coregrafiando un famoso paso de cabaret. Mientrastanto, yo la examinaba con satisfacción y la manejaba intentando alargar su placer rascando su paladar húmedo.

—¿Orgasmas por la boca? —le pregunté sonriente. Seguí jugueteando dentro de su boca.

Ella seguía sumida en su trance, por un momento temí que cayera desmayada. Entornó los ojos y sus pupilas desaparecieron, sólo la córnea se asomaba. Repasé mentalmente mi carta de colores personal y a aquel nuevo descubrimiento lo llamé “blanco placer”.

Nos abrazamos con fuerza. Mi cabeza cayó sobre su hombro derecho e intenté agarrarla de la cintura. A duras penas se sostenía de pie y sus piernas luchaban por no vencerse. Un vecino se asomó desde el balcón y súbitamente me sentí ridículo y transportado hacia una situación aún más ridícula. Con el propósito de recomponerla dejé mi mente en blanco. Mientras la ayudaba, observé lo aburridos que eran todos aquellos muros grises, conformaban una pila interminable de ladrillos. Aquellas paredes insinuaban una estantería, con todos sus libros caídos; me imaginé amontonando la triste e incompleta bibliografía de mi vida, hecha de lomos corpulentos, sin título alguno y carentes de toda vida.

Finalmente, aquella chica sin nombre pudo enderezarse pero seguía respirando con mucha agitación. Calmó su nerviosismo fundiendo de nuevo sus brazos y volví a sentir la misma calma cálida. Focalizó todo su interés en mí, empezó a frotarme la espalda con avaricia, como si tuviese ocho brazos en cada lado de su cuerpo. Empecé a hundirme poco a poco en un lodazal de puro placer y mis banales preocupaciones se evaporaron.

—Vámonos al hotel, por favor —volvió a susurrarme, pero su tono era mezcla de súplica y lascividad.

La miré a la cara con la misma atención que mereciera un cuadro de museo, asiéndole fuerte la cabeza. Asentí afirmativo y estampé un beso en su boca. Eché a andar prendiendo su mano, tomaba la delantera como un perro saliendo a la calle y tensando la correa de su amo.

Las cavilaciones se disiparon a otra parte. Descendió sobre mí aquel poder viril hinchando de éxito mis músculos y elevando el pecho en una postura gallarda. Por alguna extraña razón, me reconfortaba quedar con desconocidas.

La satisfacción de acostarme con mujeres sin nombre era siempre infinita.

 

Deja un comentario