1
May
2015
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Oscarcito y la miel

En la piscina, la toalla de Oscarcito se secaba desigualmente sobre el césped y nadie notaba su ausencia. Aquella tarde cumplía cuatro años.

Se encontraba frente a la alacena. El mueble de los dulces únicamente se abría durante los cumpleaños. Dentro, había una pila de platos de anchura desigual, vacilantes, sobre los que más tarde se serviría la tarta. Oscarcito abría y cerraba con rabia el cajón prohibido de los cuchillos, que tronaban metálicamente junto a los cubiertos de menor rango. La fijación de Óscar recorría el perfil de un delicado tazón que escondía un tarro de miel, sobre un plato de postre. Traslucía un interior dorado, apetecible, el néctar de abeja caía en un denso acordeón hacia el fondo; el avistamiento de la miel le aturdió y Óscar improvisó una escalera con los cajones abiertos. Los vanos intentos por alcanzar la cima hacían resbalar cómicamente sus cortas piernas de párvulo. «¡La escalera!», Oscarcito gritó de sorpresa y formó una O con los labios, todo de un salto.

Emprendió el paso hacia la caseta del porche, donde Padre guardaba los trastos con los que arreglaba bombillas o empalmaba los cables engullidos por las paredes de estuco. A veces, tallaba una diminuta cuña de madera sacada de un enorme leño, —las del bricolaje, querido lector, son aficiones inhabituales entre escritores—. Allí, contra la puerta oxidada, halló una escalera.

Madre interceptó a su hijo en pleno camino, de vuelta a la cocina, y se la arrebató de las manos. Su hijo se contorsionaba y Madre le apretaba el brazo con una dureza aguerrida. Ella exhibía con didáctica maldad la pequeña escalera plegada. «No, Oscarcito; no, Oscarcito», repetía su madre.

El pequeño se mostró dolido. En ese momento apareció Padre, con el gesto de su hijo quebrando al borde del llanto, el labio inferior hinchado, la sonrisa invertida; el flequillo desordenado por el sofoco se pegaba al sudor de la frente y sus facciones retrocedían tristemente hacia abajo.

Padre era un hombre alto, pero su estatura parecía menguar al lado de su mujer. La afrenta entre Pa y Ma no duró mucho y a Oscarcito aquel rato se le antojó un siglo. El hecho de ser sietemesino alteraba gravemente su noción del tiempo y hacía volar frecuentemente su imaginación. Oscarcito se escondió bajo la mesa y se tapó los oídos. Entró en una ensoñación violenta con un largo llanto y no pudo sino pensar en otra cosa que no fuese la miel. Padre sujetaba una larga cuchara del revés, ordenando un lugar remoto de la cocina; Madre, enfadada, hundía el tarro hacia el interior y el frasco desapareció definitivamente de la vista de Óscar. El niño temió que su recompensa, una melaza endurecida, tuviera que cortarse a cuchillo; imaginó la vida sin dulzura, el sabor a flores imperceptible del fondo. Oscarcito emergió bajo la mesa, se subía los mocos con la manga, decidió concluir su aventura.

Pero un milagro sucedió. Finalmente, Padre desplegó con clemencia la escalera. La puso frente a la alacena y aupó a Óscar sobre el primero de los peldaños. Oscarcito se sirvió él mismo: escalón a escalón, abrir el bote, dar una sola puntada le bastó para memorizar el crespón de miel untada en su yema: el dulce estertor de un sabor nunca probado antes, consumado en un capricho infantil. Oscarcito permaneció en lo alto de la escalera durante un rato. Mientrastanto, en la infinitud de la casa, Padre y Madre amontonaban regalos sin abrir.

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