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Microrrelatos

13
Abr
2015
0

Stepha, o Phanie, o lo que sea

Pasó un cuarto de hora antes de que ninguno de ellos hablase.

Ve tú primero dijo el mayor.

Nikola se detuvo después de un paso vacilante, encajó con su pícaro partenaire las manos fervorosas, entregadas en un sudor frío. Su sonrisa temblona nacida del vientre de unas comisuras inquietas—, no se correspondía con la serenidad refleja en el rostro de Antoine. Él era su hermano de fatigas, capacitado e infalible en los ritos iniciáticos de la edad adulta: llamaba los «dulces dieciséis» —en su boca sonaba un gangoso acento francés—, al primer gran acontecimiento que culminaría en un sentido apadrinamiento. Como si le entregara las llaves de una ciudad opaca, febril por dentro en la 41 del East Village, le metió a Niko varios billetes de diez en el bolsillo. Con un empujón final, comendó a su pupilo la poderosa empresa de perder la virginidad.…

Bajo su barba picuda las escamas plateadas silbaban al son de cada ronquido. El lagarto reposaba con la panza ladeada, coronado el vientre por un ombligo paciente como una diana. Su cuerpo firme se comprimía entre cuerdas y algunas ataduras se vencían a ambos lados del monstruo. Pilú despertó dentro de la boca del dragón, y en la negra encía de cien colmillos, la forma de su cabecita calabaza formaba una dulce cuna. Toc-toc, Pilú acarició el paladar y las fauces dieron paso a un día luminoso. Sus rizos mutaron el matiz inocente en una fronda roja: su carita lenguaraz enmarcada, sus ojos miel dorados. En su cara se confundían las salpicaduras de sangre de la bestia, sus cinco pecas naturales y desordenadas, transformadas en estrellas perdidas apodando un universo de canela virgen, hallaban el negro inhóspito de la entraña fresca, provisto del fragor de las estocadas más sangrantes. Puso pie sobre la primera de las traviesas, que se difuminaban hacia un valle cerrado. Pilú volvió a la boca del dragón y tocó la mellada empuñadura de su espada. Al fin, colocó la nuca en el mismo sitio y, sobre los brazos de su padre, volvió a soñar.

30
Mar
2015
1

Cullot Bleu Promesse (Bragas Azul Promesa)

En la avenida Le Kremlinaire, a dos palmos en el mapa del torreón Eiffel, un mozo de peto azul y camisa blanca desmangada esperaba la orden junto a unas cajas vacías. Se apoyaba contra un lucido muro de granito entre dos ventanales, repletos de maniquíes desnudos sin cabeza. La furgoneta se reflejaba sin la interrupción de una calle vacía de paseantes, y el escaparate hacía rebotar los primeros brillos de un sol ya roto en el primer asomo matinal. Lánguida, la luz avivaba la sombra de los pájaros a orillas de las migajas sobre la calzada y, alrededor de los troncos, las malas hierbas parecían ser las únicas muestras de vida auténtica.

Dentro Lola iba a lo suyo, desdoblaba cullots y braguitas ribeteadas con ese pespunte afrancesado que complicaba tanto el equilibrio de una pila de lencería a veinte francos la pieza. Aquella torre de delicados paños con lacito era la primera ropa presentable de la boutique, al evitar el cartel gigantesco de la entrada que apremiaban las rebajas de enero.

—Bienvenidos y bienvenidas, monsieurs et madames. Adelante. —Lola sonreía y con la mano parsimoniaba un forzado gesto de invitación.

