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Taller escritura ASIEM

26
Feb
2015
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La elección diaria

La gente hace siempre la misma elección. Lo sé porque al rozarme con alguien en su camino solo noto un frufrú de telas y nada más, solo dos atavíos que se sostienen por algo inerte. Y al pasar ni una mirada, ni un gesto, ni siquiera un servil ademán de que existimos entre iguales. ¿Y toda esa gente que camina a lo suyo, hacia dónde lo hace? ¿Y toda esa gente que espera en el andén y por la boca de la estación se dispersa? ¿Qué historias guarda esa cara que dejo atrás? Una gran suma, mayor que la de sus elementos separados, arroja un único resultado: la vergüenza. Nuestra conciencia plena vive encapsulada en un envoltorio frágil, sobre el que no permitimos que la arruga perenne nos delate. Si por dentro somos imperfectos, con esa vergüenza que condena a ambos lados de una puerta, y nos prohíbe salir y entrar, almenos que ose exhibirse. Ahí esta la paradoja: la vergüenza de sentirse desnudos es la misma que la de ir escondidos bajo una tupida piel. Las artificiales capas de la mal llamada dignidad nos hacen esclavos del maquillaje, de la pose, de la máscara más rancia. Lo otro, aquello que se escapa y ya no nos pertenece, es la verdad de ser uno mismo, pero ese precio es más arriesgado, y solo se reserva a los valientes.

La gente no quiere ver al enfermo, la gente no soporta la mirada del que mendiga sentado, ni del que pidiendo desesperado se le ve por los portales, o en las bajeras de una iglesia. La gente no quiere ver las pústulas, ni las calvas, ni las heridas a medio secar, y huye del que se muestra débil y vulnerable. La gente no quiere ver muerte, ni pobreza, ni miseria, ni hambre. La gente no ve, porque no quiere ver. Porque el que no ve, se tapa con una mano. Porque al que dice ver, se le ve corriendo con la venda caída. El que ve dice ser un rebelado, que ilumina su cara al sol y despojado de sus lentes, prefiere quemar sus ojos antes que entregarlos.…

26
Jun
2014
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“En La Plaza del Árbol…”

Cuando El Rubio asistía al taller de Escritura Creativa, todo un mundo ignorado hasta entonces emergía de su alma. Siempre se privaba de algunas horas de sueño, pero a cambio disfrutaba apurando los minutos en alguna lectura interesante, antes de entrar a la clase. A pesar de la atmósfera irrespirable de la ciudad, recorría aquellas calles que eran como habitaciones sin ventanas. Dirigíase tal cual un autómata, intentando huir del calor y de un ruido agobiante que percutía contra sus sienes. Al final de su camino, sin embargo, un banco de piedra le aguardaba junto a un remanso de paz y tranquilidad.

En su último día, con gran entusiasmo, llegó a completar casi la mitad de Crimen y castigo, de Doiostoievsky, cuyas páginas devoraba. Sintió un leve cosquilleo y tembló. Su lectura apasionada fue interrumpida por una hormiguita que le recorría el antebrazo y, alrededor, unas palomas desvergonzadas le rondaban con impertinencia. El arrullo de los pájaros formaba un relajante acorde, combinado con el incansable pío-pío de otros seres voladores, más propios de paisajes urbanos, y que ponían el contrapunto al tráfico escuchado a lo lejos. La Plaza del Árbol —así es como la llamaba— estaba plagada de coníferas ancestrales, y bajo la sombra del árbol más destacable, el sonido parecía proceder de una modesta capilla.

Al entrar, todos los alumnos ayudaron a disponer mesas y sillas. Tras las introducciones de cortesía, al Rubio, como a los demás, le pidieron que hiciera un escrito de despedida. Al punto de proceder, su mente se puso en blanco y las ideas en su cabeza enmudecieron. Habitual habría sido en él escribir algo con una prosa correcta y sencilla pero, súbitamente, decidió despedirse de una forma diferente.

