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Luna Creativa

17
Mar
2015
0

Manual breve de amor (para hombres)

En primer lugar, deberá tener en cuenta las condiciones ambientales. Se recomienda conseguir una temperatura entre los treinta y seis y los treinta y ocho grados. Disponga con antelación de tantas fuentes de calor como sean necesarias. En cuanto a la lumbre, procúrese con velas hasta no perderse por la habitación y se perfilen las aristas de la ventana con un brillo anaranjado. Airee las sábanas y pliéguelas como un sobre abierto que invite a entrar.

8
Mar
2015
2

Veinte más una

A ambos lados del camino la caliza se descomponía en piedras más pequeñas. Un transporte avanzaba lento por el centro y levantaba polvo amarillo. En la chapa lateral refulgían las letras desgastadas de un coche Ransom. En su interior llevaba veinte mujeres con grilletes en pies y manos, divididas en parejas por un pasillo. Sus frentes brillaban húmedas y las rayadas camisas se adherían al sudor del cuerpo. Las piernas de algunas colgaban hacia el corredor y muchas estaban esposadas a la barra del techo. Contra el asiento delantero, una rea aplastaba su frente y el bordado irregular de su espalda se descubría: CONDADO DE RIKERS. El sol iluminaba enteramente la cabina del conductor al pie de una curva empinada. Una mujer sin esposas mantenía la mirada hacia la rejilla que cubría los cristales. Unos barrotes la confinaban del resto, escoltada por dos guardias armados. El haz penetrante cambiaba su ángulo con la curva y minúsculos rombos de luz se proyectaban sobre su cuerpo. Vestía un traje liso, zapatos rojos y un sombrero tocado con una figura de papel. A sus pies guardaba varias maletas de cuero. Entre las cremalleras asomaban esquinas de tela estampada.

3
Mar
2015
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Antonio Manzotti (1943)

El teniente Manzotti despedía a su hijo. Tan pronto como se hubo formado el tren, la cara del pequeño Tonino se incrustaba entre otras muchas y sus brazos parecían agitarse en extrañas formas no humanas. Cadetes e infantes, la mayoría hijos de oficiales, braceaban por el último litro de aire verdaderamente italiano e intentaban captar el aliento lanzado por aquellos que los despedían. Su hijo asomaba medio cuerpo por un ventanal, a una altura que ahogaba el pecho cuando intentaba estirarse más allá de los hombros. De cada ojo le caían rayas húmedas hacia los labios que una vez secas dejaban sobre su cara un brillante reguero. El vagón empezó a moverse de forma pesada, y apretando el paso que le permitía su muleta el viejo acarició, siquiera de forma ilusoria, las yemas de su joven hijo. Con el antiguo uniforme nacional, el teniente se camuflaba perfectamente con los militares apeados en el andén, y su presencia solo se contrapuntaba con el blanco de pañuelos que decenas de esposas y madres agitaban al ver alejarse sus maridos e hijos. Parapetado con su muleta, vió como el tren se volvía inalcanzable y aguantaba pudoroso una muchedumbre enloquecida, que atropellaba su viejo cuerpo y corría en pos del vagón.

23
Feb
2015
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Morón 37

La espalda de Jano sudaba contra el asiento.

Una tarjeta rosada se movía nerviosa entre sus manos. La abrió por enésima vez y acarició los surcos de una frase escrita a máquina. Recordó como el funcionario de nuevos ministerios presionaba con dolo cada una de las teclas. Ahora y no antes sentía la letanía pesada y artificial de una Olivetti quebrando el silencio del cuartel. Sus yemas notaban el carrete saltarín, la campanilla al final de cada línea y, al llegar a la última letra, las palabras que se componían: Morón de la Frontera. Ya en el coche, no quiso leer ninguna de las indicaciones que apuntaban a su destino. Señales que se apostaban en la delgada cintura del camino y parecían acechar la marca de las ruedas. Giró la cabeza bruscamente, pero a través de la luna trasera su intento sólo pudo encontrar un sol demasiado bajo.

10
Feb
2015
1

“Down the hill”

Alcanzó el pasamanos mientras el conductor hacía sonar el último campanazo, y por bien poco no perdió la mano. Se adelantó con una larga zancada y la inercia del tranvía en plena marcha la llevó hasta el interior. Soltó un puñado de monedas y una de ellas se escapó mas allá de la cabina. Dana la persiguió con la mirada, y sus cinco peniques rodaron hasta que una bota, fea y descordada, apareció de la nada. La detuvo. Asomó una cara jovial y familiar que sonrió al levantar el pie. Eric era su vendedor de periódicos favorito, pero aquel catorce de febrero optó por el lucrativo negocio de las rosas. De sus manos, algunos tallos empezaban a decaer de un ramo que aún exhíbia los mejores capullos en el centro. Sin dudarlo, Dana corrió hasta él, se abalanzó antes incluso de tocar el asiento, olió sus rosas generosamente y le pellizcó la cara.

7
Jul
2014
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“Tijeras, ira, eliminar”

Una vez llegué, el cielo parecía aguardarme. Cada estrella en el firmamento me miraba calmada, pero las constelaciones destelleaban impacientes. Me vi abrumado por aquella bóveda y, por un instante, tuve que esforzarme por recordar y cerré los ojos.

«Ojalá fuera cierto todo lo que me contaron», pensé. «Aquí planté un árbol, no hace mucho, en el bello centro de este claro, y muchos otros crecían a su alrededor. Solía esquivarlos a la carrera, trepar las ramas, leer al abrigo de su sombra cuando el calor apretaba. Y ahora, no queda nada. Vino el hombre y su tijera lo arrasó todo. Tras él, mi verde infancia yace desordenada con las últimas ramas podadas. Veo árboles tumbados, y su interior vacío humea y embarga un aire ya intoxicado. Este es el retrato de la ira, el de una tierra abierta que sangra y nunca cicatriza».

Mientras hacía esta reflexión, apretaba los puños. Las muñecas empezaron a encajarse en una extraña pose y todo mi cuerpo adoptó una rigidez inusitada. De repente, algo brilló delante de mí, donde se sumía una penumbra casi total. Destensé mis piernas, el tímido brillo se repitió. Calculé el trecho que nos separaba, y aceleré el paso. Descubrí aquel ser y posé las rodillas en la tierra asolada, acercando mi cara hacia un hermoso brote, y vi que su presencia eliminaba toda desolación. Aquella lila de corto tallo abrió sus pétalos en espiral. Contemplando una luciérnaga posada en su corola, una ráfaga de aire azotó y echó a volar. Entre el bufido, una voz resonó y me dijo: «Trae mil árboles y dame un jardín infinito». Su última sílaba se ahogó mientras la lila se marchitaba. El tallo decayó hasta que la hizo llegar al suelo y en el aire permanecieron unas raras esporas que me hicieron estornudar. Mis ojos empezaron a picar y caí desmayado al suelo.

Años después desperté de aquel profundo coma y ya no soy el mismo. Un extraño ser, del que no pude deshacerme, habita hoy bajo mi párpado. Cada vez que lo intento, los ojos me arden y cobran más intensidad, brillando en ellos un fulgor único, del mismo color morado y resplandeciente. Ya no soy El Rubio, ni tampoco el amante del bosque. Ahora me llaman el “niño de ojos extraños” y soy aquel que sólo los malos de corazón temen pues cuentan, que en mí, una flor venenosa germina las pupilas, parasitándome las entrañas con tallos trepadores.…