24
Abr
2015
1

Odio asfalto

Odio el polvo aparcado sobre los coches transeúntes.

Odio las colillas rotas y amarillas, y el sebo vomitado por los palomos manirrotos; me dan asco verlos tragar las migas desechadas del mesero.

Odio mi ciudad una tarde y la siguiente. Odio mi ciudad por las mañanas, cuando los lanceros pinchan el césped y flota la última mariposa muerta sobre el estanque. En la plaza, se acumulan los guiñapos de nitrato sobre el mármol, manchan las estatuas de algún muerto, y los mausoleos se echan a perder, dicen; los retretes de los bares, a punto de cerrar, desagüan los pozales en los sumideros embozados: todo pubis moreno y piel descamada.

Odio el ruido detrás de la marquesina. Vibra al acercarse el tren, cuyos frenos chillan, y la escandalosa cenefa de caras desiguales se refleja y se divide sobre las puertas automáticas. En los rostros ajados de las prostitutas se atisba su último servicio, y bajo las ojeras de los temporeros, las muescas de desaprobación corroboran la perturbadora visión de una chillona caligrafía sobre el cristal, y todos subimos al tren; las violentas firmas, improvisadas de manera espectacular, corroen el vidrio con alguna tinta hecha en casa, una pobre mezcla de ácido sulfúrico y aceite de motor que da a sus autores un bello efecto fantasmal.

Odio mi ciudad llena de ratas y de cautivadoras putas en la calle.

Albergo todo el odio que puedo hacia mi ciudad, todo el que me es posible, el propio y el ajeno: el que se excreta, el que defecan los maderos en sus garitas. Lo junto todo y me lo meto en mi cabeza de masa hipertrofiada, que lucha por salir entre las fisuras del cráneo.

«Señora, apesta a perfume». Voy a pintarme los trenes del ministro de interior, los muros más visibles, voy a firmármelo todo. Que sepa que he sido yo. Porque esta mierda de ciudad me pertenece; porque aquí no existe diferencia entre pisar o evitar las mierdas de perro, y en mi ciudad no se pasa por puente, jardín o monumento sin marcar, sin dejar una parabólica meada. La palanca de emergencia hará frenar a los conductores. Mientras, yo vigilaré a mis compays, con un tercer ojo sobre la seguridad privada, y las cámaras fijas en la nuca.

La transparente pintura cromada lo cubre todo… lo cubre todo, la muy puta…, y esta ciudad que tanto odio se despierta, se deshace, bajo la atractiva silueta de un encapuchado.

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