23
Mar
2015
1

Marie-Ardent

Aquel verano fui a Malta con una beca de la universidad. Su propósito inicial era que estudiara inglés, la segunda lengua del país, pero las clases de nueve a dos pronto se volvieron irreconciliables con mi actividad nocturna. En las calurosas noches alternaba el bus y el taxi para llegar al lugar recomendado. Era un círculo vicioso de bares y carteles luminosos que parpadeaban frenéticos, con los reflejos del neón sobre el asfalto húmedo de vodka; en la puerta de los locales se ofrecían entradas rebajadas y la bebida se apuraba en vasos de plástico. Entre codazos avanzaba yo hacia el interior y la música techno emergía más nítida a cada paso. La primera noche varios malteses de tez gitana se dejaron ver por el grupo y un puñado de eslavas aparecieron detrás de un autobús. Un operador las dejó para divertirse solo una noche, después de una jornada de turismo cultural. Sin embargo, me pude unir a unos chicos mediterráneos –italianos y andaluces en su mayoría–, que finalmente las convencieron para quedarse. Aquella mezcla tumultuaria de gomina y rubias de falda corta seguiría presente toda mi estancia. El resto de los días mi inglés sonó ebrio y con un burdo acento siciliano.

17
Mar
2015
0

Manual breve de amor (para hombres)

En primer lugar, deberá tener en cuenta las condiciones ambientales. Se recomienda conseguir una temperatura entre los treinta y seis y los treinta y ocho grados. Disponga con antelación de tantas fuentes de calor como sean necesarias. En cuanto a la lumbre, procúrese con velas hasta no perderse por la habitación y se perfilen las aristas de la ventana con un brillo anaranjado. Airee las sábanas y pliéguelas como un sobre abierto que invite a entrar.

8
Mar
2015
2

Veinte más una

A ambos lados del camino la caliza se descomponía en piedras más pequeñas. Un transporte avanzaba lento por el centro y levantaba polvo amarillo. En la chapa lateral refulgían las letras desgastadas de un coche Ransom. En su interior llevaba veinte mujeres con grilletes en pies y manos, divididas en parejas por un pasillo. Sus frentes brillaban húmedas y las rayadas camisas se adherían al sudor del cuerpo. Las piernas de algunas colgaban hacia el corredor y muchas estaban esposadas a la barra del techo. Contra el asiento delantero, una rea aplastaba su frente y el bordado irregular de su espalda se descubría: CONDADO DE RIKERS. El sol iluminaba enteramente la cabina del conductor al pie de una curva empinada. Una mujer sin esposas mantenía la mirada hacia la rejilla que cubría los cristales. Unos barrotes la confinaban del resto, escoltada por dos guardias armados. El haz penetrante cambiaba su ángulo con la curva y minúsculos rombos de luz se proyectaban sobre su cuerpo. Vestía un traje liso, zapatos rojos y un sombrero tocado con una figura de papel. A sus pies guardaba varias maletas de cuero. Entre las cremalleras asomaban esquinas de tela estampada.

3
Mar
2015
0

Antonio Manzotti (1943)

El teniente Manzotti despedía a su hijo. Tan pronto como se hubo formado el tren, la cara del pequeño Tonino se incrustaba entre otras muchas y sus brazos parecían agitarse en extrañas formas no humanas. Cadetes e infantes, la mayoría hijos de oficiales, braceaban por el último litro de aire verdaderamente italiano e intentaban captar el aliento lanzado por aquellos que los despedían. Su hijo asomaba medio cuerpo por un ventanal, a una altura que ahogaba el pecho cuando intentaba estirarse más allá de los hombros. De cada ojo le caían rayas húmedas hacia los labios que una vez secas dejaban sobre su cara un brillante reguero. El vagón empezó a moverse de forma pesada, y apretando el paso que le permitía su muleta el viejo acarició, siquiera de forma ilusoria, las yemas de su joven hijo. Con el antiguo uniforme nacional, el teniente se camuflaba perfectamente con los militares apeados en el andén, y su presencia solo se contrapuntaba con el blanco de pañuelos que decenas de esposas y madres agitaban al ver alejarse sus maridos e hijos. Parapetado con su muleta, vió como el tren se volvía inalcanzable y aguantaba pudoroso una muchedumbre enloquecida, que atropellaba su viejo cuerpo y corría en pos del vagón.

23
Feb
2015
0

Morón 37

La espalda de Jano sudaba contra el asiento.

