26
Feb
2015
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La elección diaria

La gente hace siempre la misma elección. Lo sé porque al rozarme con alguien en su camino solo noto un frufrú de telas y nada más, solo dos atavíos que se sostienen por algo inerte. Y al pasar ni una mirada, ni un gesto, ni siquiera un servil ademán de que existimos entre iguales. ¿Y toda esa gente que camina a lo suyo, hacia dónde lo hace? ¿Y toda esa gente que espera en el andén y por la boca de la estación se dispersa? ¿Qué historias guarda esa cara que dejo atrás? Una gran suma, mayor que la de sus elementos separados, arroja un único resultado: la vergüenza. Nuestra conciencia plena vive encapsulada en un envoltorio frágil, sobre el que no permitimos que la arruga perenne nos delate. Si por dentro somos imperfectos, con esa vergüenza que condena a ambos lados de una puerta, y nos prohíbe salir y entrar, almenos que ose exhibirse. Ahí esta la paradoja: la vergüenza de sentirse desnudos es la misma que la de ir escondidos bajo una tupida piel. Las artificiales capas de la mal llamada dignidad nos hacen esclavos del maquillaje, de la pose, de la máscara más rancia. Lo otro, aquello que se escapa y ya no nos pertenece, es la verdad de ser uno mismo, pero ese precio es más arriesgado, y solo se reserva a los valientes.

La gente no quiere ver al enfermo, la gente no soporta la mirada del que mendiga sentado, ni del que pidiendo desesperado se le ve por los portales, o en las bajeras de una iglesia. La gente no quiere ver las pústulas, ni las calvas, ni las heridas a medio secar, y huye del que se muestra débil y vulnerable. La gente no quiere ver muerte, ni pobreza, ni miseria, ni hambre. La gente no ve, porque no quiere ver. Porque el que no ve, se tapa con una mano. Porque al que dice ver, se le ve corriendo con la venda caída. El que ve dice ser un rebelado, que ilumina su cara al sol y despojado de sus lentes, prefiere quemar sus ojos antes que entregarlos.

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