10
Nov
2015
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Carta abierta a Aurora Luna: “La fiesta del alfabeto”

A once mil pies de altura un avión entra en fase de tropopausa. En esta fase, la nave alcanza su velocidad máxima pero, sin embargo, desde la superfície más terrena tan solo se puede apreciar al objeto volador como un plácido crucero.

Yo tampoco podía observar a las gentes de abajo. La aproximación a la tierra estaba plagada de turbulencias: me impedían ver el océano, las costas y las megalópolis que descubrían artificialmente los cargadores de los puertos, los contenedores apilados junto a los hangares, las construcciones del hombre afiladas como estiletes que aparcaban barcos, aviones, vías férreas, silos, transatlánticos vacilantes sobre el agua, y el pavimento que expelían las flotas de despegue cruzando sus trayectorias… De los operarios de pista distinguía las maniobras que realizaban con las señales luminosas, el flúor amarillo de sus petos —su segunda piel—, era lo único capaz de penetrar entre la niebla. La primera orilla de playa natural se hundía bajo un escarpado manto de nubes grises y blancas.

«Abajo deben estar celebrando muchas fiestas», pensé. «En definitiva, ¿qué es el mundo sino una gran fiesta? Hasta en la mayor estrechez de una habitación de hotel, en los cuartuchos de las pensiones, el bullicio se manifiesta con el ruido incesante de un teclado. Mi habitación es la 213, es una habitación individual y he pedido que nadie me moleste. En mis fiestas ni se bebe, ni se fuma, ni hay música que pueda tararear. Tampoco existe nadie que me invite a bailar, y no se escuchan las risas de los demás, aunque podría aplastar la oreja contra la pared del vecino. En esas fiestas tan solo existe la soledad, tan solo se escribe, y yo tengo una silla reservada».

Fue después del desencanto. Intenté hallar la tierra firme con la mirada, pero el piloto anunció una maniobra de emergencia con la que tardaríamos más de lo previsto. Alcé la mirada y, a través de aquel pequeño ventanuco observé como la niebla empezaba a disiparse. Una plaga de auroras boreales, con sus límites coloridos, difuminados, acompasaban un baile hipnótico. Cuando una de sus estelas perdió fuerza asomó la superluna y el éxito previo de las auroras quedó eclipsado por un astro enorme, incomparable, detenido como una pupila fija en el firmamento.

Volví a mi cuaderno, quedaban pocos minutos para el aterrizaje. Acomodé mis piernas en mi minúsculo receptáculo de turista. Conté con los dedos tres letras: A, B y C. Pero detuve el bolígrafo a escasos milímetros del papel: «No pienso citar a ningún personaje: yo los tengo a todos invitados, aunque nadie venga, les esperaré con banderolas y globos hinchados de colores».

Mientras pensaba aquello, no podía escribir por mucho que lo intentara. El asunto de la fiesta me inquietaba. En aquella lista faltaba mucha gente, así que continué escribiendo hasta completarla. Decidí que enviaría las invitaciones nada más llegar. En total, veintisiete invitados. A, B y C ya no se sentirían tan solos.

Pero pensé en ti, Aurora. Pensé en qué te diría al llegar a mi destino. Por supuesto en los agradecimientos por tus fiestas semanales, por guardarme siempre una silla, aunque tenga que pagar la entrada. Es impagable el placer de sentarme a tu lado y con los demás. No se por qué me sentí mal y ello me hizo reflexionar Reparé en que debería darte excusas, porque seguro que el contenido de mi historia es excesivo.

El hombre sentado junto a mi asiento tosió. Hojeaba la sección de los anuncios por palabras y de nuevo me acordé de ti. Me acordé de la importancia de la síntesis, del éxito de las formas cuando se expresan con brevedad, pero me resigné a cumplir con las veinte pírricas líneas que me ofreces en cada texto. Quizás la obligación, la ortodoxia, no vayan conmigo. Nada de eso: existen personas que no están preparadas para escuchar historias que excedan los límites del papel.

Cuando el tren de aterrizaje impactó contra la pista, mi caligrafía temblaba y llegué a cierta conclusión: «Aurora, en tus fiestas me aburro muchísimo, muchísimo, y quizás sea hora de apagar las luces y de que me marche. En la 213 del hotel Suburbio me esperan veintisiete y una fiesta fenomenal. Habrá champán y ron añejo, whiskey de barrica, se fumarán porros, se follará y, con algo de suerte. alguien traerá quetamina y farlopa. Dicen que alargan los orgasmos cuando se combinan. Le he echado el ojo a la Zeta, que tiene los ojos negros y será la última en venir. No hay toque de queda. Ya sabes, estás invitada, Para acabar te dejo una última reflexión. Intentaré siempre mirarte fijamente a los ojos, con la convicción propia del pirómano que desea quemar cada rincón de tu córnea, justo antes de prender el bosque. He aquí mis últimas palabras»:

“EN EL ALFABETO QUE TE HE ENTREGADO NO EXISTE UNA PUTA LETRA QUE DEFINA A MI PERSONAJE, RECUERDA QUE YO SOY EL ANFITRIÓN”.

Habitación 213. Pensión Suburbio, 2 estrellas.

2 Respuestas

  1. Verónica

    Yo no creo estar invitada a esa fiesta y, aunque tampoco querría estarlo, espero que sea una fiesta que dure para que no sientas que sólo en la punta de la lengua tienes aquello de lo que te acuerdas cada día.
    Besos, escritor.

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