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Microrrelatos

10
Jun
2014
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“Divagaciones de otoño”

Veo las hojas fenecer en un suave baile hasta el suelo: los árboles anuncian el otoño desplegando su alfombra. La paleta de colores muda hacia los ocres y el cielo gris se difumina entre unos brochazos blancos. Las nubes se acumulan y amenazan el mar con una percusión líquida, para la tierra cuarteada ungen su bendición. Toda la naturaleza parece tocar su orquesta en sintonía y yo imagino a Tchaikovsky dirigiendo el segundo acto de su Lago de los Cisnes. De una copa de árbol siento una explosión, es una bandada de cuervos que escapa con un terco graznido. Para mí el otoño es desasosiego, la puerta a un mundo nocturno e insomne.

Los días pasan y Sagitario me apunta con su flecha, apunta directamente a mi hipotálamo. Es martes, veinticinco de noviembre y cumplo años. Nunca suelo celebrarlo, odio las fiestas de aniversario, odio esas muescas de felicidad con las sonrisas postizas en la cara. No temo hacerme mayor, pero lo social me atormenta y me dispara hacia una realidad dolorosa. Hasta hace muy poco, mi juventud claudicó las rodillas ante ese tipo de acontecimientos sociales; para mí, esas mentiras se disfrazan en un júbilo regado por drogas y alcohol. Cumplí dieciséis años unido a goteros de suero y a una cama de hospital. Aquella fue mi primera manía y el sol otoñal obedecía al ocaso.

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Siempre acabo escribiendo sobre mí:

Vladivostok estaba en el confín del mapa y tanta distancia, aparte de pereza, no me auguraba un viaje plácido. Después de hacer escala en Baku, no parecía muy adecuado beber un vodka a las siete de la mañana, pero en una compañía de segunda categoría, era lo único que servían. El brebaje acabó por rematar mi estómago vacío. Me consolé con el hecho de haber previsto un poco el viaje. Conozco bien a los rusos, son tercos como mulos y los de esta zona amplifican aún más esa terquedad. Pero aquí vine a por una cosa muy concreta. Son sus mujeres las que de verdad me atrajeron. Quizá sea por la extraña simetría de sus caras, con los pómulos más ensanchados y unos ojos rasgados. Parece que con su mirada fueran capaz de congelarme, escrutando el vacío interior de mi cuerpo. Sus ojos parecían buscar algo, siempre silenciosos, ocultos bajo una máscara poco común. Me fascinó su sobriedad y lo frío de su trato, que a muchos hombres conseguía echar atrás.…

10
Jun
2014
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“Masha, la bruja muda”

Masha era la hija bastarda de un importante noble ruso y miliciano, con un alto rango militar y cercano a la corte del zar. Fruto de una violación, asuntos como el de Masha eran tapados uno tras otro, pues eran incontables las chicas de pueblo forzadas a voluntad de los de los oficiales del cuerpo de marina ruso. Así, aquella niña se concibió durante una de las muchas rebeliones populares del campesinado de febrero de 1917, cuando la hambruna y la carestía de alimentos se había convertido en un problema endémico en una Rusia convulsa, entonces gobernada inexpertamente por Nicolás II.

Su madre Ivana era una amazona del sur de Siberia, crió a su hija según las costumbres de la etnia coriaca, distinguida por su tosquedad y secas maneras. La dureza de aquellas tierras, hicieron que la infancia y pubertad de Masha no fueran nada fáciles. Durante sus primeros años, ambas solían sobrevivir con la leche de una cabra que criaban y comiendo las pocas presas que cazaba la madre, que además de una diestra curtidora de pieles, era una experta maestra tejedora que hacía abrigos de alce y gorros de conejo muy lanudos, entre otras muchas prendas, siempre de gran calidad. Vivían en una humilde cabaña de planta circular, en una minúscula pedanía cerca de Vladivostok, rozando el extremo del continente asiático pero aún lejos de la costa. Los inviernos eran intempestuosos y fatigantes. Estaban obligadas a almacenar comida o condenarse a morir de hambre y de frío sepultadas bajo la nieve. Aquella zona era muy inhóspita, las nevadas atizaban los tejados la mayor parte del año. Para Masha nunca fue agradable dormir siempre en el suelo. Sin duda, llevaba una vida demasiado adversa, que poco a poco iba endureciendo su alma de una niña inocente.

Masha nunca hablaba. Exceptuando los sollozos de su parto, si es que se pueden considerar palabras, jamás articuló palabra. Sólo se reservaba para cuando tuviera que buscar a un hombre que pudiera desposarla. Pero cuando algún pretendiente del pueblo intentaba cortejarla, ella los petrificaba con el primer sonido que salía de su boca. Todos los hombres que osaron escucharla acabaron congelados en forma de témpanos, y sus corazones se convertían en una piedra inerte, del mismo color que el negro del universo más profundo. Esa era la maldición de Masha, la de verse condenada a enmudecer a perpetuidad o a petrificar al prójimo con el estallido de sus palabras.…

23
May
2014
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“Blanca”

Te imagino sorteando los adoquines de la calle Quart. Sé que vienes despertando el aire con cada nueva patada, aunque tus botas suenen silenciosas. Subo la mirada. Vistes unos vaqueros entallados y tu figura esbelta culmina entre una blusa que se evapora. Un timbre anuncia tu llegada y junto a un haz sintético aportas luz a una sala que te espera ansiosa. Iluminas y fulminas, como el cíclope de los tebeos. Con tu rubio cenizo acabas por filtrar los rayos del sol que absorbiste del camino, pero el rastro que dejas es imperceptible e inocente: miguitas de pan con mil letras escritas.

