3
Ago
2015
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De todo menos observador

Barcelona fue mi último viaje en tren. A medio camino el trayecto discurría paralelo a la costa. En una de las paradas, los turistas esperaban en un paso a nivel: descamisados, con sombrillas plegadas y gorros de ducha cubriendo de sombra sus ojos. Trescientos metros más adelante se hallaba Tarraco “La Romana”, el último apeadero antes de la capital.

«Yo soy alguien de todo menos observador, pero se puede escribir sobre cualquier cosa», pensé.

Tuve la suerte de viajar en el lado de la ventana. Detenido en el andén, vi afuera los restos de una palmera. Le faltaba todo el tronco y la base se había convertido en un monolito sostenido únicamente por unas humildes yescas que se descolgaban, y pelándose contra la presión de otras plantas con la intención de las malas hierbas: largas culebrinas que luchaban por enraizar y parasitar cualquier tronco húmedecido por la brisa. Mientras sometían su humildad, su cobijo, los zarzales se enrocaban sin piedad para robar el agua de su interior, aunque su verdadero hábitat estuviera en la proximidad de las dunas.

Sin embargo, aquel cilindro irregular era la estoica fundación de un árbol de gran grosor —y no el triste mojón obviado en el andén— de palmas abiertas hacia el cielo, como la explosión de una carcasa de fuego que toma la forma de flor que antaño habría cubierto el techo de la estación. Aquellas raices podían sostener toda la vida del mundo. Un trozo de madera que vivía dentro de un agujero, circundado por losas estrechas de hormigón, había hecho saltar sus junturas cedidas a las raíces: hinchadas, poderosas, ansiosas por ahondar en la superfície y adentrarse en acuíferos subterráneos.

Justo por su lado los trenes de vía rápida se sucedían y se detenían a ambos lados y en sentidos contrarios. Quizá yo fuera el único que se fijara. Algunos aceptaban la entrada de los perros apuraban e imaginé a los gatos cerriles transitar bajo la alargada sombra de última tarde. Pero también me imaginé a los perros y a los gatos mear sobre la palmera, como los turistas, borrachos, enterrando botellas de ginebra bajo la arena de playa.

Quise reconstruir en mi mente la altura de esa palmera poderosa, pero no pude. Sobre sus yescas de madera se recobraba el color más ácido del Mediterráneo, el de las prisas del último minuto, el del tempranero apuro del que clava la sombrilla con el alba, el de la ausencia de los jefes de estación, de aquellos que aún daban las órdenes de salida a los trenes con un silbato. En aquella época, mientrastanto, los maquinistas erosionaban el perfil inexistente de mi palmera, alargaban la mano y la bendecían con un beso.

¡Adiós, palmera!

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