20
Abr
2015
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El lunes negro de Gastón Gaudio

Pase lo que pase, no toquen a mi niña. Poco me importa su madre, a ella manténganla al margen. Que si cuidan de mi pequeña, si preservan su inocencia, aseguro que mi colaboración será infinita y prometo un juicio fácil. No se separa de su cerdita de peluche. Está en un pequeño baúl de mimbre, con el cuello a punto de partirse y un solo ojo, bajo una manta rosa. ¡Cuiden a mi pequeña Mina! Cójanla en brazos, por favor, es una llorona que no aguanta mucho de pie.

Hoy me despidieron. Ni una mancha, ni una falta. Tras más de veinte años de sacrificio —en el trabajo y en el matrimonio—, la vida te despierta con un burofax y un timbrazo, un finiquito de tres páginas y, de soslayo, ves las maletas en la puerta. Y mi alegre mujer follándose a otro. Fue un trauma temporal, eso sí, nada comparable con mi desgracia, porque yo estaré aquí dentro mucho tiempo, mientras ella pueda recomponer su vida y una familia rota, aunque sea a cachitos, y juntar a la poca dignidad que le deje la conmoción, el consuelo de tener a mi nena, a la luz de cualquier día, mientras yo siga aquí a la sombra. Por muy puta que sea, será lo que diga el juez.

Sé que podría haberlo hecho de otra manera… o no haber hecho nada. Sé que podría haber soportado los ataques frontales, constantes desde hace años; yo, padre abnegado y resistente, con ese cabrón dominante por detrás, acechando en secreto las ausencias de mi casa, luego, el acoso en la oficina, y allá donde la infidelidad se palpara, sospechosa entre los silencios de las cenas, las reuniones de trabajo: allí estaba, él, “el otro”, donde a ambos no les separaba más que un cuerpo de distancia. Y los compañeros de trabajo, oh, tan agradecidos como siempre, cargándome la nuca con ese calorcillo a base de sorna, burla y sabedores que un ridículo y cruel universo me sobrevenía al final de cada jornada. Tras el conflicto, salían mudos de sus cubículos y, con el chistecito fácil de después, llenaban ese humor absurdo que yo ahuecaba con la risa cortada.

Al menos tuve a Nancy durante unos meses. Yo tampoco fui un ángel sin consuelo. Sé que era una chica fácil, de ésas que con un cigarro y unos hielos te llevaba a la cama en su primera fiesta de Navidad. Pero otro favor sería —señor juez—, que no la metieran en esto, que tampoco tiene nada que ver, que es una buena chica; que bien seguro ahora la sacuden por mí, y pronto la echarán al escarnio: trabajadora eficaz, ilusionante y vital, convertida en un trapo usado. Una vez tuve la sana ambición de empezar algo con ella, de encajar otra vez,… los tres, yo, mi hija, lo único bueno.

Señoría, me llamo Gastón Gaudio y soy un ser humano capaz de hacer cosas terribles. Hoy lunes, he matado a mi jefe. Lo he hecho con el cuchillo con el que abría las cartas. Tuve que volver a entrar al despacho para asegurarme: era el hombre que se acostaba con mi mujer. Ahora sé —los forenses, saben— que la traza del cuello va de lado a lado, que corta la vena, que un reguero de gotas sigue hasta las salpicaduras del vestíbulo. Que es sangre de verdad.

Ahora lo sé, me llamo Gastón Gaudio y soy un ser capaz de hacer cosas terribles.

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