No te conozco, casi podría contar las palabras que tuvimos, y me cuesta escribir sobre lo desconocido. Pero si puedo quedarme a admirar lo bello y contárselo al mundo, escribir la breve reseña de una obra de arte natural: tu cuerpo y alma tomando forma.

El litio me templa y me adereza. Como algunos hombres de bata blanca vienes a visitarme, porque yo sé que eres una sanadora y que las sanadoras portan siempre buenas noticias. Nos pones a escribir sin dictado alguno y haces que me acuerde de la bondad de mis primeras profesoras, aquellas que también vestían bata blanca cuando yo era sólo un cagón, aquellas que me cazaban escribiendo mi nombre en la pared. Y eso es algo que me trae tu sonrisa y tu voz, dulce y aflautada al mismo tiempo. Tu forma de mandar hace que me apetezca pintarme las pecas que perdí.

Sabemos siempre de tu llegada, sin embargo siempre nos consigues sorprender cada jueves. No dejes de venir, por favor, ni hoy, ni ningún jueves. No desistas, porque ésta es tu buena acción del día. Hay personas que se dejan aparecer como una bendición en los mundos de aquellos que vivimos sostenidos por la soledad y el vicio, los que habitamos una cárcel sin carcelero.

Tráeme llaves en forma de pluma, déjame escribir y deja que el papel se arrugue, que mis palabras leviten y suban hasta el techo. Traéme llaves y yo te daré textos, palabras que caigan en cascada y te salpiquen.

 

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23
May
2014
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“Insomnio”

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Cuando no se duerme todo parece una copia, de una copia, de una copia. Nunca se tiene la oportunidad de experimentar el despertar, el alivio que se levanta con el bostezo. La única traición es la de una cabezada segundos después del alba. Atrás quedan ocho horas, cada una con sus sesenta minutos, cada minuto con sus sesenta segundos que pertenecen al lapso de la noche. El tic tac del reloj que flota en el aire es capaz de erizar el cabello. La vista se cansa y desenfoca, un murmullo se vuelve agudo y punzante en el oído y la espalda se tensa atizando el aire con un latigazo, sosteniendo una cabeza que vacila.

Pero ahí está uno, tragándose la teletienda con sus cachivaches inútiles, reposiciones de series de los noventa, documentales sobre la cópula del elefante y del mono. Cansinos grupos de música rellenan la parrilla televisiva antes del primer noticiero y finalmente se absorbe por los ojos una sobredosis de rayos catódicos. Mañana probablemente el médico prescribirá un colirio. Único diagnóstico: el síndrome de un ojo seco que se enerva y enraiza en una picor roja y macilenta.

Y los remordimientos que implacables invaden al insomne, al vigilante nocturno que atestigua un techo blanco e infinito, con sus párpados que ni obedecen ni claudican, se abren en amplitud hacia el mando a distancia. Una compulsión le obliga a seguir cambiando de canal. No hay ningún botón que te permita regresar en el tiempo, volver atrás para maldecir el momento en que encendiste el televisor.

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19
May
2014
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Las adelfas

El verano ya es una realidad que acecha. La intentamos evitar esquivando su sofocante mediodía, los inclinados rayos de la media mañana y el ocaso suelen ser más benévolos. Pienso en la explosión de las flores, abren sus pétalos reanimando una erupción efervescente, escondida entre los arbustos de las adelfas, mientras apéndices coloreados apuntan desde algunos frutales. El dios sol sigue arriba vigilante: sufro de estornudos y sudor crónico.

Me vienen a la mente una gran diversidad de imágenes: un gorro de paja, un asfalto caliente y más negro de lo normal, la piel ardiendo y viscosa, el polvo seco flotando en el aire, las carrocerías intocables de los coches, y veo cómo todo se comprime bajo la agonía del poniente. Giro el cuello para observar, las ropas se entallan más cortas, pantalones piratas y muslos bronceados, les percibo el olor a pastillas de cloro en el pelo mojado.

Otra vez me persiguen las adelfas, con sus variedades rosas, rojas y blancas. Con ellas desciende el recuerdo a jazmín de mi infancia, cuando todavía la brisa de levante siseaba entre sus ramas. Aún podría guiarme con los ojos vendados. Solía buscar la sombra con los pies descalzos sobre la teja roja del balcón, era la de casa de mis abuelos.

La felicidad me recorre al evocar ciertas escenas en mi mente, aunque con los años se convierten en letanías, un leve quejido difuminado. Temía las abejas. Me acuerdo del pastor alemán de mis abuelos, que mordía compulsivamente la tela metálica en el confín del naranjal. Yo no lo detuve, gustaba de ver cómo la malla se deformaba como un chicle entre sus colmillos, azuzé al perro y sacudí la verja. Una colmena se aplastó contra el suelo y un zumbante enjambré se levantó. Una abeja adelantada hundió su aguijón bajo mi pezón desnudo. Corrí. Corrí con todas mis fuerzas. Me rebozé entre los naranjos hasta salir del huerto.

Luego llegó el alivio y la sanación de mi herida, el cuidado de una abuela amantísima, era un hogar de crianza, aportaba la seguridad protectora de una acogedora lar. Sin embargo, la desgracia y el tiempo terminan por barrer los recuerdos, como en un fundido a negro.

