6
May
2015
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Mina

Al entrar en el comedor, la imagen de madre amantísima se proyectó sin excepción sobre todos los asistentes. En brazos portaba a su hija, una niñita rubia de rizos rebeldes y que se acurrucaba albergando un aura inmaculada. Su carita se arremolinaba contra la blusa de mamá, que complacida lucía una sonrisa radiante en un rostro de grandes ojos, perfilados bajo un sutil maquillaje. La levísima máscara de la pintura antojaba una belleza natural y tímida; sin ella puesta, hubiera robado la mirada de cualquier hombre desatento.

Mina era una de las corredoras más deseadas. Entre el grupo de hombres solían hacer comentarios subidos de tono acerca de todas las mujeres del club de atletismo, sobre todo de las solteras, y en especial de las madres solteras. Sin embargo, aún estando emparejada, Eli era el destino de muchas de las morbosas observaciones y fantasías sexuales —fanfarronadas inofensivas— del personal masculino. Su peculiar comportamiento, muy independiente y con aire resuelto y decidido, la hacía coincidir poco con su pareja, y sí con frecuencia con el resto de hombres que, en tropel, copaban los entrenamientos. Además, tenía un carácter competitivo y amaba el deporte que practicaba. Su gran facilidad en el trato la hacía presentarse a los demás con una cara amable que se tornaba exageradamente graciosa, al comprobar el acento andaluz que expelían sus labios. Sabía lucir sus piernas bonitas y tersas, bien bronceadas, y el ejercicio físico y sus ganas por cuidarse hacían a un cuerpo vigoroso como el suyo, aligerar con facilidad sus treinta y tres años y paridos dos hijos estupendos.

Aunque avanzó unos pasos, Mina no tuvo tiempo para saludos ni presentaciones. Mientras la niña aún chupeteaba su pequeño pulgar, pudo zafarse de la criatura con una ternura tal que, Lara —de apenas tres años de edad—, parecía haber sido arrancada dulcemente de un cuento de hadas, pero sin distraerse ni un ápice de la invisible y cómoda sensación del regazo al que se aferraba con capricho. Para cualquier otra niña de su edad —y, como ella, que viva en exceso apegada a la atención de su madre— romper el mínimo vínculo hubiera supuesto un torrente de berrinches. Sin embargo, la pequea Georgia siempre mostraba una gracia singular y sofocaba cualquier conflicto con una sonrisa impagable, y lo hacía con los ademanes andaluces heredados de su familia materna: «!Ay, mi shosho!», solía repetir al punto en que todos los presentes rompían a carcajadas.

Tan pronto su pie tocó el suelo, Georgina se puso a corretear entre las dos largas mesas dispuestas en el salón, primero en compañía de Piero, el hermano mayor que por natural afinidad se adelantaba al ímpetu de su hermana, a base de estirar y agarrar su ropa con una insistencia de la que desistió finalmente sin éxito. Durante largo rato, los hermanos cercaban a su madre aquel ambiente febril y caluroso de verano, pero ambos decidieron más tarde unirse al resto de los niños y niñas —hijos de otras parejas—, para entregarse a la improvisación y el juego. Pronto se montó una algarabía bien formada que se agitaba subiendo y bajando las escaleras, corriendo, deslizándose bajo las mesas, provocando más de un percance con algún camarero…, toda aquella colección de brotes inocentes y puros, la inocente chiquillada, era ajena a los juegos más serios y el contrapunto lejano y ruidoso de las confabulaciones que únicamente los adultos pueden dirimir.

Ligeramente desplazada, tan lejos de una mesa como de la otra, Mina permaneció momentáneamente presa de la soledad; con una expresión queda se abandonaba hacia una leve tristeza mientras su hija le soltaba la mano. Al aparecer su prometido y alcanzarla, compuso nerviosamente una sonrisa y abrió los ojos en busca de nuevos focos donde hallar alguna distracción. Cuando se dejaban ver, Mina siempre era la que tomaba la iniciativa en todo, y él la secundaba con resignación pero la intentaba dominar. No era difícil sorprenderlos tratándose con frialdad, aunque con la tácita pretensión de cumplir una deliberada apariencia, y corregían al instante cualquier desaire que tuvieran en público. Eligieron dos sillas y se sentaron, no perderían de vista a sus dos pequeños desde aquella esquina de la mesa. Como padres habían construido un hogar ideal para Georgina y Piero, pero arrojaban graves dudas de que el vínculo conyugal no pudiera nunca quebrantarse. Las voces de algunos que silenciaban sus secretos, se amplificarían sin remedio después de aquel día. Los círculos de amistades que ambos compartían ya no obviaban la frágil imagen de pareja feliz.