El Rubio cerró los ojos e ideó una pizarra flotante. Con una tiza en la mano, empezó los primeros retazos de su abstracción. Sobre el negro del pizarrín, una caligrafía torpe atestiguaba sus últimas palabras:

«Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.»

EL RUBIO

Dedicado a Blanca y Clara.

 …

24
Jun
2014
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“El Rubio”

Nuestro ángel anduvo nervioso buscando un buen rincón en el que inyectarse. En su estrecho bolsillo había una papelina, no conseguida sin esfuerzo, y que palpitaba con vida propia. «Éste es el sitio», pensó. Su garganta emitió una muda carraspera, el ceño se le frunció y empezó a lengüetear con las flemas que le inundaron la boca. «A ver cómo va la cosa—decía en voz alta mientras se sentaba con aparato y rehurgaba en su bolsillo—, espero que me hayan pasado buen jaco». Halló un montículo y escupió…

13
Jun
2014
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“Encuentro ciego”

Por aquella lúgubre y estrecha calle transité durante un largo rato. Mi cita de las tres se retrasaba más de lo previsto y empezaba a impacientarme. Odié que me hiciera esperar, la idea de que me dieran plantón no me agradaba. La tensión aumentaba y el aire se volvía plomizo, el sudor descendía por mi espalda y sacudí mi camiseta.

—Hola, ¿qué tal? —noté un leve toquecito sobre mi hombro.

Giré mi cabeza lentamente, recreándome, y dirigí al suelo mi mirada. Calzaba unos zapatos de un color rojo chillón. Al mismo tiempo, se oyó el maullido de un gato ausente.

—Siento mucho el retraso —me espetó con una sonrisa blanca y de dientes perfectos.

—No pasa nada —admití tembloroso.

Ante mis ojos nacía una mujer alta, probablemente me sobrepasara en más de una cabeza. Desde sus tobillos ascendían unas piernas delgadas, pero de un músculo turgente y carnoso. Poseía una tez blanquecina, interrumpida al llegar al borde de una falda roja, por encima de las rodillas. El color iba a juego con el carmesí de sus zapatos. Aquel traje era de una pieza entera y, en un pensamiento rápido, juzgué que nadie más como ella podría haber elegido un vestido tan osado para aquel momento. Era tan provocativo que descuabraba la sobria composición del lugar, se ajustaba a su cuerpo de una forma irreal. Aquel contraste entre la calle gris y el rojo del vestido hacía que la luz del día se apagara y su piel refulgiera con mayor intensidad, y que su presencia se volviera llamativa. Se creó un extraño efecto óptico que doró sus brazos, aquella piel mortecina parecía revivir con los escasos rayos del sol. Tanta escasez en su vestuario acentuaba la belleza de una cara que descubría sosteniendo aún la sonrisa de bienvenida, una nariz perfecta y dos ojos color miel. Su cabello rubio se alisaba en la corona y le caía sobre los hombros en tímidos rizos.

—Ya pensaba que no vendrías —dije.

El sudor de mi cara empezó a secarse y empecé a respirar aliviado.

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Debo ser poco para ti. Eres…como decirlo…demasiado perfecta —dudé.

—Te equivocas. —Sonrió y se abalanzó a un palmo de mí, sosteniendo sus manos sobre mis hombros. Con la boca entreabierta me susurró algo al oído.—Todos somos criaturas imperfectas.

Busqué enseguida su mano, que sorprendí deslizando sobre mi pecho. Aquel primer momento me trajo una calma inmediata, como si hubiera descubierto un mar subterráneo.…

10
Jun
2014
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“Divagaciones de otoño”

Veo las hojas fenecer en un suave baile hasta el suelo: los árboles anuncian el otoño desplegando su alfombra. La paleta de colores muda hacia los ocres y el cielo gris se difumina entre unos brochazos blancos. Las nubes se acumulan y amenazan el mar con una percusión líquida, para la tierra cuarteada ungen su bendición. Toda la naturaleza parece tocar su orquesta en sintonía y yo imagino a Tchaikovsky dirigiendo el segundo acto de su Lago de los Cisnes. De una copa de árbol siento una explosión, es una bandada de cuervos que escapa con un terco graznido. Para mí el otoño es desasosiego, la puerta a un mundo nocturno e insomne.

