30
Ene
2016
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¿Por qué escribo?

Yo escribo por prescripción médica. Con el paso del tiempo mis cuerdas vocales han desarrollado callosidades y unos nódulos infectos me impiden hablar. Quizás éste sea el precio a pagar por decir siempre lo que pienso. Yo solía tener el impulso de verbalizar mis pensamientos al vuelo, pero aquellos tiempos ya quedaron atrás. Ahora solo puedo pedir las cosas mediante gestos y descifrar a duras penas los movimientos de los labios. Me he convertido en un ávido lector en los rincones de los tabernáculos, silenciosamente devorando a los grandes. Vivo en una isla muy lluviosa, pero acostumbro a salir sin paraguas, refugiado bajo el lomo de algún clásico forrado en plástico. Sé que todo está escrito, pero me gusta conservar el olor de mis viejos manuales.

A partir de ahora muchas personas respirarán con alivio. Pensaban que mi discurso debía moderarse, que no era saludable entrar como una excavadora en plena audiencia. Sin embargo, aún sigo pensando que mi paso por el mundo sigue siendo tan liviano como el vuelo de una mariposa.

El silencio me ha dotado de un poder inédito, peligroso, difícil de manejar en mitad de un terreno inhóspito, sobre todo los meses de la estación seca. El enmudecimiento cobra solemnidad cuando observo los conatos de incendio provocados por el camino. Al emprender de nuevo mi paso, las llamas ganan envergadura a mi espalda. Cuando todavía hablaba, era capaz de pedir auxilio, de advertir a otros del peligro que ocurría en los maizales; ahora simplemente me detengo a mirar como el fuego lo devora todo, cómo se lleva por delante el granero con toda la cosecha en su interior.

Siento el calor en la cara, y el leve contacto de una chispa en mi mejilla; mis lágrimas se vierten descontroladas, el sudor embadurna mi frente. Veo una casa en llamas y las gotas de lluvia volviendo hacia el cielo. En mitad de la calle, la perspectiva se interrumpe por una mujer desnuda que toca un piano de cola. Todo sucede lentamente.

No espero que nadie entienda mis palabras. Es la satisfacción de consternar, momentáneamente, la mirada del lector: invadirla, penetrarla con la perversión más fértil, al punto de saturar sus ojos cuando, en una combustión espontánea, se contagie al hojear mis primeras páginas.

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