13
Dic
2015
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Bajo la piel

En la Tierra me dedico a abducir personas. Mi planeta necesita un constante flujo de carne humana para seguir en funcionamiento. Vuestro ecosistema es rico en minerales y en otros elementos que interesan a mis supervisores; pero es en el cuerpo humano donde estas sustancias se reúnen en las concentraciones idóneas y su tamaño y peso permite una fácil adquisición.

A mí me han asignado la piel de una bella joven, caucásica, de unos 30 años, con una corta melena oscura, cuyas proporciones físicas despiertan con frecuencia las inclinaciones instintivas de los individuos de género masculino.

Yo estoy encargado de reducir un hombre cada noche: vísceras, musculatura, esqueleto y tejido neuronal. Hoy ya llevo adquiridos 163 especímenes bastante saludables, en su mayoría solteros de mediana edad que, pasada la madrugada, apenas queda de ellos la capa más superficial de la piel, desechada en la parte trasera de mi furgoneta. Mi tarea no termina hasta que llego a la cinta transportadora, donde deposito el contenido junto a los restos orgánicos captados por el resto de mi equipo.

La noche 164 me declaré en rebeldía. Sé que estoy programado para no sentir y mi diseño por defecto no me permite interpretar la sensación física, los sentimientos, las emociones. Me advirtieron que tomar conciencia humana se castigaba con la muerte y que no podía tomar mis propias decisiones, que mi única interacción humana se limitaba a las abducciones. Pero empecé a aprender los conceptos prohibidos: la dimensión de la alegría y la tristeza, el umbral entre el gozo y el dolor, la estimulación simulada, la felicidad.

El informe posterior diría que las semanas anteriores mi protocolo de seguridad venía registrando interferencias sin importancia y que ocasionalmente mi localizador GPS se desconectaba de forma espontánea. Pero nada de eso sucedió. Aquella noche era yo quien quería despojarse de su piel, saber que había debajo. Le dije al individuo 164 que se marchara y me dejara solo.

Mi inteligencia artificial se estaba modificando en tiempo real. Mientras me acariciaba los brazos, vi las pupilas dilatadas y las vetas coloreadas del iris, estiraba de mis mechones, e intentaba memorizar con los dedos la fisonomía de las pestañas y el interior húmedo de la boca. Aquella noche permanecí todo el tiempo de pie, escrutando con fijeza mi reflejo frente a un espejo roto y exploré mi cuerpo, todas las facciones y los elementos que sobresalían de la cara.

Aquella noche me quede ensayando frente al espejo las sonrisas de todos los hombres que había abducido. Recordé los gestos de incomprensión y las mórbidas muecas que dibujan sus rostros antes de su fatalidad, mientras me desnudaba lentamente.

Mis supervisores deben estar buscándome ahora mismo. No he cumplido con mis plazos y ahora sé que tengo los días contados.

La noche del espejo descubrí lo que era la felicidad, fuese lo que fuese. Cuando salí de la casa dejo de importarme lo que existía bajo mi piel y me sumergí en la madrugada.

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