Una tarjeta rosada se movía nerviosa entre sus manos. La abrió por enésima vez y acarició los surcos de una frase escrita a máquina. Recordó como el funcionario de nuevos ministerios presionaba con dolo cada una de las teclas. Ahora y no antes sentía la letanía pesada y artificial de una Olivetti quebrando el silencio del cuartel. Sus yemas notaban el carrete saltarín, la campanilla al final de cada línea y, al llegar a la última letra, las palabras que se componían: Morón de la Frontera. Ya en el coche, no quiso leer ninguna de las indicaciones que apuntaban a su destino. Señales que se apostaban en la delgada cintura del camino y parecían acechar la marca de las ruedas. Giró la cabeza bruscamente, pero a través de la luna trasera su intento sólo pudo encontrar un sol demasiado bajo.

10
Feb
2015
1

“Down the hill”

Alcanzó el pasamanos mientras el conductor hacía sonar el último campanazo, y por bien poco no perdió la mano. Se adelantó con una larga zancada y la inercia del tranvía en plena marcha la llevó hasta el interior. Soltó un puñado de monedas y una de ellas se escapó mas allá de la cabina. Dana la persiguió con la mirada, y sus cinco peniques rodaron hasta que una bota, fea y descordada, apareció de la nada. La detuvo. Asomó una cara jovial y familiar que sonrió al levantar el pie. Eric era su vendedor de periódicos favorito, pero aquel catorce de febrero optó por el lucrativo negocio de las rosas. De sus manos, algunos tallos empezaban a decaer de un ramo que aún exhíbia los mejores capullos en el centro. Sin dudarlo, Dana corrió hasta él, se abalanzó antes incluso de tocar el asiento, olió sus rosas generosamente y le pellizcó la cara.

Soy feliz con lo sencillo, soy feliz con una sonrisa robada al quebrar una esquina, feliz contigo que eres quien me robas, continuas tu marcha ciega hacia el brillo del sol. Compartimos juntos un trozo de pan, vemos alborotadas a las palomas, a los niños agitar los brazos como hélices, despegar y volar entre risas. Mi pecho se ensancha y se agrieta, quiero escupir en tu cara el color alegría desde mi alma desnuda.

El ocaso firma el fin del día, un hermoso astro en el poniente, los trigales brillan dorados, el Sol se esconde en su lecho. Mis días se suceden en esta vieja estación y en mi malogrado destino me ocupo de perforar billetes y bocinazos, anuncios de una vida rebosante dentro de esos gusanos de hierro; las personas van y vienen en un trasiego vibrante, siempre en movimiento, existen raíles enfocados hacia el futuro. Yo sigo aquí, sosteniendo un ancla y una flor en la otra mano, una amapola que crece silvestre al final de tu trayecto.

 

8
Ene
2015
0

Pájaro en el alféizar

Ya noto el otoño. Mi sueño se alarga profundamente, pero los despertares se embrollan entre envolturas y saboreo con la lengua los encajes de las sábanas, y tan ovillado estoy con el pesado lino que siempre despierto en forma de larva. La lenta respiración hace latir un bulto insinuando el tronco, la cabeza, las extremidades apretadas, anidando un ser salvaje bajo todas esas capas, pero perezoso y sin voluntad; al asomarme con timidez, la luz que me insulta a través de la rendija, todavía, como un hombre de pie o un malvado acomodador dejando entrar toda la vida no convidada gratuitamente, levanta la persiana para que las personas que siguen afuera a lo suyo, desde una terraza atestada y casi perpetua, corroboren que no tienen cabida en mi cama, que las odio, que adivino su torpeza: el caminar, el sentarse, el sorber del café, el masticar soez que todo junto afea el cantar de los pájaros que quedan, por suerte, porque el hombre de ahí fuera ve un árbol sano y ante la primera raíz que bella emerge y quiebra el asfalto, lo tala, y sin mejor opción el tronco, la copa, las benditas hojas de una especie necesaria para los poetas, desaparecen, se las lleva una camioneta y con ella la morada de un pájaro que yo, egoísta, pienso que es mío y reclamo como una pertenencia, y me roban eso y mucho más. Pero él no tendrá problema, irá en pos de la palmera de la esquina, se alejará el amigo conspirador que contra toda una ciudad que me enerva, abandonará mis batallas de alhomada y yo no lo vuelva a escuchar.