Veo fotografías con las puntas quemadas, un bello mundo degenerado tras las adelfas en flor. Veo a personas que no están, las que todavía perviven se dividen por disputas absurdas, su madurez perece por su orgullo y hoy se niegan el saludo, la convivencia se convierte en quebranto y vergüenza.…

10
May
2014
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Ese suave humo rotundo

Sé que me hace falta leer más para ser mejor escritor, aunque lea mucho, que lo hago, me hace falta leer más, mucho más. Quizá sea verdaderamente el leer el ejercicio difícil y no el escribir, como pudiera aparentar en un principio. Para mí, leer exige un esfuerzo de atención activa -cuánto mayor más efectiva- y además de todo un proceso de interpretación de aquello que se lee, es decir, buscar el mensaje oculto entre sus líneas: las ideas. Esto último exige saber concebir y retener con rigor, ardua tarea para una única lectura por muy profunda que sea. Otros como yo, preferimos empaparnos del estilo y ganar riqueza de vocabulario, aun cuando nos arrojemos a ciertas lagunas de atención que nos impidan sintetizar el libro a su conclusión.

A mí me gusta escribir textos rotundos. Suaves y rotundos, aunque suene contradictorio. Me gusta que lo escrito sea conciso y bello, con la dosis justa de tedio y, por qué no decirlo, de superioridad intelectual frente al lector. Cuando escribo algo espero -probablemente sea algo vanidoso por mi parte- que quien lo lea lo haga pensando en cuán difícil es escribir tan bien. De ahí la “suavidad” con la que intento abrigar a mi escritura.

Por su parte, también me gusta quebrar los relatos con “rotundidad”, que se encuentra a sí misma materializada en oraciones cortas y directas, con mayor agilidad gracias a una puntuación más recurrida y aprovechando al máximo la profundidad de los adjetivos en las descripciones.

Otro punto clave e importantísimo para mí, es llegar a un nivel técnico bastante alto. Eso es algo que creía inalcanzable cuando hace unos meses empecé a escribir, pero poco a poco la técnica se va encajando con el estilo, siempre sin pedirme a mí mismo más cosas de las que puedo construir escribiendo, intentando que la tan buscada belleza se despoje de recargo y brille en medio de una sinuosa sencillez.

Por supuesto, hay que cuidar la ortografía, la estructura gramatical y el buen uso de la puntuación. Con un texto provisional para mí existe una triple premisa: corregir, corregir y corregir. Buscar la perfección de aquello que escribo es algo plenamente justificado; la relectura es el vehículo que me marca los fallos que, aunque la mayoría no versen sobre los tres aspectos mencionados en el párrafo (ortografía, gramática y puntuación), recaen principalmente en una excesiva repetición de palabras y en la mala elección de la estructura narrativa.…

10
May
2014
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Pasas por mi lado cada tarde

Pasas por mi lado cada tarde. Nuestro trato nunca va más allá de lo convencional, tan sólo un saludo trivial con la mano, los adioses son más expeditivos, y me basta asentir con la cabeza, seguir mi camino, tanto para el vengo como para el voy. Casi siempre te veo ocupada.

Normalmente ahogas tu mirada velada por un pelo que dejas caer, cabizbaja. Dentro de tu cortina, te ocupas de tus propios asuntos, con las pupilas proyectadas hacia un caos de papeles que sostienes entre los brazos. Eres inaccesible, incluso cuando te prestas a ser observada, liberada de tu aséptico cubículo.

Das pasos largos por la acera, y te mueves segura entre la muchedumbre, con zancadas que revelan tu estructura atlética, unos glúteos musculados y prominentes. Te gusta entallar tu figura con ropa ajustada y camisetas vulgares, cuidas bien de una segunda piel fácil de arrancar, un estampado con el que satisfacer tus ganas por un exhibicionismo constantemente reprimido.

Raramente interceptas mi mirada, cuando lo consigues una batería de misiles parece asesinarme desde ultramar. Aunque sé que me miras sin ninguna profundidad, no hay mirada tan seria como la tuya, impasible, con ojos rasgados e inmóviles como una niebla pendiente del alba, tu inexpresión existe aun cuando vibran las palabras entre tus labios. Los pómulos intentan forzarte, sin embargo logran acompasar tu discurso pero no alterar tu vista perdida y vacía hacia el horizonte. Siempre ofreces media sonrisa, y siempre un mechón te cae sobre la comisura opuesta. Ruborizada lo vuelves a poner en su sitio, enroscado en la oreja, recoges tu pelo en un nudo y desnudas un cuello largo y fuerte, sostenido por unos hombros golosos.

Lo tuyo es la economía verbal y te temen más por lo qué no dices, lo que aguardas debe ser puro misterio y pavor. Debes ser de esas chicas duras, las que acumulan munición de guerra en las entrañas, malheridas en mil y un desengaños con los hombres. Hay mujeres que se defienden con el hilo y la aguja, que sanan solas adornando el alma con bonitas cicatrices, mujeres que se defienden desnudas ante los envites de una navaja, de las que no se acojonan y no esperan una insinuación. Las chicas duras quieren ver una bragueta abultada, quitar el cinturón a ciegas, obligar a que las dejen satisfechas con sólo una mirada.

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6
May
2014
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Ensoñación

Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Probablemente imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.

Pierdo la noción de mis extremidades, sopla un leve suspiro y una onda de calor me abandona por la yema de los dedos. Mis pies acostados se relajan y se abren indefensos, las plantas son recorridas por el sutil escalofrío de una pluma, mis piernas no se pueden resistir tampoco y la pelvis abandona la tensión de un esqueleto mal encajado. He pasado por el estrés infernal de un día demasiado luminoso, que posee láseres fulminantes en vez de rayos y éstos han embutido en el azul cenizo de mi iris un embravecido mar turquesa. El tronco empieza a levitar, despidiéndose de la médula y las costillas; al son se despedazan el corazón y el alma rompiendo un frasco de cristal. Mi cabeza se alarma por momentos y un golpe febril pincela una capa de rocío en la frente y, sobre las sienes, el reguero de sudor se deshace en finos afluentes y muchas gotitas se elevan contra la gravedad, donde antes había techo y ahora pacen las estrellas.

