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En la plaza del árbol

16
Jul
2015
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Quieres ser devorado por un tigre

Quiero ser devorado por un tigre.

Quiero ser devorado por el tigre que pulula alrededor de las sábanas caídas sobre el suelo.

Quiero devorar como el tigre que abandona el lecho lleno de muertes naturales y humildes. Sobre la cama, las víctimas yacientes parecen dormir, aunque en todas ellas queda la forma de una cuna, el vacío de un cuerpo en posición fetal, envenenado, tras años y años de aburrimiento y que se agitó nervioso en su último suspiro.

Quiero devorar como un tigre.

Quiero devorar como un tigre a mi paso por la calle Quart, mientras insinuo mis rayas sobre una mancha naranja.

Quiero que todos me mimen. Quiero devorarlos como un tigre.

Quiero devorarlos como un tigre, aunque primero tenga que respetar los delitos de la niña del Árbol de la Vida que, con sus dedos tiernos, limpia las conchas que recoge sobre los adoquines calientes. Cuando se acerque, hundirá su mano en mi corto pelaje y me conducirá hacia la fuente de agua más fresca.

Todos son devorados por un tigre… Todos son devorados por un tigre…

Todos, menos la niña. La niña de perfil tiene el peinado largo y de frente, la cara con pecas sin pelo sobre la frente.…

26
Feb
2015
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La elección diaria

La gente hace siempre la misma elección. Lo sé porque al rozarme con alguien en su camino solo noto un frufrú de telas y nada más, solo dos atavíos que se sostienen por algo inerte. Y al pasar ni una mirada, ni un gesto, ni siquiera un servil ademán de que existimos entre iguales. ¿Y toda esa gente que camina a lo suyo, hacia dónde lo hace? ¿Y toda esa gente que espera en el andén y por la boca de la estación se dispersa? ¿Qué historias guarda esa cara que dejo atrás? Una gran suma, mayor que la de sus elementos separados, arroja un único resultado: la vergüenza. Nuestra conciencia plena vive encapsulada en un envoltorio frágil, sobre el que no permitimos que la arruga perenne nos delate. Si por dentro somos imperfectos, con esa vergüenza que condena a ambos lados de una puerta, y nos prohíbe salir y entrar, almenos que ose exhibirse. Ahí esta la paradoja: la vergüenza de sentirse desnudos es la misma que la de ir escondidos bajo una tupida piel. Las artificiales capas de la mal llamada dignidad nos hacen esclavos del maquillaje, de la pose, de la máscara más rancia. Lo otro, aquello que se escapa y ya no nos pertenece, es la verdad de ser uno mismo, pero ese precio es más arriesgado, y solo se reserva a los valientes.

La gente no quiere ver al enfermo, la gente no soporta la mirada del que mendiga sentado, ni del que pidiendo desesperado se le ve por los portales, o en las bajeras de una iglesia. La gente no quiere ver las pústulas, ni las calvas, ni las heridas a medio secar, y huye del que se muestra débil y vulnerable. La gente no quiere ver muerte, ni pobreza, ni miseria, ni hambre. La gente no ve, porque no quiere ver. Porque el que no ve, se tapa con una mano. Porque al que dice ver, se le ve corriendo con la venda caída. El que ve dice ser un rebelado, que ilumina su cara al sol y despojado de sus lentes, prefiere quemar sus ojos antes que entregarlos.…