24
Jun
2014
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“El Rubio”

Nuestro ángel anduvo nervioso buscando un buen rincón en el que inyectarse. En su estrecho bolsillo había una papelina, no conseguida sin esfuerzo, y que palpitaba con vida propia. «Éste es el sitio», pensó. Su garganta emitió una muda carraspera, el ceño se le frunció y empezó a lengüetear con las flemas que le inundaron la boca. «A ver cómo va la cosa—decía en voz alta mientras se sentaba con aparato y rehurgaba en su bolsillo—, espero que me hayan pasado buen jaco». Halló un montículo y escupió…

Era un montículo de tierra excarvada enmedio de unos escombros. Sobre la tierra húmeda realizó varios aspavientos pero no pudo acomodarse bien. Aquel hallazgo se encontraba en una vieja fábrica abandonada, desvencijada, donde un anchísimo frontón había colapsado de pleno; del resto de la nave, se observaba un expolio salvaje, con vigas de hierro incompletas y un tejado despiezado. La poca estructura en pie, vibraba como un diapasón bajo el trote de un caballo. Un viento que silbaba entre el metal era capaz de cercenar su vello erizado. En el centro de la planta, unas viejas máquinas textiles yacían oxidadas. Aquellos telares parecían haberse detenido en mitad de una jornada de trabajo cualquiera; unos brazos articulados que de ellos salían, simulaban la forma de una tarántula, con sus patas delanteras iniciando un rápido ataque. «¿Dónde diablos te has metido, Rubio?», se preguntó a sí mismo el joven. La llamarada de un mechero añadía una pobre lumbre a su alrededor, pero con sus dedos debilitados y heridos por la humedad y el frío, no podía pulsar más que unos segundos. Sumido de nuevo en una oscuridad casi completa, cerró los ojos y recostó todo su cuerpo, su espalda y sus brazos, hundiéndose un poco más. El tacto refrescante de la tierra lo calmó momentáneamente, sentía la fricción de la turba en la piel y cómo esta se deshacía en terrones desiguales. Al punto de casi dormirse se vió a sí mismo, empezó a recordar su viaje, sosteniendo una tiza en la mano.

A pesar de su apariencia, El Rubio gozaba de aquellos momentos y siempre lograba salirse con aire resuelto, aunque no lograra desprenderse de sus modales de desharrapado. Aquel día consiguió su dosis haciendo de vocero para una casa de droga. Solía atender ese tipo de obligaciones esporádicamente aunque nunca se permitía recurrir a tan desesperada solución, sólo para verdaderas urgencias, y aquella era una de ellas. Los días anteriores había podido sofocar su ansiedad esnifando cocaína de baja pureza y Trankimazines picados. Toda aventura por ablandar su consumo resultó vana, y no hizo sino avivar aún más su fijación por las agujas. No era un novel en estas prácticas, sin embargo, aquella ocasión le mereció la mejor de las dedicaciones. Tras aquella semana insatisfactoria, se provisionó de heroína con la mejor calidad, un par de inyecciones compradas en la farmacia y una cuchara de plata.

A cada paso que daba por las lindes del complejo industrial, reafirmaba más su convicción. Pretendía emprender un nuevo viaje, sin vuelta atrás. Hasta allí llegó seguro y convencido, necesitaba de la más severa determinación, pues enfrentaba una brutal frontera. «Jamás me he pinchado nada». El Rubio disimulaba en realidad preocupación, y no calmó su agitado respirar hasta que no se hubo sentado en aquel montículo. Desde dentro, oteaba un horizonte claro y limpio, enmarcado por la entrada a la nave. Más allá de las bisagras, todo se apagaba hasta que se fundía en un oscuridad absoluta; en la negrura, una pequeña esperanza nacía de la uralita roída: entre sus grietas, el Sol penetraba con los rayos del día.

Después de su corta ensoñación, se irguió y agitó hasta desprender los restos de tierra adherida a la ropa y a su piel. Permaneció sentado, y tras un rato, tomó con paciencia la cuchara. Contaba las gotas que caían sobre ella, una a una. Éstas pronto la colmaron y aquella agua extraña adoptó una forma vacilante y densa al mismo tiempo. El Rubio se sorprendió a sí mismo con el pulso propio de un cirujano. «¡Qué bueno que soy!», se dijo en voz alta. Al término de finalizar con sus medidas, reinició el ritual. Tomó el mechero, esta vez con firme tiento, y mantuvo la llama bajo la cuchara. Casi al instante, vió crecer unas burbujas y que la mezcla hervía. Alentado por el éxito en su proceder, apagó la llama con los dedos y dejó el mechero en el suelo. Abrió los labios levemente y, con un suspiro, dejó escapar una vocal de satisfacción. Mientras clavaba en la carne con lentitud, pareció recordar la rapidez con la que la aguja aspiró la mezcla. Un soporífero calor se apoderó de su cabeza al tiempo que presionaba el émbolo. Mil ideas acudieron raudas a su cabeza de repente, pero la inquietud por haber descuidado alguna burbuja de aire se disipó junto al resto de sus preocupaciones. Tras retirar la aguja, sonrío con encanto infantil, pero con un susto trágico dibujado en la cara. Miró hacía el techo, había un tragaluz. Se contraguló que no hubiera recibido ninguna pedrada. Mantuvo su cuello en una pose nada natural y la nuez se le marcaba en la garganta más que nunca. Movió los labios y, sin sonido alguno, articuló: «Cristales en el suelo, catedrales que se reconstruyen».

Con el atontamiento de su cuerpo, el ser, ya casi inconsciente, se dejó ir y terminó por abandonar sus músculos. La tan buscada sublimación se convirtió en un sufrimiento renovado. Y al ladear su cabeza, observó un panorama revuelto, donde su corto horizonte perdió la poca luz que le quedaba; hacia el otro lado, articuló maquinalmente sus cervicales, y se asustó al sentir una fuerte náusea, perdiendo las nociones del espacio y el tiempo. Conteniendo el vómito, sus brazos y piernas serpentearon convulsas sobre el suelo. Tras un largo rato debatiéndose contra aquel trance, el frenesí dejó paso a un sudor frío; el castañeteo de sus dientes hacía temblar hasta su cabeza. Aunque de forma intermitente, su vista se recompuso. El Rubio permaneció con la espalda sobre el mismo suelo en el que hace poco era un lecho de disfrute. Después de aquel primer ataque, pudo librarse de la sensación de náusea y de los mareos. Aún así, no pudo recobrar sus fuerzas por completo.

Con la mano, intentó frenar una lágrima que corría por su mejilla. Los destellos del Sol se le antojaron, súbitamente, en las luces que se encienden cuando se activa una salida de emergencia. En otro plano, su espalda cedió al fin a la rigidez y el suelo se adaptó, aquella vez sí, como un mullido colchón; las piernas, detuvieron su danza alocada. Su nariz pudo descongestionarse finalmente, y su rostro enjuto expulsó el sufrimiento y lo abandonó dejando en él una expresión calmada.

Aprovechando un momento de lucidez, El Rubio tómo la piedrecita de tiza y escribió en el suelo:

«En el ático del infierno de Dante, un violinista toca un solo incomparable. El Sol languidece como las gotas de la cuchara y, en el oriente, las últimas nubes del invierno encapotan mi esperanza».

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