Estoy flotando y bajo estrepitosamente, mi cuerpo se funde y ya no existe la cama habitual. Recorro una sima neardental, donde al final se halla un estanque subterráneo. Tras bucearlo sin esfuerzo y atravesar un cuello de rocas, salgo a una nueva superfície. Recobro el aire, un aire que no existe, porque en los proyectos de sueño no hace falta respirar. Pongo pie sobre un firme seco y en un claro de agua sereno veo mi tez reflejada: una estampa odiosa se vuelve a repetir en mis ojos dilatados y envueltos en un venoso enraizado de pétrea porcelana.

Más lejos queda la fuerza centípreta de la tierra en pleno colapso. Mi cerebro impide abrir definitivamente esa puerta mágica al descanso, esa puerta hacia un mañana agradecido por el bostezo.

Al enfocar la vista observo al igual que buscamos una mosca en la punta de nuestra nariz, unos querubines microscópicos que sostienen mis párpados, como si quisieran limpiar un cortinaje o alzar el telón desvelando un sainete, truhanes de la vida que levantan la falda a una niña desprevenida.…

25
Abr
2014
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Arena entre mis dedos

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Como un fulgurante destello, una vieja foto desgastada me hace recordar aquellas interminables tardes de playa con mi hermano. Junto con mis padres, los cuatro solíamos ir de cámping en los primeros años del auge de una populosa Oropesa como destino veraniego. Recuerdo repartir el día: playa por la mañana y juegos de piscina por la tarde.

Nos levantábamos con el alba, mi hermano preparaba los cubos y rastrillos mientras yo todavía me hacía el remolón. Al final, me encargaba siempre de las esterillas y de aquella sombrilla que tanto pesaba, su funda hecha de plástico malo lograba dejarme una marca roja en un hombro ya escocido por el sol.

Recuerdo una playa cuyo mar asomaba por el horizonte, pero sólo hasta haber avanzado pasos contados, nos avisaba una fuerte caída, cuarenta y cinco grados de pendiente, llena de cantos rodados, grandes como un puño. Me encantaba ver esa trama de piedras por las mañanas, eran de un bonito color marrón, porosas y lisas al tacto al mismo tiempo; formaban una preciosa alfombra asilvestrada, aquella todavía era una playa virgen y salvaje. Las piedras hacían perder el equilibrio con las chanclas, el trayecto hasta la arena siempre era una aventura angosta, que terminaría coronada con el ritual de clavar el parasol en la arena blanda.

Al llegar, olíamos la sal y la arena relucía muy limpia. Cuando el agua se retiraba hacia adentro siempre dejaba una panza brillante sobre la orilla; trozos de moluscos y conchas destelleaban iridiscentes. A mi hermano y a mí nos gustaba recoger de todo: erizos, cangrejos de mar, navajas, mejillones. Jugábamos con las paletas, practicábamos waterpolo improvisado con el agua por la cintura, hacíamos hoyos enormes que parecían cuevas. Recuerdo los castillos en la arena; una arena limpia, una playa casi vacía de invasores, donde sólo nos teníamos los cuatro.

Recuerdo coger arena mojada con las manos, lo hacía por debajo de la primera ola que llegaba. Era una maravilla ver como la gravedad diluía esa mezcla de tierra, agua y sal entre mis dedos. Aquel potingue marrón se deshacía en hilillos que adoptaban formas surrealistas al caer en la arena más firme, eran imposibles de dominar o retener. En realidad sabías que expiraría pronto aquel placer táctil y que, entre tu puño apretado, cada granito se deslizaría, con otros muchos granos, formando una cascada cremosa y natural de cristales de roca. Aquella caída se sucedía muy lentamente, tal cual fuese un reloj de arena ralentizado por el agua marina.…

20
Abr
2014
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Bridge House Hotel: I. Psicosis

I. Psicosis

Aquella mañana despertó como cualquier otra: nubes bajas, un gris cargado y una lluvia fina pero insistente. Tras correr las cortinas, el verde de la hierba permanecía desafiante insultándome a los ojos con su pulcra salud, como si ninguna inclemencia le afectase. Allí permanecía, un testigo mudo de mi decrepitud mañanera. Ya habían transcurrido 196 días desde que llegué, mas de medio año encerrado en aquel pueblucho perdido entre las colinas del norte de Inglaterra.

Las estaciones avanzaban como un travelling cinematográfico. Aquel era un penoso lugar para mi salud mental, la cual se resquebrajaba casi al mismo ritmo con el que se equivocaba el hombre del tiempo. Aquella vasta pradera, a pesar de su belleza salvaje, me inspiraba cierto asco, yo no pertenecía aquel lugar. Sin embargo, a veces me solía tumbar y contemplar el cielo de los pocos días despejados, deseando teletransportarme a una cueva gélida y protectora.

Y además estaba aquel puente. El puente con su riachuelo, sus patos y sus 6 metros de altura sostenidos por piedra. El único puente del pueblo y que daba nombre al hotel en el que trabajaba.

En aquel lugar, mi bodegón se remataba con un cuarto cochambroso, uno de los cuatro del bungalow de los trabajadores. Tenía una tele de tubo que apenas encendía, un suelo desenmoquetado en gran parte. Recuerdo la falta de cortinas y el sol abrasándome los párpados. Las paredes parecían estar hechas de papel y la calefacción nunca llego a funcionar, aunque sí teníamos algo de agua caliente.

