19
Sep
2014
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Carta abierta a Clara

Sabía que te habías ido. Minutos antes de llegar a mi parada algo venía palpitando en mi pecho: el dolor apareció hace tiempo, al pensar en la remota posibilidad sobre tu partida. Y esa cosa extraña, desmembrada, me acompañó hasta la última rampa que doblé en la salida. Desde la estación, la calle tomó una forma abstracta y se recortaba por unas torres vistas de soslayo. La luz chocaba contra la piedra en la parte frontal, pero la arcada daba paso a un túnel sombrío, con el frescor de algún poto rebelde enraizado. Dí un pequeño rodeo, tras cercar las placas de la calle Quart y la Gran Vía, y bajé la vista hacia un paso cebreado. A ambos lados, la gente me adelantaba hasta llegar al siguiente cruce, donde todos se detenían ante un tráfico denso y violento, imposible de vencer. Y ahí me rendí, en pos de una estresante carrera. Comprendí que llegar pronto podría haber amplificado la desilusión de no hallarte. El tiempo que tardaba el semáforo en cambiar sus colores, en escuchar el ruido de unos pasos que avanzaban, era el mismo al silenciarse a idénticos intervalos. Seguí acomodado en aquel trance, e inmóvil ante la primera raya pintada en el asfalto, el intercambio de los discos absorbía toda mi atención. De repente, sentí un toquecito agudo, indescifrable al oído, y despertome de mi estado febril intuyendo que lo sentía de dentro hacia fuera, revelado ante un lejano rumor que terminaba en una golpiza interna. Acaricié mi pecho con el deseo de aliviarme el dolor, en mi esternón, donde el pálpito crispaba más la piel. En el punto más doloroso sentí contra mi yema una sensación punzante, y me fui mareando. Tuve que sostener mi cabeza, procurando recuperar el control de mi cuerpo. Al enderezarme, la presión en el pecho disminuyó.

Ajena al pasar de los autobuses y de las motos, del chirrido de una bicicleta frenada en seco, la estridente polifonía de tubos de escape sometía una muchedumbre muda. La gente me rozaba como las corrientes opuestas de dos afluentes encontrados. Sin embargo, la debilidad antes nacida en mi pecho, empezó a reconfortarme. Un calor se difundía desde mi nuca y los intermitentes espasmos de mi pecho pudieron comprimir durante un solo momento una fuerza atroz, capaz de silenciar el tráfico y ahogar el martilleo de los claxones.

Seguí pensando en tu falta…

Aliviado, sonreí al comprender que vayas donde vayas, yo te podré seguir escribiendo cartas…

Mi pálpito cobarde se cobijó en mi pecho, pero tú sabes liberar las vibraciones en cualquier ecosistema, aunque tengas que sobrevivir en otra jungla bulliciosa, enorme, con sus calles sucias y las infinitas barreras entre los caminantes, aunque declamen la importancia del hormigón sobre la queda sonrisa de un gigantesco suburbio.

Cuando vuelvas probablemente me encontrarás echado sobre el banco de la Plaza del Árbol, leyendo al rasero de un viento que desordena sus hojas. Tu marcha se queda escrita en mis recuerdos, consolados al escuchar un eco modesto en el aire del taller: «Las personas buenas volverán». Todas esas buenas personas que se marcharon hoy son el ritmo de mis latidos, el subir y bajar de mis costillas, la alegría que percute el cerrojo de mi pecho.

Existirían muchas formas de expresar cuánto te echo de menos. Un adiós simple es, paradójicamente, más difícil que estructurar palabras de sutileza y belleza suficientes que exige tal sentimiento. Si te echo de menos o de más, sea con lo mínimo que te puedas llevar puesto, entre tu equipaje:

«Cuando cuelgan la bata blanca en su percha, ya es intrascendente en qué lado de la mesa se está uno, sea en una consulta o en el café del barrio. Durante un tiempo rumié la alocada idea de invitaros a leche con galletas e iniciar una amistad verdadera e infantil, pero tuve miedo de desearlo demasiado, vergonzoso de que Blanca y tú no quisiérais jugar conmigo en un patio de remotas coordenadas».

Allí, parado contra un poste en la acera, supe que te habías ido.

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