10
Jun
2014
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“Divagaciones de otoño”

Veo las hojas fenecer en un suave baile hasta el suelo: los árboles anuncian el otoño desplegando su alfombra. La paleta de colores muda hacia los ocres y el cielo gris se difumina entre unos brochazos blancos. Las nubes se acumulan y amenazan el mar con una percusión líquida, para la tierra cuarteada ungen su bendición. Toda la naturaleza parece tocar su orquesta en sintonía y yo imagino a Tchaikovsky dirigiendo el segundo acto de su Lago de los Cisnes. De una copa de árbol siento una explosión, es una bandada de cuervos que escapa con un terco graznido. Para mí el otoño es desasosiego, la puerta a un mundo nocturno e insomne.

Los días pasan y Sagitario me apunta con su flecha, apunta directamente a mi hipotálamo. Es martes, veinticinco de noviembre y cumplo años. Nunca suelo celebrarlo, odio las fiestas de aniversario, odio esas muescas de felicidad con las sonrisas postizas en la cara. No temo hacerme mayor, pero lo social me atormenta y me dispara hacia una realidad dolorosa. Hasta hace muy poco, mi juventud claudicó las rodillas ante ese tipo de acontecimientos sociales; para mí, esas mentiras se disfrazan en un júbilo regado por drogas y alcohol. Cumplí dieciséis años unido a goteros de suero y a una cama de hospital. Aquella fue mi primera manía y el sol otoñal obedecía al ocaso.

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Siempre acabo escribiendo sobre mí:

Vladivostok estaba en el confín del mapa y tanta distancia, aparte de pereza, no me auguraba un viaje plácido. Después de hacer escala en Baku, no parecía muy adecuado beber un vodka a las siete de la mañana, pero en una compañía de segunda categoría, era lo único que servían. El brebaje acabó por rematar mi estómago vacío. Me consolé con el hecho de haber previsto un poco el viaje. Conozco bien a los rusos, son tercos como mulos y los de esta zona amplifican aún más esa terquedad. Pero aquí vine a por una cosa muy concreta. Son sus mujeres las que de verdad me atrajeron. Quizá sea por la extraña simetría de sus caras, con los pómulos más ensanchados y unos ojos rasgados. Parece que con su mirada fueran capaz de congelarme, escrutando el vacío interior de mi cuerpo. Sus ojos parecían buscar algo, siempre silenciosos, ocultos bajo una máscara poco común. Me fascinó su sobriedad y lo frío de su trato, que a muchos hombres conseguía echar atrás. Pero a mí me seducían sin remedio.

Corrí el riesgo de aventurarme en una tartana de clase turista por una antigua novia. Masha logró enloquecerme una vez, hizo rebrotar mi lado más salvaje y desbocado. Después de aquello seguí su rastro hasta Moscú, pero el reencuentro no llegó a funcionar. Prefirió su matrimonio de convivencia antes que apostar fuerte por mí. Aquel nuevo viaje pudo enterrar su recuerdo. Fui en búsqueda de una rusa más guapa y esbelta que ella, alguien que me suplicara un beso ardiente de rodillas para fundir su alma de metal.

 

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