9
Jun
2015
0

Cachucho y Gallega

En primavera el colmado Uruguay reponía sus existencias todos los días. El camión de reparto cruzaba el desierto y traía aguardiente, encurtidos y tabaco importado. Los primeros días de fiesta, la tienda se encargaba de despachar el alcohol que había sobrado el año pasado. Algunos jóvenes de la villa solían pasear por la tarde, evitando el sol y las aceras ardientes, y las parejas que se lo podían permitir se cubrían con un paraguas, mientras que el resto atravesaba sobre carros los caminos de tierra, con la única protección de su patrona: Santa Mirna, una virgen de cara morena que prometía la lluvia cada año bajo su velo blanco repleto de esmeraldas. Después de la última misa de la tarde, todo el mundo solía acudir a la plaza a embriagarse. «Ritos paganos», pensaba La Gallega.

En la trastienda, La Gallega fue interrumpida por un sonido de silbato y un ruido apagado de engranajes. Se le antojó la visión de un pequeño instrumento mecánico de motor. Deshizo su posición, se enderezó y dejó bruscamente el congelador vacío. Pasó con dificultad por el pasillo formado por unos sacos de malta apilados y una estantería de cervezas Corona. Llegó a la parte trasera.

—¿No estáis escribiendo? —le preguntó La Gallega.

—Estoy con mi tren —el Cachucho le respondió con la mirada puesta sobre una mesa—. ¿Te gusta? Lo acabo de comprar.

En el almacén, Cachucho estaba sentado y operaba un tren de juguete que rodaba sobre un simple circuito de vías que apenas tenía montadas algunas curvas. En el centro de la mesa, había colocado un saco de tela arrugado que figuraba una montaña improvisada y, con una caja de cartón, había construido un túnel.

Bajo su falda, La Gallega parecía acusar el esfuerzo del camino. Llevaba puesto un traje de fina tela empapado hasta las rodillas. Le había hecho un corte de tijeras a la falda y uno de sus muslos se dejaba asomar brillante de sudor. Tras diez años en Montevideo, el bronceado se había asentado de forma natural sobre su cuerpo.

—¿Y desde cuando no escribís nada? —La Gallega le insistió.

—Estuve de viaje.

La Gallega adelantó otro paso. Todavía sostenía una botella nueva de anís en la mano.

—Quizás ya no tengas nada que decir —dijo nerviosa—. Mira, acá te marqué varios trabajos posibles.

—No necesito que me busques trabajo, estoy bien así —Chucho le respondió ensimismado en el movimiento de su tren—. Soy poeta.

—¿Qué oficio es ser poeta? —ella se adelantó dos pasos hacia su silla— ¿Donde dice aquí: «Se busca po-e-ta»? —mientras lo dijo extendió un letrero imaginario en el aire.

—Ya lo ves, vine de viaje, me gustan los trenes y ahora soy poeta.

—¿Qué es esto? —La Gallega le inquirió mientras abría los ojos.

Ella había cogido uno de los vagones con rabia y lo examinaba. Parecía un modelo caro y la carcasa había sido manipulada. Lo abrió y extrajo de su interior un papel sucio y muy arrugado.

—¿Me decís que es esto?

—Emborrono vagones de papel.

—¿Cómo me dijiste? —La Gallega replicó esta vez tensando más la expresión de su cara.

—Soy poeta, dije. Surrealista, poeta surrealista… Y hago lo que me da la gana. ¿Viste? —Cachucho hundía más la cara en sus hombros, se reclinaba y apaciguaba su postura—. He comprendido que supe leer antes de poder andar, que aprendí muchos libros de memoria, que escuché a los mayores y fui bien educado… Ahora, me toca emborronar vagones de papel blanco.

—¡Parate, parate de una vez!

La Gallega lanzó la botella y estalló fuertemente contra la mesa. Un mar de alcohol azucarado y trocitos de cristal invadieron todo lo que había encima y se derramaron hasta el suelo. Los vagones empezaron a desmontarse y supuraban una pasta del papel, húmeda de anís, sobre el que varios versos escritos con tinta se descomponían entre unas ventanas diminutas.

Deja un comentario