Sin embargo una serie de lamentables desdichas nunca tiene porqué ser completa, quizás existen alteraciones rebeldes en el universo empeñadas en destacar la prevalencia de la vida, de forma ingenua, pero que pueden cambiar todo un destino. Fue toda una revelación, emocionante, ver al gorrión de nuevo en el alféizar, y el mundo que odiaba se desdobló en ese universo infinito y gozoso bajo mi cama, donde los monstruos empezaron a cambiarse la máscara. «Sigue aquí», me dije a mí mismo, «ha venido esta diminuta fragilidad, su cuellecito de alambre y los contados huesos de su esqueleto. Eres bello y tu tamaño te engrandece, irrepetible el detalle de tu existencia, me llevaría contigo, o al revés, tú puesto como un broche, como una flor, mientras cupieras en el bolsillo de mi camisa, precioso».…

5
Oct
2014
0

Gris antracita

Vi nacer amapolas de la más singular forma. Halladas en enormes bloques de hormigón, cogí de entre sus grietas la primera corola roja, rota por grises filamentos, y se enrocaba al perfil e irregular desnudo de una piedra rota. Envueltos en el óxido, los cables de electridad, los alambres descolgados de sus vagones y los postes, en el intento de un beso mal consumado, tímido, se soslayaban antes de tocar suelo. Y un espacio encapsulaba un aire sobre lo que parecía todo flotar. Apenas al limpiar con mi dedo una de las chapas, saboreé lo horrible y férreo. Atrás, dejaban las gotas de lluvia olorosa, un manto de agujas de pino tras cada pisada, con una sensación que se daba en la nariz, y picaba, traída por la imagen de un recuerdo infantil y el sabor a lo metálico tan reciente en mi lengua. Oh, estos trenes, con lo rojo que se vuelve más rojo en la amapola, da al verde toscana y al amarillo dorado, más vivas e intensas razones de existir. Traje una mochila repleta de colores. Sigo queriendo reclamar las paredes blanquinegras, por capas y capas en las que cada aire suspendido en su momento sea sepultado por la pintura. Son bellas las briznas que crecen bajo los listones de madera, es en esta estación abandonada bello verlas crecer, más allá, cuando el infinito se curva interrumpido de vagones de cola desenganchados.…
12
Jul
2014
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Dos hermanos

A veces no hace falta buscar, que caiga sobre las manos una remota foto es casualidad suficiente para que el corazón, sin dejar fallar en su latido, se congele y derrita en un instante. Hay órdenes divinas de detener el tiempo, se las puede ver regateando dentro de caóticos cajones, o aplastadas en álbumes de lomos corpulentos, fotos familiares que yacen siempre escondidas al azar, arbitrando siempre una desdicha: son el montaje perfecto de una película vivida, la de aquellos maravillosos años que nunca volveremos a repetir. Retenemos y amamos la plastificación del pasado con la tácita pretensión de cambiar un malogrado presente. El acto de recordar es una dosis leve de opiáceo, una sola cucharadita destruye momentáneamente la melancolía, eleva nuestras pulsaciones como las de un cachorro excitado.

Veo la foto y mi alma ejercita un exabrupto jocoso, no puedo evitar derramar una lágrima viva en mi interior, mezcla de júbilo y tristeza. Se escapa de mi control aquel momento matemáticamente irresoluble. No es posible explicar tanta belleza contenida en un rectángulo, sonrisas como éstas son ecuaciones difíciles de reescribir para cualquier otro momento.

Mis recuerdos se arrastran con envidia, dos rostros infantiles asoman el reflejo de una esperanza e inocencia rezumando una infinita alegría que nunca se marchitará.

Más allá del papel brillo, mi hermano mayor, el moreno y más alto, me sujeta y abraza relajado. Yo sigo descamisado, en el patio soy todo un correcalles, y según mi madre un malejo. El caso es que ambos sabemos jugar a los piratas y somos inseparables. Carlos, es el capitán del barco, yo Jose Luis, el rubio y pequeñajo, soy un polizón descubierto en cubierta, pero mi hermano, como buen capitán, me perdona y me deja hacer de vigía.