En cuanto a mi trabajo, mi jornada empezaba a las 7:00, poco después de levantarme. En aquel pequeño hotel me tenía que encargar de servir desayunos hasta las 9:30 aproximadamente. Sin apenas tiempo para respirar o tomar bocado, debía encargarme de limpiar cinco de las quince habitaciones de las que disponía el parador. Aquellas estancias eran pomposas, con los aderezos propios del estilo inglés: moqueta por doquier, un cuarto de baño que debía quedar impoluto, alféizares de madera, cortinas estampadas, y camas difíciles de hacer por las incontables sábanas que necesitaban. Tareas y más tareas: hacer camas, sacar el polvo, limpiar váteres y baño, fregar suelos bien arrodillado, pasar el aspirador, etc.

A esa altura de la mañana, los hemisferios colisionaban en mi cabeza: un magnetismo se repelía en mi entrecejo. Cefaleas y un cuerpo extremadamente cargado y tenso. El estrés tiraba y aflojaba mientras la desgana y la lentitud propia de la depresión se apoderaba de mis voluntades, ya rebasaba los límites de aquello que verdaderamente podía hacer.…

18
Abr
2014
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La pasarela del Parque del Oeste

Palomas, polvo, un sol que se decanta, ruido de coches, polvo y humo. Un incontenible color verde, vigas de metal en zig-zag. Las parásitas sobrevuelan mi cabeza. Proyectan su sombra en una alfombra de alquitrán. Tacones, el clac-clac de alguien que acelera sobre el hierro. La pasarela verde es muda; óxido rojo, tóxico, crece como una ameba y se acumula. Tránsito, pasos y una alerta que me asalta a medio camino: es la altura perfecta para aplastarme contra el asfalto.

Cuento los pasos hasta el final, el llano desciende, escalones. Ya en el otro lado un pobre césped, un lugar triste. La ciudad sigue bombeando, sus arterias convulsionan; sprays manchan las paredes que anoche ni se inmutaban, ahora gritan. Un sudor seco se aferra a mi cabeza. Agosto me dilata las venas.

Veo altares de piedra, poyos, lugares donde reposar el luto. Bancos desvencijados, madera marcada con tinta, más grafiti y nombres rascados. Yazco en un banco. El sol desasosiega y me persigue. Vitamina E y disparos en la sien. «Vete y búscame una cueva».

Quince minutos, cortos. Vuelta a la oficina, escalones, subida, rendición, tendencias suicidas, mancha color carne sobre el suelo en mi imaginación. Sangre y resistencia. Instinto y supervivencia en la realidad. Respira el humo de la ciudad, exhala y ámala. Días grises y velados. Exhala y ama. Ama aunque no puedas amar. Ama aunque no te sientas amado. Ama sin ser amado. Ama y amarás.

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18
Abr
2014
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Hoy no me visto de payaso

Corría el verano de 2007. Yo ya tenía mi diplomatura bajo el brazo desde el septiembre anterior. Por aquel entonces no estaba diagnosticado, así que más que vivir mi vida, iba dando tumbos aquí y allá. Recuerdo despertar en mitad de los trayectos del metro, en un devenir de estaciones que el altavoz anunciaba con una monotonía análoga a la de mis largas depresiones. Los gigantes enemigos de mi ánimo me iban erosionando, excavando en la cueva del hastío, cercándome en una felicidad siempre yerma: el trabajo, la universidad, la familia,…

Con la perspectiva del tiempo he podido entender cada uno de los estados vividos desde 2002 hasta ahora. Entre 2007 y 2010 las caras de mi enfermedad empezaron a deformarse. No sólo sufría graves depresiones —aunque nunca llegaron a ser depresiones mayores, es decir, depresiones verdaderamente disfuncionales y que hubieran requerido hospitalización—. Por aquel tiempo, mis episodios de manía e hipomanías aumentaron paulatinamente su frecuencia, empecé a sufrir episodios mixtos: incluso dentro del mismo día tenía sentimientos de depresión y euforia. Recuerdo horribles despertares casi todas las mañanas; con el ocaso, las jornadas daban paso a interminables noches en vilo. La irregularidad de mi sueño era un terreno escarpado y difícil de transitar; más veces de las debidas, la noche se imbuía en un nuevo amanecer a través de la ventana, con los ojos secos y el pelo encrespado. Mi piel afloraba sensible, los mínimos sonidos me molestaban, hasta un dulce canto del pájaro sonaba estruendoso en mis oídos, y el pulso se me alteraba hasta la noche siguiente. La sensación más próxima a desapegarse de la realidad la revivía siempre que experimentaba aquellas noches en vilo, sobre todo cuando en ocasiones acumulaba varias noches consecutivas sin dormir. Sin duda era una sensación rara, que justificaba el deseo por taladrarme mi propio cerebro.

En los meses de junio y julio conseguí un empleo temporal en una importante entidad financiera, como cajero de banca. Trabajaba por horas sin ninguna posibilidad de promoción, pero desde luego no me podía quejar: académicamente había triunfado, me gradué con una mención de honor, y mis trabajos eran de traje y corbata, bastante bien pagados. Tampoco tenía problemas ni conflictos familiares en mi casa. Nada ni nadie podía negar que, almenos en apariencia, mi vida iba bien encarrilada. Eso era, almenos en apariencia.

