13
Abr
2015
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Stepha, o Phanie, o lo que sea

Pasó un cuarto de hora antes de que ninguno de ellos hablase.

Ve tú primero dijo el mayor.

Nikola se detuvo después de un paso vacilante, encajó con su pícaro partenaire las manos fervorosas, entregadas en un sudor frío. Su sonrisa temblona nacida del vientre de unas comisuras inquietas—, no se correspondía con la serenidad refleja en el rostro de Antoine. Él era su hermano de fatigas, capacitado e infalible en los ritos iniciáticos de la edad adulta: llamaba los «dulces dieciséis» —en su boca sonaba un gangoso acento francés—, al primer gran acontecimiento que culminaría en un sentido apadrinamiento. Como si le entregara las llaves de una ciudad opaca, febril por dentro en la 41 del East Village, le metió a Niko varios billetes de diez en el bolsillo. Con un empujón final, comendó a su pupilo la poderosa empresa de perder la virginidad.

No me falles.

¿Es ésa? el pequeño Nikolai señalaba una fachada de color rosa palo, con dos columnatas blancas a los lados.

Sus brazos empezaron a oscilar dentro de una camisa de fieltro gris, con bolsas formadas sobre un cuerpo desgarbado y pubescente, cuya delgadez uno atribuía a la carestía alimentaria de posguerra el hambre del inmigrante en prósperos tiempos de paz. Con paso apresurado, alcanzó la acera contraria, gambeteó entre dos mujeres, ajenas a su presencia, que compartían un purito al lado de un viejo portón de madera. Una escalera empinada se adentraba en el edificio.

Nikolaiev fue recibido por un par de medias de rejilla, sobre el tercer escalón; las miradas furtivas de las mujeres por las puertas semiabiertas; el soporífero vapor, en ascenso, que se volvía brumoso, y la enajenante visión del empapelado oliendo a tabaco, entre el tercer y el cuarto piso. A Nikolayovitch le fascinaba el descubrimiento de aquel submundo, y olvidaba su cometido por momentos, perdiéndose mientras subía, en el impúber recuerdo de su primer viaje en barco: soñaba con el Trastevere cándido, de estrechas calles y con un mar de enaguas blancas tendidas sobre su cabeza —Roma, última escala continental hacia América, donde una vez esperó resignado frente a la sórdida casa de Mama Guidotti, en la que Antoine despachaba una prostituta adolescente.

Ahora, en la habitación catorce del Red Inn, Nikola esperaba su turno. El pomo de la puerta estaba caliente y, en la proximidad, sentía el latido de una presencia saltarina al otro lado.

* * *

Phanie o Stepha. Stepha, o Phanie, o lo que sea. La incómoda sensación de verla contando billetes. La naturalidad de una mujer limpia, en batín de algodón rosa y con tacones a juego. Su pelo mojado. La transacción de pieles, de telas descarnadas, y el primer frotis con un jabón de glicerina sobre un bidé de piedra. Y todo ese paripé, la comedia erótica precedente, verbalizada. La estufa apagada, con la carbonilla en su interior, todavía caliente, y el humo ligero que escapaba ocasionalmente de las ascuas. El cuerpo sonrosado brillaba curvo bajo tímidos polvos de magnesia sobre las ingles, bajo los sobacos desprovistos…, la bata caía hasta el suelo, como una semilla hélice, y donde la lencería separaba la tirantez del desnudo, Stephanie se mostraba sutilmente rolliza.

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