Nuestras poses bien podrían valer lo que mil esculturas de museo. ¿O acaso la belleza más valiosa no se encuentra en lo cotidiano?

Daría mil vueltas al mundo en ese barco por ti, Carlos. Siento que la madurez de los años ha creado un pacto de silencio entre los dos, pero el amor que siento por ti es ahora más visceral. El paso de los años necesita una buena digestión, sobre todo para que el alma no muera de empacho o desnutrida. Cada uno ha llevado su ritmo de vida pero a menudo la vida ha sido obligada a diverger nuestros caminos comunes contra la voluntad del vínculo. Es ahí, en la carencia, donde el amor por ti se vuelve violento, amo esa violencia, es una violencia bonita.…

12
Jul
2014
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Pesadilla de siesta

Los mejores sueños son los más cortos, logran sobrevivir intactos segundos después de abrir los ojos.

Entre la luz que percibí bajo el párpado, un sobresalto tomó forma en mi memoria: primero una sábana azul, más allá la callada respuesta de una habitación sin luz. Mi mente operaba lenta como la tortuguita que volvía al hogar, montando las últimas dunas de una playa con cristales de roca en su caparazón. Y cerca de la orilla, un chaval que bostezaba saludando al sol. Lanzó una mirada a la última ola que le mojó los pies. Mientras se retiraba, observó cómo el mar filtraba luz hacia su lecho, y todos aquellos brillos que hacían del fondo un manto de estampado sinuoso, vibrante. Era el tramo menos profundo, por el que se movían los más cautos. A lo lejos, las siluetas se perdían mar adentro, pidiendo socorro. De repente, tomé posesión del cuerpo del joven y empecé a ver con sus ojos. Cercada por mis piernas, hallé una niña con cara de princesa a la que los gritos de la lejanía no asustaban. Descubrí que empuñaba un rastrillito ensangrentado. Se esforzaba en levantar un castillo en la arena que tras un rato abandonaba a su suerte. Cada vez que conseguía ponerlo en pie, me lanzaba una nueva mirada llena de odio, con las pupilas incendiadas. Me aterré, pero aquella belleza pura y rubia, sin embargo, no se inmutaba. Cuando me sonrió, su boca de dientes perfectos e infinitos me hicieron despertar.
7
Jul
2014
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“Tijeras, ira, eliminar”

Una vez llegué, el cielo parecía aguardarme. Cada estrella en el firmamento me miraba calmada, pero las constelaciones destelleaban impacientes. Me vi abrumado por aquella bóveda y, por un instante, tuve que esforzarme por recordar y cerré los ojos.

«Ojalá fuera cierto todo lo que me contaron», pensé. «Aquí planté un árbol, no hace mucho, en el bello centro de este claro, y muchos otros crecían a su alrededor. Solía esquivarlos a la carrera, trepar las ramas, leer al abrigo de su sombra cuando el calor apretaba. Y ahora, no queda nada. Vino el hombre y su tijera lo arrasó todo. Tras él, mi verde infancia yace desordenada con las últimas ramas podadas. Veo árboles tumbados, y su interior vacío humea y embarga un aire ya intoxicado. Este es el retrato de la ira, el de una tierra abierta que sangra y nunca cicatriza».

Mientras hacía esta reflexión, apretaba los puños. Las muñecas empezaron a encajarse en una extraña pose y todo mi cuerpo adoptó una rigidez inusitada. De repente, algo brilló delante de mí, donde se sumía una penumbra casi total. Destensé mis piernas, el tímido brillo se repitió. Calculé el trecho que nos separaba, y aceleré el paso. Descubrí aquel ser y posé las rodillas en la tierra asolada, acercando mi cara hacia un hermoso brote, y vi que su presencia eliminaba toda desolación. Aquella lila de corto tallo abrió sus pétalos en espiral. Contemplando una luciérnaga posada en su corola, una ráfaga de aire azotó y echó a volar. Entre el bufido, una voz resonó y me dijo: «Trae mil árboles y dame un jardín infinito». Su última sílaba se ahogó mientras la lila se marchitaba. El tallo decayó hasta que la hizo llegar al suelo y en el aire permanecieron unas raras esporas que me hicieron estornudar. Mis ojos empezaron a picar y caí desmayado al suelo.

