23
Mar
2015
1

Marie-Ardent

Aquel verano fui a Malta con una beca de la universidad. Su propósito inicial era que estudiara inglés, la segunda lengua del país, pero las clases de nueve a dos pronto se volvieron irreconciliables con mi actividad nocturna. En las calurosas noches alternaba el bus y el taxi para llegar al lugar recomendado. Era un círculo vicioso de bares y carteles luminosos que parpadeaban frenéticos, con los reflejos del neón sobre el asfalto húmedo de vodka; en la puerta de los locales se ofrecían entradas rebajadas y la bebida se apuraba en vasos de plástico. Entre codazos avanzaba yo hacia el interior y la música techno emergía más nítida a cada paso. La primera noche varios malteses de tez gitana se dejaron ver por el grupo y un puñado de eslavas aparecieron detrás de un autobús. Un operador las dejó para divertirse solo una noche, después de una jornada de turismo cultural. Sin embargo, me pude unir a unos chicos mediterráneos –italianos y andaluces en su mayoría–, que finalmente las convencieron para quedarse. Aquella mezcla tumultuaria de gomina y rubias de falda corta seguiría presente toda mi estancia. El resto de los días mi inglés sonó ebrio y con un burdo acento siciliano.

Así comenzó mi cuarta época de normalidad. Cada una de las anteriores había durado tan sólo un verano. Yo sabía ajustarme perfectamente al papel de amante, pero no era un tipo que tendiera a comprometerse con facilidad: las aspiraciones de que algo diera sus frutos siempre se truncaban con las estaciones más frías. En mi tercera mañana, me levanté perezoso y llegué a clase con la resaca habitual. Bajo la visera que me ocultaba vi unas zapatillas de tenis blancas cruzar el umbral. Yo tenía el mentón apoyado en las manos y levanté la cara de la mesa. Llevé la mirada hasta unas rodillas que antojaban unas piernas interminables. La piel era tersa y de suave tono canela. Más arriba mostraba los brazos desnudos, sin imperfecciones, y una camiseta deportiva cruzaba el cuello por detrás con dos cintas que se liaban con las del sostén. Su pecho se aplastaba generoso en el escote y más abajo tenía un brillante en el ombligo. La cintura era estrecha y exageraba una cadera contundente, contenida en unos pantalones vaqueros, cortados de manera que los bolsillos asomaban por debajo de la tela y sobre los muslos.

Retiré mi gorra lentamente. Un rubor me invadió, las mejillas me ardían. Recosté mi espalda en la silla, coloqué el pupitre con un digno desaire y crucé los brazos. A todos los estudiantes que aterrizaban se les pedía una presentación. A ella le hicieron leer su ficha de inscripción:

—Me llamo Marie. Marie-Ardent. Tengo dieciocho años. Soy belga, de Amberes, pero vivo y estudio en Alemania. Estudio Biología en Wiesbaden. Mis padres son M. Jean-Ardent y Mme. Nancy Pardieu. Practico el tenis y patino. Me gusta el queso. Tengo un mastín, muy peludo. Mi casa es un adosado, con mucho jardín. Voy en bici a la universidad. Adoro la playa. Sé poco inglés. Quiero mejorar mi nivel para estudiar en Estados Unidos.

La miraba desde arriba mientras su dejo francés anidaba en mi cabeza. Desde donde me encontraba, la forma de su rostro era cautivadoramente simétrica. Nariz, barbilla, pómulos, dos pares de pestañas que albergaban los ojos penetrantes, de azul coralino y tropical, y parecían replicarse por igual bajo cada ceja, perfecta y definida. El bronceado se repetía indudable sobre su cara, incendiaba más su mirada; sobre su frente se punteaban las raíces del mismo color rubio que llegaba hasta las puntas, mostradas al ladear nerviosa la cabeza. La cola se movía inquieta hasta la media espalda donde a veces se enredaba con los tirantes. Si yo hubiera estado en primera fila, podría haber detectado alguna impureza. Yo sabía que Malta no era un buen lugar para las pieles delicadas y claras; el viento las arañaba con cristales de roca y el sol abrasivo cuarteaba las zonas más sensibles. Me hubiera gustado pulverizar agua sobre sus labios: en ellos se podían contar esas rayitas verticales, heriditas indetectables que se forman sobre la piel de un fruto demasiado maduro. Cuando hablaba, formaba un túnel en la boca por el que las palabras apenas podían pasar, silbaban, y cuando sonreía sus dientes… Sus dientes… Las comisuras creaban dos hoyitos a cada lado, la sonrisa se exageraba y cuando ella sentía que yo los descubría, se ruborizaba, y volvía a reír, y estiraba más y más su sonrisa, y yo me reía más… y ella se daba cuenta y fijaba en mí la mirada, y yo la fijaba en ella… y yo me reía… Y ella…

Estuvimos toda la clase interceptando nuestras miradas. Mientras yo adoptaba una actitud más furtiva, ella jugaba con su melena y se escondía debajo para esquivarme. Tras un rato, la buscaba de nuevo y desde la otra punta de la clase la descubría mirándome con descaro, sonriente, y con una coleta mal hecha detrás de la cabeza. Aquel rostro era descaradamente juvenil y conservaba intacta la adolescencia.

Al terminar la clase nos quedamos solos. Ella se incorporó y se apartó el pelo. Cruzó la clase y se sentó a mi lado. Llevaba los cortos vaqueros y la camiseta deportiva, pero de cerca parecía la ropa adecuada para limpiar la casa, hacer una mudanza, empapelar o pintar. Tenía buen aspecto, parecía relajada, tranquila, pero se mostraba cándida y vulnerable.

—Hola.

Se soltó el pelo. Las misivas evasivas desaparecieron y una mirada callada se sostuvo entre nosotros. Bajo la luz halógena su piel se mostró más pálida y dos ronchas tiñeron sus mejillas. Me sentí poderoso, invadido por un espíritu protector que me hizo cogerle la mano. Me excitó la vergüenza con la que preguntaba, la torpeza de sus palabras, cómo decantaba su cuello a cada lado, más largo y débil en la proximidad. Demoré un poco la charla y nos conocimos mejor, pero solo en superficie. Ella vivía con una amiga que no salía mucho. Ambas se hospedaban en un apartamento cercano al mío, a escasos metros. Su clavícula palpitaba, hizo una última pausa y, mientras yo esperaba, su voz tembló.

You go to disco?

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