Sin embargo, aquel verano de 2007 desembocó en una verdadera locura; un cóctel de líquidos inflamables se fue cocinando poco a poco en el interior de mi cabeza.…

14
Abr
2014
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El camino y sus finales

Los caminos se acortan, sobre todo cuando son de vuelta, hace mucho que dejé de rebuscar entre el baúl de los libros escritos con mis recuerdos. Es un baúl fuerte, algo envejecido pero resistente, hecho de madera y con los remates de cuero marrón y remaches dorados. Mi curiosidad de gato ya hacía hundir mi cabeza entre los papeles, mis codos ya no soportaban tanta tensión y mis pies empezaron a despegar del suelo. Traté de mantener el equilibrio, aunque sostenerme era bastante difícil para mis prietas manos, mis dedos se hinchaban enrojecidos.

Finalmente caí como Alicia en el País de las Maravillas. Los libros se habían convertido en alcatraces blancos, y con postura de caza, descendían como misíles alrededor, en su vuelo, soltaban páginas manuscritas de sus colas. A veces el tiempo parecía detenerse y conseguía leer algunas palabras. Aquel túnel no tenía fin. Caía de cabeza y los colores de las paredes se saturaban de una forma grotesca, como en la escena final la obra maestra de Stanley Kubrick, un viaje psicotrópico, una irrealidad inventada pero perfecta.…

13
Abr
2014
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Anoche tuve un sueño

Veía un mosquito en primer plano, grande, con las patas largas y un apéndice afilado, seguramente el que utilizaba para clavar a sus víctimas, como el de los mosquitos tigre. Seguía posándose inmóvil sobre lo que parecía un pie, jugoso, con unas almohadillas carnosas y unos talones tersos. Los dedos se recogían caprichosamente como las manos de un bebé; un rojo burdeos lucía en unas uñas bien recortadas y cuidadas.

El mosquito se recreaba, danzando en pleno regocijo de aquél que parece disfrutar de un fetiche. No acabó por morder, desaprovechando un terreno lleno de oportunidades para plantar una buena roncha, saciándose con el dulce plasma rojo.

En segundo plano se enfocaba lo que parecían unos calentadores rosas de algodón, de esos que se ponen las bailarinas entre el tobillo y la pantorrilla. Más allá, la pierna estaba desnuda. Su tez era morena, del leve color del café descafeinado. En un plano superior, la chica yacía desnuda sobre una cama de pétalos lilas, rosas y amarillos. Los efluvios subían como un gas invisible, pero que no permitían ver más arriba de la cintura.

El insecto prosiguió su vuelo errante, y como si desvelara un manto, descubrió la otra mitad de la chica. El mismo tono mestizo, un bronceado natural, una construcción atlética, una juventud reciente. Su cabeza estaba rematada por una corona de flores. El mosquito aprovechó la siesta de aquella exótica sílfide. Se escondía por todos sus rincones, explorando sus olores, sentándose en los surcos de sus labios, turgentes, a punto de explotar como una fruta madura. Desquiciado e impotente, el mosquito parecía perdonarle la vida, alejándose resignado.

Entonces se dirigió de repente hacia su corazón, con un malvado siseo, y un zumbido ensordecedor. Justo unos dedos por encima de su seno izquierdo. Mordió, y durante unos segundos estuvo robándole sangre con su estilete perforado. La chica aceleró su respiración y rompió la pose inicial de estatua. Se estiró de forma convexa y estiró los brazos hacia atrás como un ángel. Sus mejillas se sonrojaron y frunció el ceño. Algo no iba bien. Terminó por abrir los ojos, y apartó los pétalos que le cubrían el sexo con pudor.

Se movió en una pose totalmente diferente, y en todo su esplendor mostró sus encantos sexuales.

Ella sudaba. Las sienes, los muslos, los hombros brillaban con un elixir uniforme que a veces se rompía con unas gotitas brillantes y cegadoras.

Yo sudaba, pero me resistía a despertar.…

4
Ene
2014
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Esos momentos vacíos

He vivido un período en el que se han juntado demasiadas alegrías, muchas experiencias vividas por encima de las posibilidades que traspasan los límites de la razón. Ahora se acumulan las miradas perdidas en el firmamento, con los ojos bien abiertos en una pose de incredulidad. Oteo el horizonte y lo recreo con las imágenes de mis vivencias más recientes, y que componen una película proyectada esta vez a cámara lenta.

Las manías nunca avisan, nunca llaman a la puerta. Uno cree vivir un período de bienestar que casi no merece, como una dádiva divina y azarosa del destino, pero cuanto más tiempo continúa expuesto al calor de las emociones, si no lo hace sin protección, acaba por quemarse, como la expresión más real de una insolación.

No supe domar aquel corcel salvaje cuando ya brincaba en una montura hecha de júbilo. Con la perspectiva que da el tiempo, ahora reconozco aquellas conductas impropias e inoportunas, aquellas en las que me arriesgué demasiado: en el amor, en el sexo, en el ejercicio de un poder otra vez emergente. Como si fuera la gran historia del brillante funambulista que culmina sus últimas volteretas en una serie de aterrizajes torpes e inconclusos; en los últimos ejercicios de su carrera se observa a sí mismo en pleno esplendor de su decrepitud, un percherón fracasado incapaz de recoger con solvencia a su pareja trapecista tras el vuelo de un tirabuzón. ¡Qué cruel metáfora para un final!

Tan real como la vida misma.