Años después desperté de aquel profundo coma y ya no soy el mismo. Un extraño ser, del que no pude deshacerme, habita hoy bajo mi párpado. Cada vez que lo intento, los ojos me arden y cobran más intensidad, brillando en ellos un fulgor único, del mismo color morado y resplandeciente. Ya no soy El Rubio, ni tampoco el amante del bosque. Ahora me llaman el “niño de ojos extraños” y soy aquel que sólo los malos de corazón temen pues cuentan, que en mí, una flor venenosa germina las pupilas, parasitándome las entrañas con tallos trepadores.…

7
Jul
2014
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Bridge House Hotel: II. Viaje a Neptuno

Al salir a la calle los colores empezaban a multiplicarse. La invasión siempre era tal que me resultaba imposible ponerles nombre a todos. En mi espalda, sentía todavía el envite de las olas maltesas. Ciertas sensaciones empezaron a apoderarse de mí, y las vivencias de aquella isla tomaban, de nuevo, forma en mi cuerpo vacío. Me recorrían de abajo a arriba, hasta que perdía la noción de mis pies sobre el suelo. Los calores que tan bien describo a mi psiquiatra, se concentraban entonces entre mis cejas. Cuando notaba la amenaza de mis impulsos, necesitaba hallar con urgencia un sitio donde calmarme, algún poyo en el que recostar mi cabeza, ya fuera apuntando al techo, ya fuera abriéndose al cielo más inmenso.

Recuerdo aquellos agitados días. Mi enfermedad me había traído a latitudes más frías, a una pequeña villa cuyo nombre emborronó mi memoria y el tiempo se encargó de barrer. «La manía es la peor compañera de viaje, porta un mapa imposible», pensé. Paseaba por Europa mi alma errante, y aunque yo encajara en cada nuevo lugar con aire resuelto, me conducía triste y solitario en mi propio túnel.

Aquel desdichado porvenir tocaría pronto a su fin, pero antes de mi primer diagnóstico, de aquellas palabras que cambiarían mi vida por completo, aterricé en Inglaterra con una inercia que escapó a mi control. Y como si un destino perverso lo supiera, éste me reservó lo peor para el final, como una antesala que desciende hacia el infierno.

A los pocos días, me percaté de algo que incluía mi equipaje. Me traje conmigo una máscara poco común, de facciones abstractas, antes desconocidas. Las horas de luz se alargaban mucho antes del alba, y mi mente no supo adaptarse; las noches llegaban demasiado pronto y se instaló en mí un vilo casi infinito. Cada día se repetía formando una colección imposible de paginar. «Una copia, de una copia, de una copia,…», pensaba. Y aunque consiguiera dormir, agradeciendo no más que una corta cabezada, despertaba con frecuencia en lugares desconocidos. A veces, en un prado inmenso, parcheado por unas ovejas que pacían a perpetuidad; otras, me hacían descubrir con detalle el techo empapelado de mi habitación. Los días se convirtieron en semanas, y un amargo poso se avivaba cada noche, creciendo dentro de mí.

Un día soleado salí a la calle y me dirigí al parque. Aquel lugar delataba pasión por lo verde, con una vegetación salvaje que nacía de una turba siempre húmeda.…

26
Jun
2014
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“En La Plaza del Árbol…”

Cuando El Rubio asistía al taller de Escritura Creativa, todo un mundo ignorado hasta entonces emergía de su alma. Siempre se privaba de algunas horas de sueño, pero a cambio disfrutaba apurando los minutos en alguna lectura interesante, antes de entrar a la clase. A pesar de la atmósfera irrespirable de la ciudad, recorría aquellas calles que eran como habitaciones sin ventanas. Dirigíase tal cual un autómata, intentando huir del calor y de un ruido agobiante que percutía contra sus sienes. Al final de su camino, sin embargo, un banco de piedra le aguardaba junto a un remanso de paz y tranquilidad.

