26
May
2015
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Lágrimas en la lluvia

La lluvia golpeaba el ventanal con un ritmo constante y formaba unos finos rayos de agua que descendían lentamente. Siempre que se detenían, aparecía al trasluz una pantalla brillante y salpicada por gotitas de forma esférica y orgánica, inmóviles, vibrantes, que no cedían su peso hasta que la lluvia volvía a cargarlas con nuevos afluentes. Las viejas gotas explotaban y se derramaban como un racimo, replicándose una y otra vez, hasta que se perdían de vista tras el marco del cristal. Me atreví a seguirlas y al asomarme vi los goterones más violentos repiquetear sobre el zócalo metálico, desprotegido de la cornisa.

Yo seguía con las manos en los bolsillos desde la privilegiada altura de la quinta planta. Podía llevar la cuenta de los coches que abandonaban el aparcamiento y llegué a memorizar la frecuencia de los autobuses de línea. Enfrente tenía el tanatorio, al que el hospital le dedicaba un pabellón exclusivo. Aquel edificio atraía mi atención: las decenas de paraguas oscuros, las siluetas encorvadas que se reunían en la puerta, toda la desolación que impregnaba de luto aquella solemne y discreta actividad. La gente se apeaba en la parada con una lúgubre incógnita instalada en el rostro, o atravesaba la garita del guarda, escondida tras el volante y las gafas de sol. En la sala de espera los familiares todavía albergaban cierta esperanza. Sin embargo, sobre el pavimento mojado, existía solo un tipo de personas: aquellas que venían a recoger a sus muertos.

Mi mirada se centraba en mi reflejo, sobre los azulejos blancos; en la muñeca, el ángulo de las manecillas parecía congelarse. El lapso de cada minuto se alargaba agónicamente y fueron varias las deducciones que me advinieron con el paso del tiempo. La primera sobrevino desde el mismo rincón que daba a la ventana: me percaté de que me hallaba en una sala de espera vacía. Pensé en dar un paseo, en que quizás sería mejor contar árboles, clasificar mentalmente los colores del otoño en las hojas caídas. Irremediablemente me resigné a seguir confinado a causa de la tormenta. Aquella fría celda del Saint James Memorial solo ofrecía la compañía de un incómodo tresillo.

Esperé las últimas noticias de mi padre chupando un cigarrillo que había consumido hace rato, pero nadie acudió. Lancé la insípida boquilla a un cenicero flotante con la vaga ilusión de que se rozara con la punta de otra colilla humeante y se volviera a encender, como el corazón de mi padre, pero no fue así. En aquel momento, junto a la ventana, comprendí que mi padre había muerto y me eché a llorar. En el exterior, el aguacero arreciaba con mayor fuerza y la explanada se había vaciado de coches, aunque su viejo sedán azul era el único que resistía bajo la lluvia.

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