30
Mar
2015
1

Cullot Bleu Promesse (Bragas Azul Promesa)

En la avenida Le Kremlinaire, a dos palmos en el mapa del torreón Eiffel, un mozo de peto azul y camisa blanca desmangada esperaba la orden junto a unas cajas vacías. Se apoyaba contra un lucido muro de granito entre dos ventanales, repletos de maniquíes desnudos sin cabeza. La furgoneta se reflejaba sin la interrupción de una calle vacía de paseantes, y el escaparate hacía rebotar los primeros brillos de un sol ya roto en el primer asomo matinal. Lánguida, la luz avivaba la sombra de los pájaros a orillas de las migajas sobre la calzada y, alrededor de los troncos, las malas hierbas parecían ser las únicas muestras de vida auténtica.

Dentro Lola iba a lo suyo, desdoblaba cullots y braguitas ribeteadas con ese pespunte afrancesado que complicaba tanto el equilibrio de una pila de lencería a veinte francos la pieza. Aquella torre de delicados paños con lacito era la primera ropa presentable de la boutique, al evitar el cartel gigantesco de la entrada que apremiaban las rebajas de enero.

—Bienvenidos y bienvenidas, monsieurs et madames. Adelante. —Lola sonreía y con la mano parsimoniaba un forzado gesto de invitación.

Iba vestida al punto impecable, maquillada con la pulcritad provista por las chicas de la sección de belleza, tres departamentos más abajo; su uniforme prestado desprendía un olor a poliéster que, al tacto abrasivo de la tela artificial, disfrazaba cada uno de los palpitantes recuerdos que pretendía dejar atrás y se alojaban acalorados en su nuca. Sus idas y venidas de los puestos de las cajeras hasta el probador, siempre con dos prendas por mano y vueltas de vacío, se convirtieron en ínsuflas de vida, boyantes desde hace mucho tiempo. Lola pensaba en su nueva vida, en cómo había vaciado su piso y los huecos que su nuevo trabajo podría rellenar: la recién estrenada independencia había desgüazado todos los azotes del pasado, las malas compañías y los hombres,…

Cuando la preocupación la invadía, llenaba sus pulmones y con un suspiro largo y controlado se encaminaba a las partes más descuidadas, recogía prendas del suelo o redoblaba los rechazos de los clientes. En uno de sus lances, tras sortear una pareja de mujeres indecisas en una fila de perchas, su mano se topó débilmente con el avieso brazo de un hombre. Lola dudó y colgó aturdida el conjunto en la barra. Un antojo en sus oídos, un murmullo encajado entre una risa familiar, contínua, y que regateaba el ruido de la tienda, la hizo levantarse y dar al desconocido un enérgico toque en su hombro.

—¿Peter?… No… No puede ser —de un primer gesto atónito, de ojos bien abiertos, Lo pasó a hundir la cara en sus manos, enmudecida.

—¡Lola! No me lo puedo creer — expresó Peter con grave sorpresa. Tenía la mano en el centro del pecho.

Lola retrocedió dos pasos. Volvió a apoyarse en el perchero, algunas prendas cayeron a la moqueta y tres o cuatro sostenes pudieron salvarse pendientes de una sola pinza.

— ¡No me puedes hacer esto! —Lola gritó con los ojos incendiados y una expresión hosca y puntiaguda se dibujó en pómulos y labios que se volvieron súbitamente afilados—. Tú no eres un verdadero hombre. ¿Dime qué diablos haces aquí? No deberías estar. Márchate, por favor. Te dije que no te quería en mi vida, que te fueras, que bastara con que yo te dejara. Sí, eso era suficiente, pero eras tú quién decidió marcharse.

—Lo… No seas así. Estoy comprando como cualquier otro, solo vengo a mirar.

—¿A mirar? ¿Unas bragas? ¡Pero si además vives a la otra punta de la ciudad! —Lola sonó condescendiente—. ¿Para ti? Ya veo. Supongo que para mí no serán. Creo que a ella, quien sea, no le hará falta, mejor un buen abrigo de piel de zorra, eh, y tápala de este frío, fill de pute.

Una nube de clientes comenzó a formarse alrededor. Algunos fingían comprobar las etiquetas y miraban de reojo el alborozo. Se formó un pequeño círculo de curiosos y, por donde se abría, una chica rubia se adelantó, esbelta, con un imponente porte estético que se aproximó hasta Peter.

—Tranquila, cariño, no te preocupes —Peter le susurró algo a la rubia del vestido y le dio la espalda a Lola.

—No me lo puedo creer, Pete —Lola zarandeaba las manos nerviosa e hizo una pausa mirando al techo—. ¿Vienes a buscarme a mi trabajo? Me he buscado uno para poder alejarme de ti, finalmente, ¿y quieres que no me preocupe, estando tú aquí? ¡Pero si ni siquiera has recogido tus cosas de nuestro piso en común y ya te acuestas con otra!

El tumulto formado hizo que la entrada a la tienda se bloqueara, muchos de los clientes abandonaron el interés en sus compras. Todos miraban en vilo a una efusiva Lola, esperando qué intervención, próxima y fulminante, terminaría por desarmar las respuestas inútiles de un hombre menguante de dignidad. La tienda se acordonó invisiblemente con grave tensión y, una incómoda calidez a todas luces desacorde con el frío invernal, revistió su interior.

—No seas así Lola,… intenta comprender — Peter avanzaba hacia Lola enseñando las palmas desnudas e indefensas—. Tú y yo llegamos a un trato.

Lola retrocedió un paso más y no solo en su rostro, sino en todo su cuerpo, se reconocía una gran deseperación.

—Estoy embarazada, Peter. Embarazada. ¿Qué clase de trato quieres, eh? Em-ba-ra-za-da.

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