En su último día, con gran entusiasmo, llegó a completar casi la mitad de Crimen y castigo, de Doiostoievsky, cuyas páginas devoraba. Sintió un leve cosquilleo y tembló. Su lectura apasionada fue interrumpida por una hormiguita que le recorría el antebrazo y, alrededor, unas palomas desvergonzadas le rondaban con impertinencia. El arrullo de los pájaros formaba un relajante acorde, combinado con el incansable pío-pío de otros seres voladores, más propios de paisajes urbanos, y que ponían el contrapunto al tráfico escuchado a lo lejos. La Plaza del Árbol —así es como la llamaba— estaba plagada de coníferas ancestrales, y bajo la sombra del árbol más destacable, el sonido parecía proceder de una modesta capilla.

Al entrar, todos los alumnos ayudaron a disponer mesas y sillas. Tras las introducciones de cortesía, al Rubio, como a los demás, le pidieron que hiciera un escrito de despedida. Al punto de proceder, su mente se puso en blanco y las ideas en su cabeza enmudecieron. Habitual habría sido en él escribir algo con una prosa correcta y sencilla pero, súbitamente, decidió despedirse de una forma diferente.

El Rubio cerró los ojos e ideó una pizarra flotante. Con una tiza en la mano, empezó los primeros retazos de su abstracción. Sobre el negro del pizarrín, una caligrafía torpe atestiguaba sus últimas palabras:

«Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.»

EL RUBIO

Dedicado a Blanca y Clara.

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13
Jun
2014
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“Encuentro ciego”

Por aquella lúgubre y estrecha calle transité durante un largo rato. Mi cita de las tres se retrasaba más de lo previsto y empezaba a impacientarme. Odié que me hiciera esperar, la idea de que me dieran plantón no me agradaba. La tensión aumentaba y el aire se volvía plomizo, el sudor descendía por mi espalda y sacudí mi camiseta.

—Hola, ¿qué tal? —noté un leve toquecito sobre mi hombro.

Giré mi cabeza lentamente, recreándome, y dirigí al suelo mi mirada. Calzaba unos zapatos de un color rojo chillón. Al mismo tiempo, se oyó el maullido de un gato ausente.

—Siento mucho el retraso —me espetó con una sonrisa blanca y de dientes perfectos.

—No pasa nada —admití tembloroso.

Ante mis ojos nacía una mujer alta, probablemente me sobrepasara en más de una cabeza. Desde sus tobillos ascendían unas piernas delgadas, pero de un músculo turgente y carnoso. Poseía una tez blanquecina, interrumpida al llegar al borde de una falda roja, por encima de las rodillas. El color iba a juego con el carmesí de sus zapatos. Aquel traje era de una pieza entera y, en un pensamiento rápido, juzgué que nadie más como ella podría haber elegido un vestido tan osado para aquel momento. Era tan provocativo que descuabraba la sobria composición del lugar, se ajustaba a su cuerpo de una forma irreal. Aquel contraste entre la calle gris y el rojo del vestido hacía que la luz del día se apagara y su piel refulgiera con mayor intensidad, y que su presencia se volviera llamativa. Se creó un extraño efecto óptico que doró sus brazos, aquella piel mortecina parecía revivir con los escasos rayos del sol. Tanta escasez en su vestuario acentuaba la belleza de una cara que descubría sosteniendo aún la sonrisa de bienvenida, una nariz perfecta y dos ojos color miel. Su cabello rubio se alisaba en la corona y le caía sobre los hombros en tímidos rizos.

—Ya pensaba que no vendrías —dije.

El sudor de mi cara empezó a secarse y empecé a respirar aliviado.

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Debo ser poco para ti. Eres…como decirlo…demasiado perfecta —dudé.

—Te equivocas. —Sonrió y se abalanzó a un palmo de mí, sosteniendo sus manos sobre mis hombros. Con la boca entreabierta me susurró algo al oído.—Todos somos criaturas imperfectas.

Busqué enseguida su mano, que sorprendí deslizando sobre mi pecho. Aquel primer momento me trajo una calma inmediata, como si hubiera descubierto un mar subterráneo.…