4
Nov
2013
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Rocas en el viaje I

Me desperté con la luz intensa del mediodía y varios rayos de sol trajeron un indeseado toque de diana, de color blanco diamante. Perezosamente, retiré la mano de mis ojos y con los párpados fulminados, mi ceguera inicial pudo desenquistarme las legañas que entorpecían a un mar inmenso. Aquel infinito se aplastaba contra un lienzo en una delicada veladura, saturada de añil, ultramar y de una espuma blanca, orgánica, intensa, que lo removía todo. Fue un maquinal movimiento de cabeza, un gesto de dolor con el cuello, un quejido baldado tras varias horas de yacer sobre un lecho de roca y una toalla deslavazada.


Poco a poco fui dando tímidos bostezos y pude desentumecer el cuerpo. Primero el tronco, ayudándome con mano, brazo y espalda sobre un suelo negro y áspero; después doblegué las piernas y conseguí forzar una posición digna, como la de alguien que aparenta estar de paso, de viajante experto, pero en realidad es un turista accidental tratando de disfrazar su soledad viajando de aquí para allá, el justo tiempo para no ser descubierto, para no enraizar lo más mínimo.

La situación del hotel hizo que la playa que me recomendó el dependiente del hotel no fuera, por imposibilidad, de las pocas que había de arena, aunque a la que me dirigió estaba a muy escasos metros de la entrada de mi acomodo, era concurrida y tenía muchos servicios de restaurantes y tiendas.

Al llegar, ya con el primer oteo, vi que me ofrecería una incomodidad infernal durante toda la mañana, propia de las piedras que la recorrían en unas escaleras de bajada, pétreas y naturales, hasta bien entrada la orilla que rompía en una arista abismal. Mis chanclas, imprecisas para tal terreno, incomodaban tanto como ir descalzo; andar en playas tan duras se convertía en un irremediable suplicio si no disponías del calzado adecuado. Aquella maldita isla, Malta, era tal cual un pedrusco en medio del Mediterráneo, con su cal y sus aguas calientes; parecía un trozo de carbón, abandonado a mala fe, cortante y rasposo, dispuesto a herirte con su iridiscencia y lanzándote sus cristales de sal, con una picor que nunca saciaba por mucho rascar.

Tras aquel despertar, colgué sobre mis rodillas los codos a modo de bisagra y crucé mis manos, esperando una mínima brisa que nunca vendría; una soporífera nube de sofocante humedad, casi trópica.

El tiempo pasaba. Secas rachas de viento.

Aún con mi desubicación a cuestas, pero al menos ya despejado, me descubrí sentado junto a una típica familia con niños y entre varios grupos de jóvenes, éstos sí más numerosos, reclamados seguramente por un turismo barato, centrifugado con alcohol y música sintética.

Aunque todavía me sentía algo perdido en mis propias vacilaciones, el día empezaba a avanzar entretenido, la escena que contemplaba ofrecía una estampa de lo más plácida: una playa rebosada de turistas, con su ir y venir en cada baño, un floreo de butacas, toallas, esterillas y hamacas, que acomodaban a parejas, familias, juventudes y hasta sobre las que se divisaba algún lobo solitario como yo, quizás algún que otro bohemio viajante, o simplemente algún anciano que madruga para disfrutar una lectura frente al mar cogiendo el mejor sitio.

Sus círculos, sus abrazos, sus posturas buscando el bronceo dibujaban una marina contemporánea con su burguesía, pseudoimpresionista, terminada con el agitar de las olas constantes y el chapoteo de aquellos que las desafiaban, intentando perderse en la inmensidad. A pesar de mi gris amanecer, los colores seguían allí. Se personificaban en bikinis y bañadores brillantes por la sal, pareos hawaianos, pamelas y gorras de propaganda en las cabezas, algunas de las cuales se las verían con ráfagas furtivas y se perderían irrecuperables planeando en un cielo totalmente raso, interrumpiendo el parasiteo de alguna gaviota rezagada.

En cierto modo, todo tenía su lugar, formando parte de su algo con su sentido. A esa conclusión llegaba cuando conseguía volver a mí fuero interno después de haber enajenado mis sentidos durante un rato.

Yo no soy ni seré feliz como estas personas. Eso pensé.

Al mismo tiempo, el ocaso languidecía caprichosamente, intentando alargar un poco más el día, intentando alargar el sofoco de las rocas, que a esas horas ya eran hornos. Sentí lástima de ellas, después de todo un día quejándome de ellas me rendí al hecho de que poseen una grandiosidad natural, una milenareidad inapreciable por muchos, y porque son un testimonio vital de la creación del mundo. Y quizás, aparte de todo eso, es de lo único que no me he separado durante el día y me han ofrecido una compañía fiel. La roca. Sí. Esa, mi roca.

La gente empezó a vaciar el lugar, con la pausa de atizar las toallas contra el aire, y la prisa de dignificar sus atuendos, para llegar al menos cubiertos al hotel. Los jóvenes, más despreocupados, apenas se ponían las camisetas, reservaban sus mejores galas para mancharlas de tequila en una noche que seguro nada desaprovecha el libertino, y ellas, aún más emperifolladas , seguramente que acabarían con alguna que otra mancha de semen, quizás en la falda quizás por dentro, quizás en ese pelo que tanto le haya costado tanto, plancha y tinte.

En cambio yo, junto a la toalla, una crema solar y la llave del hotel completábamos un acompañamiento de tristes enseres inanimados, de los cuales formaba parte como un fascículo; permanecí hasta la caída del sol. Y allí me quedé durante largo rato. Ensimismado en su mar de sensaciones, el que iban a vivir seguramente durante una noche de desenfreno, y yo ahogándome en medio vaso lleno.

El velo gris se había vuelto en un halo de invisibilidad. Esperaba un saludo, apenas una mirada cómplice de alguna chica, o una de sus sonrisas. Alguien que hubiera atrevido a conocerme, a invitarme a unirse, pero nada. Me hubiera conformado con hablar con cualquiera, pues conocía y me defendía muy bien en inglés, ni siquiera el vendedor ambulante se acercó. Pero nada, nada de nada. Cero contacto humano.

La pla ya continuó con aquel discurrir y acabo vaciándose en pocos minutos.

Me volví a tumbar con la desesperanza y resignación del que quiere que pasen y a la vez no quieren que pasen cosas. Aquél era uno de esos días, un día de bajón, de depresión contenida, de un filtro sobre mis ojos, destinado al confinamiento en un cuartucho de hotel de dos estrellas.

Pero sería mi último día gris. Y es probable, porque, lo presientí, que dentro de mí iba a acabar transformándome. Es cuestión de horas, de un día como mucho. Cualquier desencadenante me hará estallar,

En breve entraría en fase maníaca…

 

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