Los días pasan y Sagitario me apunta con su flecha, apunta directamente a mi hipotálamo. Es martes, veinticinco de noviembre y cumplo años. Nunca suelo celebrarlo, odio las fiestas de aniversario, odio esas muescas de felicidad con las sonrisas postizas en la cara. No temo hacerme mayor, pero lo social me atormenta y me dispara hacia una realidad dolorosa. Hasta hace muy poco, mi juventud claudicó las rodillas ante ese tipo de acontecimientos sociales; para mí, esas mentiras se disfrazan en un júbilo regado por drogas y alcohol. Cumplí dieciséis años unido a goteros de suero y a una cama de hospital. Aquella fue mi primera manía y el sol otoñal obedecía al ocaso.

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Siempre acabo escribiendo sobre mí:

Vladivostok estaba en el confín del mapa y tanta distancia, aparte de pereza, no me auguraba un viaje plácido. Después de hacer escala en Baku, no parecía muy adecuado beber un vodka a las siete de la mañana, pero en una compañía de segunda categoría, era lo único que servían. El brebaje acabó por rematar mi estómago vacío. Me consolé con el hecho de haber previsto un poco el viaje. Conozco bien a los rusos, son tercos como mulos y los de esta zona amplifican aún más esa terquedad. Pero aquí vine a por una cosa muy concreta. Son sus mujeres las que de verdad me atrajeron. Quizá sea por la extraña simetría de sus caras, con los pómulos más ensanchados y unos ojos rasgados. Parece que con su mirada fueran capaz de congelarme, escrutando el vacío interior de mi cuerpo. Sus ojos parecían buscar algo, siempre silenciosos, ocultos bajo una máscara poco común. Me fascinó su sobriedad y lo frío de su trato, que a muchos hombres conseguía echar atrás.…

10
Jun
2014
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“Masha, la bruja muda”

Masha era la hija bastarda de un importante noble ruso y miliciano, con un alto rango militar y cercano a la corte del zar. Fruto de una violación, asuntos como el de Masha eran tapados uno tras otro, pues eran incontables las chicas de pueblo forzadas a voluntad de los de los oficiales del cuerpo de marina ruso. Así, aquella niña se concibió durante una de las muchas rebeliones populares del campesinado de febrero de 1917, cuando la hambruna y la carestía de alimentos se había convertido en un problema endémico en una Rusia convulsa, entonces gobernada inexpertamente por Nicolás II.

Su madre Ivana era una amazona del sur de Siberia, crió a su hija según las costumbres de la etnia coriaca, distinguida por su tosquedad y secas maneras. La dureza de aquellas tierras, hicieron que la infancia y pubertad de Masha no fueran nada fáciles. Durante sus primeros años, ambas solían sobrevivir con la leche de una cabra que criaban y comiendo las pocas presas que cazaba la madre, que además de una diestra curtidora de pieles, era una experta maestra tejedora que hacía abrigos de alce y gorros de conejo muy lanudos, entre otras muchas prendas, siempre de gran calidad. Vivían en una humilde cabaña de planta circular, en una minúscula pedanía cerca de Vladivostok, rozando el extremo del continente asiático pero aún lejos de la costa. Los inviernos eran intempestuosos y fatigantes. Estaban obligadas a almacenar comida o condenarse a morir de hambre y de frío sepultadas bajo la nieve. Aquella zona era muy inhóspita, las nevadas atizaban los tejados la mayor parte del año. Para Masha nunca fue agradable dormir siempre en el suelo. Sin duda, llevaba una vida demasiado adversa, que poco a poco iba endureciendo su alma de una niña inocente.

