18
May
2015
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El traje de tweed del capitán

Un mendigo encontró el paquete. Se trataba de una maleta pequeña y desgastada. La lona marrón de los laterales no había resistido el paso del tiempo y empezaba a desprenderse a tiras. Estaba plagada de pegatinas de destinos turísticos y abundaban emblemas de aeropuertos muy distantes entre sí. Su aspecto encajaba mejor con las formas de un viajante de comercio, o quizás algún marino mercante se la había olvidado durante su permiso en puerto. Pero el contenido de aquel equipaje delataba que no había servido a una persona solamente. En su interior —destripado con ansiedad en plena calle—, nuestro viejo andante halló dos trajes completos de tweed, un pantalón de pana, algunos viejos periódicos fechados en 1929, una nariz roja de payaso, tres vestidos de señora —todos con la falda plisada—, y un libro de recaudador. Oculta en una esquina del forro, también encontró un pequeño estuche de lana negra que al agitarse hacía entrechocar algunos enseres de plástico. Dentro había un peine que atrapaba varios pelos con algunas raíces aún frescas, dos rulos anchos de cardado, pasta de dientes, dos cepillos a estrenar y una emulsión de afeitado. El viejo capitán —así le hacían llamar en la calle—, resolvió que aquel equipaje había pertenecido a alguna pareja de novicios, y había sido abandonado en un descuido, otro fruto más de los tránsitos inexpertos y apresurados que se daban lugar en la estación de Grand Central en plena hora punta.

Abrazado a aquel variado botín, el viejo capitán se dirigió al puente donde vivía. Bajo el primero de los arcos tenía un caño empotrado en la pared del que emanaba un hilillo constante de agua. Antes de iniciar su habitual batida de menudeo por la ciudad solía acicalarse desnudando su cuerpo por partes. Hasta entonces, siempre había conseguido retornar con una limosna decente, que se iba engordando humildemente comprimida dentro de un calcetín y aplastada por varias hojas de cartón. Aquel día el capitán procedió de manera distinta: se peinó el pelo hacia atrás, se lavó los dientes, cogió uno de los trajes y, aunque echó en falta unos buenos zapatos para completar su ajuar, permaneció frente a los restos de un viejo espejo de pared y, durante un largo rato, su reflejo estuvo devolviéndole una mirada de sorprendida y extrañada dignidad.

Aquella maleta poseía la naturaleza de un tesoro. Una nueva sensación empezó a crecer más allá de la fría y metálica transmisión de monedas que la gente acostumbraba a depositar en su mano, sin apenas rozarle. Para él habían pasado largos años sin notar el calor de una piel, ni siquiera el de la suya propia, y el simple tacto de un traje usado lo cambió todo por completo.

Para nuestro capitán, aquella maleta sin trascendencia y desechada por Objetos Perdidos se convirtió en el suceso más extraordinario de su vida.

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