29
Jun
2015
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La vida amorosa de Vincent

En la pequeña ciudad de Arles no había sitio para los enormes egos de Gaugin y Van Gogh. Ambos compartían algo más que la compañia de una prostituta enferma y, en su cama, ambos fantaseaban por turnos con la posibilidad de escapar de la mísera vida de artista pobre. El río Loira hacía las veces de mar cuando uno se alejaba de las orillas del Sena, repleta de bañadores de rayas horizontales que se erguían en cuerpo enteros. La gente consideraba a Gaugin como el más talentoso, pero Van Gogh era admirado por el acervo antinatural que atesoraba y sus brochazos asilvestrados. A pesar de no haber vendido ni un solo cuadro, Vincent Williem Van Gogh se había convertido en la envidia de todos los artistas e intelectuales de la época: impresionistas como el mismo Gaugin, Seurat, Courbet, Cézanne, que se reunían de vez en cuando en los cafés más sombríos de París. En la Francia del XIX un germen poderoso y artístico, nacía imparable en los primeros tinglados clandestinos llamados a ser el pretexto de populosas exposiciones. En algunas de ellas, Margot, la amante compartida, se dejaba caer con su parasol, hacía notar sus encantos intentando apresar la atención cautiva de los dos y conseguía acrecentar la rivalidad entre los artistas, paseándose entre la muchedumbre y fingiendo interés por los cuadros.

—Elígeme a mí —Margot lo dijo mientras acariciaba el vello pelirrojo de unos antebrazos huesudos—. Llévame contigo Vincent.

—Sabes que sí —Vincent se repeinaba con una sonora fricción sus cabellos—, pero no es tan fácil. No he vendido ningún cuadro, mi casero me amenaza con echarme… estoy comiendo de latas. Me siento enfermo.

Margot le retiraba las manos, le sonrió distrayendo su mirada hacia el techo en un suspiro entrecortado y descubrió parte de su cuerpo pálido entre las sábanas. A través de la ventana, se observaba las dulces ondas concéntricas el Loira.

—No deberías pintar bajo el sol, el calor te da insolaciones. Siempre que vuelves del pajar vienes convertido en una persona diferente.

Sin embargo, a pesar de las discusiones, y ayudados por el hecho que Gaugin estuviese de gira, Margot y Vincent se idealizaron mutuamente, convirtieron su romance en un amor casi realizado, y aunque el de una meretriz siempre se consideraba un amor inacabado, siempre llevaron a la mente —y a la cama— que el suyo sería digno de ser un amor eterno, digno de ser escrito, platicado, pintado y conservado como una historia de amor puro: aquella fue la verdadera razón de la existencia de sus últimas pinturas antes de su suicidio. Sin embargo, el serio tormento de los celos, siempre escondido en un cuerpo cavernoso dentro de sí mismo, nunca llegó a desaparecer y no tardó en ceñirse tras la cabeza de Vincent.

—Sé que has vuelto con Gaugin, ese perro belga —Vincent sostenía bajo el brazo un liezo enrollado, dos pinceles y un perqueño atril—. ¡Y tú, su perra!

Van Gogh había perdido todo rastro de genio en su rostro y éste se había convertido en el desvahído ademán de un mendigo, cabizbajo, con la camisa desencajada y los descompuestos atavíos en el resto de su ropa.

—Córtate una oreja. Hazlo por mí —Margot sonrió—. Córtatela.

Vincent se dirigió hacia el centro de un dorado trigal, donde se acumulaban las balas trilladas de la cosecha y un jornalero echaba la siesta tendido sobre una de ellas. Bajo el sol del mediodía, las gotitas de sangre se delataban con facilidad sobre las espigas amarillas que yacían desordenadas sobre el terreno. Sobre el capitel del granero, el reloj de sol se mostraba impertérrito junto a la veleta y marcaba las doce. La espátula del pintor había servido para algo más: todavía guardaba restos de amarillo Ganges, de azul añil, de blanco España; el rojo sangre, fluido, espeso y caliente, se disolvía sobre la nuca hasta empapar el cuello abierto de una camisa desmangada.

Margot, el calor, la oreja azul y gangrenada de un artista pobre y famélico, azotado las enfermedades. Ése fue el escenario de aquel cuadro, el de aquella tarde que 150 años después, un coleccionista colgaba en su palacio y rememoraba en su paladar tras pagar más de noventa millones de euros.

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