5
May
2015
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Oh, Joe. Oh, Joe.

La expresión más perversa del lenguaje de una nínfula se efectúa en silencio, chupándosela a un desconocido en el último vagón. La sorpresa de no pedir que la avisen antes de correrse, el remilgado ademán de limpiarse la boca con la mano, paradójicamente, sugieren todo lo contrario: consiguen multiplicar los grumos, albergar a borbotones el efluvio salado en su boca hospitalaria, y le obligan a improvisar unas gárgaras, a tragárselo todo.

No lo hace por placer, pero disfruta con ello. Sus retos furtivos siempre la conducen por nuevas y diferentes aventuras, nunca planeadas. A veces, puede suceder mientras da un paseo anodino, por un parque infantil, y aborda al jardinero donde la hierba crece más alta. Joe es una ninfa delgaducha, de tiernos pechos adolescentes, pequeños, con los pezones enhiestos apuntando hacia arriba. Joe es aterradora, fascinante, grandiosa.

En la cavidad bucal no capta la autenticidad de los olores. Joe sabe evitar la amargura de esas gotas rezagadas en la garganta; cuando se siente satisfecha, exhibe la lengua con descaro. Lo del olor es otra historia: Joe disfruta cada fase. Nuestra ninfa hunde primero la nariz en el pubis, siempre húmedo al final de la jornada, ya sea con el sudor rancio del jardinero, el olor a grasa del mecánico, la ingle afeitada de un ejecutivo perfumado. Todos acaban bajándose los pantalones. Por las noches, Joe juega a detectar el olor del cuero en la entrepierna de los turcos, del moro que corta kebab en la esquina. Aunque ella las prefiere más grandes. Ocasionalmente, comparte alguna sesión con la suntuosa polla de un africano, y cubanos o dominicanos —según el barrio—, se suelen sumar, casi sin darse cuenta, con sus matas rizadas, y la orgía de un diminuto retrete se confunde exóticamente en su nariz, que percibe un poso de hierbas aromáticas y corteza de palmera.

Con la saliva logra enmascarar los olores más básicos: encuentra frecuentes restos de orina, escondidos entre la ropa sucia y un cinturón aflojado. Por arriba, acaricia suavemente con los dientes. Ahí localiza el penúltimo acorde, el más esencial: el olor a crudo de la carne sin escamas.

Joe es una feladora eficiente y experta, y sabe apaciguar con ritmo lento una fresa a punto de reventar contra su cara. En la eterna espera, reconoce el olor secreto y único de cada hombre; los acordes anteriores —una pequeña muestra—, se mezclan en su boca abierta.

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