La manía evacúa por el fregadero, mi vida se escapa de las manos, como el agua del grifo que se posa en las manos y luego barre de la cara el polvo robado a la noche. Las mañanas también se suceden irreversiblemente, erosionando una fachada cada vez más malgastada. Y en un constante goteo, la arena araña trozos de dignidad que se van con el viento, piedrecitas que se despeñan dejando sólo restos, marcas del ridículo. Desde el suelo, sorprendida, la muchedumbre contempla como desmorono, como desaparece ese brillo triunfador en mis ojos que ahora se convierte en pánico, y éstos se entornan aterrorizados por las consecuencias de una malograda angustia vital que reaparece. Sin duda, es la combinación del estrés y la ansiedad, ese invisible dolor que pulsa el pecho, ese monstruo enemigo.

Los días pasan, los días pasan.

Se acomodan, mi cuerpo y mi mente. Otra vez a cámara lenta.…

21
Dic
2013
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Rocas en el viaje III

III

Masha, ¿por qué me atrapaste?

¿Qué me transmitieron tus ojos?

¿Qué me dijo tu silencio?

Tuve la sensación de que por momentos nos besábamos con tan sólo apretarnos las manos, como si nuestros dedos estuviesen hechos de la misma carne rosácea de tu labio, sensible y sensual, pero vulnerable con cada roce.

¿Quién me arrancó la piel? ¿Por qué dejaste sin abrigo mi corazón?

Las rocas del viaje ya son rocas en la piel, un pasaje estrecho que recorrer, una senda de montaña infinita en la que creía perseguirte. ¿Dónde dejaste mis pies descalzos?

Las heridas del corazón aparecen como leves cortes sobre un órgano turgente, y su acumulación amenaza con arrebatarle su tirantez, rompen la membrana que lo separan del dolor. Los cortes se multiplican y empiezan a sangrar, el corazón se deshincha y su fuerte latir se transforma en una fragilidad raquítica.

Recuerdo como latía durante aquellos viajes de autobús, en los que tan sólo el ruido mundano del pasaje y el sofocante calor de Malta nos ambientaba.

Recuerdo tus palabras mudas, tus ganas por romper el silencio, la dulce dureza de tu mirada. Recuerdo que era suave al regalarme amor con cada pestañeo pero fría por no acompasarla con palabras.

Tanto enigma sin respuesta; el amor a veces se abre con diminutos gestos, pero las complicaciones son contratos que solo las palabras son capaces de resolver. Ojalá me hubieras hablado más, ojalá no hubieras dejado esta carga en mí, un montón de preguntas sin respuesta alguna.

No tuviste valor de arriesgarte por mí, de lanzar una cuerda dentro de mi pozo. Te mandé señales de humo para luego gritar de desesperación.

¿Dónde pusiste tu corazón, Masha?

Aquel fue amor de entrega, pero sólo por parte de uno. La confianza debe ser un trueque del corazón, un recibimiento justo de alivio.

Entendí que yo me entregué y tu no. Fuiste cruel e implacable.

¿Dónde pusiste al corazón, Masha?…

19
Dic
2013
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La chica del pañuelo

Elvira es una de las experiencias más grandiosas que he vivido. Ha superado con creces cualquier tipo de expectativas, incluso aquellas que jamás hubiera imaginado. Tan sólo estuve cuatro noches con ella, pero que fueron más que suficientes para visitar un safari a lo desconocido, un universo lleno de tentaciones, con nubes de algodón sostenidas entre cadenas, casi como una alucinación concentrada en menos de una semana.

El motivo de mi visita a Barcelona fue solo un mero pretexto, una excusa que presentar a los otros. Aproveché que mi hermano residía en un apartamento en la ciudad para hospedarme junto a él, aunque en realidad sólo sería un neutro lugar en el que encubrir mis reales intenciones. Ya habían pasado unas cuatro semanas desde que fijamos ella y yo nuestros planes.

Por aquel entonces yo ejercía profesor de clases particulares, y consideraba que lo hacía con cierto éxito. Poseía muchos alumnos, y lo que sacaba me daba para ir tirando cada mes. Sin embargo, aquel noviembre resolví terminar el trimestre con antelación, así dispondría de una semana libre para el primer encuentro. Aún así, los padres de mis alumnos me excusaron con total complicidad, en la semana anterior habían quedado resueltos los exámenes: la mayoría estaban aprobados.

Elvira era una joven moscovita de 24 años, licenciada en turismo, semiexplotada como teleoperadora en una de las principales agencias turísticas de la capital rusa. Ella vendría en calidad de trabajadora y no de turista. Por su parte, se trataba de un viaje pseudo-formativo sobre el funcionamiento de diversos hoteles de la capital condal, que tan solo le permitiría unas horas libres a última tarde.

Desde un principio, la vi entregada con aquel cometido tan alocado, el de quedar con un extranjero desconocido. Rápidamente me dió los datos de su vuelo de llegada y las señas de su hotel. Me hizo llamarla a su teléfono ruso, no me lo cogió. Quería una perdida tan sólo para asegurarse también de mi número.

Y debo reconocer que a aquella persona nunca la llegué a conocer antes. Tan sólo la tenía perdida como un contacto más en mi larga lista de facebook, y además ella fue la que me agregó, cabe decirlo. Sí recuerdo, sin embargo, una vez en la que de una manera gratamente extraña chateó conmigo. Me fascinaban las fotos en su perfil. Sin duda era notablemente atractiva, esbelta y con un exotismo declarado en el rostro.…

22
Nov
2013
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Delirio

El estresante tic-tac del reloj marcaba el pasar de los segundos de una forma lapidaria. Con los últimos rayos del sol desapareciendo tras la vertical que formaban la ventana y la caída de la cortina, su naranja transparencia proyectaba una luz de sobremesa, de tarde plácida, ofreciendo una justicia —la siesta— que sólo los insomnes resisten a disfrutar para poder vencer a esos monstruos que atormentan por la noche.

