6
Oct
2015
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La acabadora

—¿No tengo pechos de viuda, verdad?— dijo desalentada Valentina.

—No nos engañes.

La mujer que ataviaba los muertos le contestó sin dirigirle la mirada. Valen vestía su mejor bata y unos brillantes zapatos negros con largos tacones. El ribete del sujetador asomaba por el escote. Se quedó sola en la sala, se sentó en una silla y acercó el ataúd.

* * *

Ha venido todo el pueblo, Antón. Tuviste que morirte durante las fiestas del patrón. Me has hecho sudar del esfuerzo. Claro, porque te vienen todos de golpe y no vas a comprar la repostería en el mercado, que las pastas va a tenerlas que hacerlas una misma, y servir el café, que tampoco se hace solo, valga la pena para que una salga compuesta del mal trago, aunque sea con café y malta tostada, que buen acopio hemos hecho con tus primas. Así me evito que hablen de mí, que en las colas del panadero, en el turno de la carnicería solo a los demonios les crece un rabo bien largo, que esto es un pueblo, Antón, y aquí la gente habla.

Desde luego tu despedida ha salido fetén. Ah, Antoncito, debes saber que han venido también la peluquera, María, y Elvirita, la encargada de la hacienda, y la niñita del frutero, Lola, la hija de la Minina, toda una mujer ya, que ha sido tan delicada que ha traído una cestita con frutas, que bien que nos ha venido, con la de gente que había. Pero a ninguna les ha venido a bien darme el pésame. ¿Por qué Antoncito? ¿O acaso crees que no estoy enterada? Vienen ellas todas compungidas, con gafas oscuras, y solo pueden que taparse la boca con el pañuelo cuando me lanzan la mirada. Lo debería sentir yo más que ellas, saber que en tus ausencias seguías acostándote a pares con ellas, ya fuera tras el trabajo o en fiestas de guardar. Que a buenas me di cuenta como mirabas a una en la procesión del Corpus. Yo sí estoy compungida, que una no es de hierro y para mí esa sí es una carga difícil de esconder. Esas miradas en las misas y en los entierros, ese tumulto silencioso que se formaba cuando nos cogíamos del brazo y todos nos negaban el saludo: esas manos frías, ese disimulo tan mal llevado.

Tus últimos días no han sido malos. Desde luego, te has muerto en la cama de otra, desnudo.

Me tenías en casa, fregando latón y sacando brillo al mármol de la escalera. Ponía siempre la casa impoluta y una mesa perfecta para el asado. Toda la mañana cocinando, que a buenas te ponías conmigo y me sonreías, y entonces venían tus pedantes compañeros del bufete: tú, el abogado en la gran ciudad. De tanto entrar y salir en la cocina, como una criada, al final no podía ni sentarme, y ahí adentro me tenías, de pie, en un rincón del fregadero, comiendo mi parte como una perra, y yo oyéndote a mandíbula partida como me llamabas para traerte vino y viandas.

Ay, tus últimos días Antón, tus últimos días… Aunque yo tampoco me pueda quejar de mi duelo. ¿Te crees el único putero de esta casa? Que de novios una bien que se los traía a casa. ¿Cómo piensas que conseguiste el trabajo en la fábrica cuando de novios? ¿Cómo piensas que te pagaste la carrera? Me acosté con el capataz y con el encargado, y así conseguiste un buen sueldo. Que una mujer tiene que hacer lo que tiene que hacer, y más preñada de dos a la vez. Que en casa teníamos las palmas de las manos vacías, hacia arriba, que si no fuera por mi padre, a buenas horas, porque tu familia ha sido de bien solo para poner las sillas en el portal cuando pasaba el santo.

Pero cuando te llamaron a filas me aficioné. Siempre que llegabas de tus permisos me pillabas tan contenta que ya poco importaba todo. El almirante, los dos cabos. Imagíname con el cocinero de la fragata, empotrada sobre la encimera. Sí, Antón he sido más reputa que tú, y te lo mereces, no me arrepiento. Pero cuando las nenas crezcan lo sabrán todo, no te preocupes.

Y no me vengas con que por respeto hay que estar siempre ahí, que hay ocasiones en que una necesita de lo bruto, porque nos duela o no, animales somos, tanto tú como yo, y lo que es peor, animales de costumbres, que una mujer, por muy sanos principios que tenga, en situaciones así, acepta antes una brutalidad que un desprecio, y a mí ya me conoces.

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