Masha nunca hablaba. Exceptuando los sollozos de su parto, si es que se pueden considerar palabras, jamás articuló palabra. Sólo se reservaba para cuando tuviera que buscar a un hombre que pudiera desposarla. Pero cuando algún pretendiente del pueblo intentaba cortejarla, ella los petrificaba con el primer sonido que salía de su boca. Todos los hombres que osaron escucharla acabaron congelados en forma de témpanos, y sus corazones se convertían en una piedra inerte, del mismo color que el negro del universo más profundo. Esa era la maldición de Masha, la de verse condenada a enmudecer a perpetuidad o a petrificar al prójimo con el estallido de sus palabras.…

23
May
2014
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“Blanca”

Te imagino sorteando los adoquines de la calle Quart. Sé que vienes despertando el aire con cada nueva patada, aunque tus botas suenen silenciosas. Subo la mirada. Vistes unos vaqueros entallados y tu figura esbelta culmina entre una blusa que se evapora. Un timbre anuncia tu llegada y junto a un haz sintético aportas luz a una sala que te espera ansiosa. Iluminas y fulminas, como el cíclope de los tebeos. Con tu rubio cenizo acabas por filtrar los rayos del sol que absorbiste del camino, pero el rastro que dejas es imperceptible e inocente: miguitas de pan con mil letras escritas.

No te conozco, casi podría contar las palabras que tuvimos, y me cuesta escribir sobre lo desconocido. Pero si puedo quedarme a admirar lo bello y contárselo al mundo, escribir la breve reseña de una obra de arte natural: tu cuerpo y alma tomando forma.

El litio me templa y me adereza. Como algunos hombres de bata blanca vienes a visitarme, porque yo sé que eres una sanadora y que las sanadoras portan siempre buenas noticias. Nos pones a escribir sin dictado alguno y haces que me acuerde de la bondad de mis primeras profesoras, aquellas que también vestían bata blanca cuando yo era sólo un cagón, aquellas que me cazaban escribiendo mi nombre en la pared. Y eso es algo que me trae tu sonrisa y tu voz, dulce y aflautada al mismo tiempo. Tu forma de mandar hace que me apetezca pintarme las pecas que perdí.

Sabemos siempre de tu llegada, sin embargo siempre nos consigues sorprender cada jueves. No dejes de venir, por favor, ni hoy, ni ningún jueves. No desistas, porque ésta es tu buena acción del día. Hay personas que se dejan aparecer como una bendición en los mundos de aquellos que vivimos sostenidos por la soledad y el vicio, los que habitamos una cárcel sin carcelero.

Tráeme llaves en forma de pluma, déjame escribir y deja que el papel se arrugue, que mis palabras leviten y suban hasta el techo. Traéme llaves y yo te daré textos, palabras que caigan en cascada y te salpiquen.

 

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23
May
2014
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“Insomnio”

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Cuando no se duerme todo parece una copia, de una copia, de una copia. Nunca se tiene la oportunidad de experimentar el despertar, el alivio que se levanta con el bostezo. La única traición es la de una cabezada segundos después del alba. Atrás quedan ocho horas, cada una con sus sesenta minutos, cada minuto con sus sesenta segundos que pertenecen al lapso de la noche. El tic tac del reloj que flota en el aire es capaz de erizar el cabello. La vista se cansa y desenfoca, un murmullo se vuelve agudo y punzante en el oído y la espalda se tensa atizando el aire con un latigazo, sosteniendo una cabeza que vacila.

Pero ahí está uno, tragándose la teletienda con sus cachivaches inútiles, reposiciones de series de los noventa, documentales sobre la cópula del elefante y del mono. Cansinos grupos de música rellenan la parrilla televisiva antes del primer noticiero y finalmente se absorbe por los ojos una sobredosis de rayos catódicos. Mañana probablemente el médico prescribirá un colirio. Único diagnóstico: el síndrome de un ojo seco que se enerva y enraiza en una picor roja y macilenta.

Y los remordimientos que implacables invaden al insomne, al vigilante nocturno que atestigua un techo blanco e infinito, con sus párpados que ni obedecen ni claudican, se abren en amplitud hacia el mando a distancia. Una compulsión le obliga a seguir cambiando de canal. No hay ningún botón que te permita regresar en el tiempo, volver atrás para maldecir el momento en que encendiste el televisor.

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