Así, uno a uno, los segundos cuelgan en la punta de su aguja, y se precipitan encadenando sus delirios, entre las llamas de una explosión inminente en su cerebro. De súbito, una fulgurante energía salta de su pecho y se pone a reír, a cantar, a saltar, a exhibir su cuerpo levantándose la levita como un bufón con un solo ojo pintado. Su vida, de repente, se convierte en una payasada sin gracia, que se burla de la poca cordura que le quedaba, descosida entre las forzosas carcajadas de un ser irreal con una larga lengua azul, serpenteante, y que imagina una cabriola final para reverenciar a un público que sólo existe en los teatros de la mente. El protagonista se erige como un triunfador apabullante, un funambulista con un portento físico y un porcentaje de acierto infalible, aunque ahora bate los brazos en un vano intento de volar. Mientras tanto, mantiene el equilibrio sobrevolando un mar de sombras, tan alargadas como las dudas que se proyectan en un astro justo antes de ser eclipsado; las fibras de la cuerda, secas y violentas, le devuelven los pies como sí hubieran andado mil ascuas ardientes. El sudor del esfuerzo se cuela entre sus poros mezclado en una testosterona mejorada con cabezas de cerilla, que lo convierten en un amante soberbio, capaz de salvar reinos construidos en el cielo, solo un pretexto para penetrar a princesas que habitan en discotecas de cristal, a las que apenas ha manchado el sol; sus cuerpos diminutos poseen recovecos que huelen a lo mismo que las frutas maduras que terminan por explotar, esas que tienen en su interior un zumo incontenible: el olor de una floreciente pubertad entre las ingles y los sobacos, de unos huesos que aún se oyen estirar, esperando que nadie les descubra esa mueca que les permite jugar furtivamente entre adultos. Sed bienvenidas.

Entre tanta travesura, el payaso se acomoda y sus ademanes se vuelven más y más soberbios desde el trono. Su danza es ahora una pose trágica, aunque sin borrar nunca esa sonrisa agria que gesticula siempre a cámara lenta.…

20
Nov
2013
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Falta de sueño

Durante las últimas dos noches he estado promediando entre 3 y 5 horas de sueño nocturno. Aunque sé que más pronto que tarde recuperaré la rutina habitual (cercana a las 9 horas), ello me crea una preocupación añadida, un signo de alerta que quizás indique que posibles oscilaciones de mi estado de ánimo no queden muy lejos.

  • Me despierto sobresaltado a eso de las tres de la madrugada. Riño con la almohada y cualquier postura me incomoda.
  • Leo un poco con el lector electrónico, o bien trasteo durante un rato en la red para buscar algún vídeo que me entretenga. Enciendo y apago
  • Me revuelvo en la cama en diferentes posiciones, pero no acierto a llevarme bien con las sábanas. Repito este proceso ansiosamente.
  • Me tomó un Orfidal, sabiendo que a estas altas horas poco me podrá hacer.
  • Mi ansiedad se acrecenta pensando en como funcionaré al día siguiente con tantas pocas horas de descanso.
  • Cuanto más se acerca el amanecer más pienso: “Sí me duermo ahora, tendré xx horas de sueño.”

Y el proceso se repite, alargando el vilo hasta el amanecer.

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17
Nov
2013
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La chica del viernes

A veces invades a mi cerebro ocioso en los momentos menos propicios, cuando no hay más evidencia que la de rendirse a cierto sentimiento, un hormigueo renovado que se mueve entre la flaqueza de la razón y el deseo del gozo.

Y es que mis días se componen de instantes ya previstos, sin los riesgos que le parecían pertenecer a la suerte. Hasta ahora he tratado de guiarme por la razón, con los trucos que sólo los solitarios conocemos. Tras las peores acometidas del desquicio, la marea por fin da una tregua, y todo deja paso a la calma y el ocaso. Aunque sigo acomodado en mi ordenado mar de dunas, estos últimos amaneceres me han descubierto un reguero de huellas desconocido. Es un corto recorrido de pisadas, apenas la leve presión de unos pies de mujer contra la arena. Conozco de antes esas marcas intrusas, otras ya han osado a bañarse en mis aguas. Pero esta vez no voy a remover la arena, no vaya a ser que desdibuje tu camino andado y no puedas encontrarme de nuevo.

Me da miedo fracasar en mis relaciones, lo confieso. Últimamente hay quién me ha amado, pero sólo el tiempo justo. Existe un largo camino que nace de la urgencia del tacto y del deseo, pero que siempre se detiene ante el temor de nuevas y mayores complicaciones. Complicaciones de un mundo complicado, complicaciones de personas complicadas; una redundancia casi infinita que perpetúa la soledad.

El tiempo pasa y mis necesidades crecen, cambio la sed por el alimento del alma. Sí, el alma, ese apéndice tumoral que parece despertar en la cuadrícula de los días. Los sentimientos siempre yacen escondidos para aquellos que sólo creemos en lo lógico y racional.

Y sin atender al peligro, digo que ya no más me quiero despertar solo en mi playa. Por una vez, quiero formar parte de alguien. Esas huellas están ahí por algo, una señal que anima a la búsqueda del otro, a un íntimo deseo de comprender y ser comprendido, y de recibir caricias en el ejercicio de ese derecho.

Aquel viernes me comprendí a mí mismo, un poquito más. Aunque sin ningún propósito al principio, deseé alargar más el final, quedarme un rato más largo. Me reflejé en tu sencillez y me percaté de lo controlada y aséptica que puede llegar a ser mi vida. Por un momento, vi florecer una amapola en la fisura del hormigón.…