30
Ene
2016
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¿Qué sabrá el paraiso?

Querida doctora: he estado experimentado con animales.

Al principio fue un conejo, un conejo blanco. Yo estaba dando uno de mis plácidos paseos por el bosque, cuando se cruzó entre mis piernas y me hizo tropezar. Me levanté y fui tras él. Lo perseguí hasta que lo perdí de vista. Cuando recuperé el aliento ya me encontraba en el margen del camino. Estaba limpiándome el sudor cuando vi unos apéndices peludos asomarse por una pequeña cavidad; eran demasiado grandes para tratarse de orugas. Me agaché con cierto esfuerzo. Adentro vi seis pequeñas crías de lebrel, blancas y grises, juntas formaban un ovillo de lana, emanando calor, sin apenas abrir los ojos.

Los saqué uno a uno y los dejé boca arriba. Había preparado un lecho de hojas secas y se quedaron inmóviles, perfectamente alineados. Aquella era una tierna postura, cada criatura se encontraba vencida boca arriba, vulnerable. Les arranqué las cabezas y les separé las extremidades de sus cuerpos.

No sentí nada.

Los días posteriores continué experimentado. Solía torturar a los perros abandonados con disolvente y spray de pimienta, aplastaba contra el suelo los nidos de los cuervos y, en alguna ocasión, estrangulé algún gato confiado con un trozo de alambre. Asustaba a los patos, les robaba los huevos y partía el cuello de los polluelos más jóvenes. En la isla de Bastoy anochecía muy pronto, y tenía que interrumpir mis dedicaciones cuando los cazadores terminaban su batida. Los más veteranos me dejaban practicar con sus escopetas al límite del bosque. No tenía licencia, así que solo me permitían dos únicos disparos, y yo solo usaba un cartucho. Siempre disparaba a los troncos apilados a un lado del viejo granero. Sin embargo, en una ocasión le di por accidente a un joven reno en la cabeza. Cayó abatido sobre la nieve.

Era un mamífero de más de ochenta kilos.

* * *

Bajo mi cama tengo un rifle de asalto, una arma corta automática, dos escopetas y cuatro granadas de humo. También cuchillos de caza, ropa de camuflaje y un pasamontañas.

Estos últimos días he merodeado los alrededores del ESIC de Valencia. Es una universidad privada, bastante prestigiosa, o como la llamo yo “la universidad de los 10.000 euros por cabeza”. Se encuentra en una avenida muy concurrida, en Blasco Ibañez, a la altura del número 55. Tiene un discreto parque con bancos de madera frente a la entrada que me ha facilitado mucho las guardias. Sé que los alumnos de primer curso tienen su descanso a las diez y cuarto y a las doce, aunque a esa hora salen más despabilados y con menor concurrencia. La mayor vulnerabilidad del edificio tiene lugar al abrir las puertas, cuando salen todos a la vez y la salida se colapsa momentáneamente.

Querida doctora, sé que muchas veces hemos hablado sobre la venganza, y quizás no haya prestado atención cuando usted me advertía que carece absolutamente de sentido.

Es usted la que no me ha escuchado bien. No es la primera vez que le he dicho que yo mismo representaba un peligro para la salud pública, incluso estando en pleno uso de mis facultades. Francamente, que me hable sobre la venganza tiene ahora poco sentido: es su negligencia.

Cuando lea esta carta, sabrá que he intentado hacer lo posible, que lo he estado buscando por todas partes. Quizás, cuando acerque mi oreja a sus bocas, los cadáveres puedan responderme y decirme donde han escondido a mi conejo blanco.

«Los muertos no hablan», sé que usted me diría eso.

Cuánta razón tenía.

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