Durante el ágape el comedor iba quedándose pequeño, y a medida que el trasiego de primeros y segundos platos se sucedía, la temperatura abochornaba cada vez más. Desde cualquier asiento, se podía ver a Mina caminando y dirigir miradas cómplices a alguien que la rescatara, que la invitara a sentarse y despachara una charla agradable, que la evadiera del hastío de su compañero. Afanado solo en cumplir la función estética de mero acompañante, él le lanzaba miradas acusadoras desde lo lejos; escrutando el espacio buscaba a su mujer pero solo hallaba un asiento vacío.

En una de sus idas y venidas, Mina interceptó la mirada de un chico, cinco años más joven que ella y que le llamó la atención. Aunque ya le pareció que ambos se observaran de una manera más significativa antes —al entrar, con Georgina en sus brazos—, solo se cercioró hasta después del postre de que las miradas que ella lanzaba le eran siempre devueltas. Eli solía subir las cejas y sonreir con timidez; él la acosaba descaradamente con los ojos, fijeza que acompañaba con una osada sonrisa. Ambos fueron escribiendo en el aire un código gestual caprichoso hasta que, casi sin darse cuenta, se hubieron sentado juntos. Los invitados fueron poco a poco despidiéndose hasta que quedó un grupo reducido. Mina no padecía en ese momento la influencia de su pareja, que se ocupaba en cuidar de los pequeños Piero y Georgina en la piscina exterior al restaurante. La conversación fue banal, sin mucha trascendencia. Pero las formas lo decían todo: el tono, las preguntas amables de él, las respuestas graciosas de ella… Se sintieron tan cómodos que desearon tocarse las manos, o almenos rozarse bajo la mesa. Pero ella, estaba algo desconcertada, y él, no sabía donde ubicar a cada personaje en la historia. La confusión no bastó para desacalorarlos y siguieron embobados mirándose de soslayo hasta que el novio, con una prisa mal disimulada, la requirió para marcharse a casa. Mina se negó mostrando su desagrado; de nuevo resignado, volvió a la piscina donde sus hijos se secaban parsimoniosamente con la toalla. El joven no entendió bien todo lo que sucedía. Por otra parte, durante toda la comida, Mina trató de devolverse a su silla con una demora notoria y que hiciese sentir molesto al padre. Tras aquella contestación, Mina se levantó de su asiento y se marchó para ausentarse unos minutos. Desde dentro el joven observó cómo volvía, pero esta vez ella se dirigió directamente a la piscina, su exhibición de libertad transitoria había terminado. Se sentó junto a su prometido y, cogiendo la toalla para secar el pelo de su hijo, retomó sus responsabilidades maternas. El sol se reflejaba en la piscina y contrastaba con la realidad incompleta que parecían transmitir sus ojos, ahora tristes. Tras su vuelta, el rubor de sus mejillas desapareció.

Mina siempre se decía a sí misma que no repetiría escenas tantas veces representadas. A pesar de ello, aquel día fue un poco diferente. Desenvolverse entre aquella gente la alegró, y el encuentro accidental con aquel chico, por nimio que fuera, no solo la ánimo, sino que avivó una esperanza apagada. Ese día conoció personas que no la sometían con vehemencia, sintió algo de libertad que su vida personal le robaba constantemente. Hasta ahora podía justificarse por las cargas familiares, y consideraba que para los hijos su sacrificio nunca era baldío; pero otras veces, sin embargo, esa carencia de libertad afirmaba más su propia infelicidad, y para ella la falta de vida propia era totalmente injustificable. Había luchado tanto que no podía creer como sus sueños se habían despedazado tan rápidamente en los once años de vida en común. La construcción de una vida basada en lamentos eran solo consolados por los frutos de su vientre… pero como pareja ya no eran nada.

La vida de Mina se resumía en la constante frustración de no poder enderezarse a su gusto, levantar la cabeza y echar a andar sin los grilletes de su relación. Su anhelo por volver a Nápoles, donde hallaba la verdadera pertenencia de su alma, era siempre obstaculizado por su pareja, que emplazaba a aquella luchadora a una suerte triste y solitaria. Había recorrido un trecho demasiado largo en un camino que se bifurcaba. Y ahora no sabía si regresar, quedarse quieta o tirar para delante. Debía sumar además todas esas desavenencias conyugales que el tiempo había vuelto imposibles de solucionar, porque en palabras de la propia Mina: «Eran imposibles de solucionar». Y estaba presente la herida más profunda de su corazón: la marcha del padre que la había dejado en el sur, no hace mucho, y que se volvía más tierna y desgarrada al retornar a su ciudad cada verano.

Sin darse cuenta el tiempo había empedrado su propio camino y por primera vez se asustó de correr en un terreno conocido al que acechaba el peligro.

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