Escrito por

Jose Rubio

Tú no vales

para violarme”.

JOSEPH KESSEL

16
Jul
2015
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Quieres ser devorado por un tigre

Quiero ser devorado por un tigre.

Quiero ser devorado por el tigre que pulula alrededor de las sábanas caídas sobre el suelo.

Quiero devorar como el tigre que abandona el lecho lleno de muertes naturales y humildes. Sobre la cama, las víctimas yacientes parecen dormir, aunque en todas ellas queda la forma de una cuna, el vacío de un cuerpo en posición fetal, envenenado, tras años y años de aburrimiento y que se agitó nervioso en su último suspiro.

Quiero devorar como un tigre.

Quiero devorar como un tigre a mi paso por la calle Quart, mientras insinuo mis rayas sobre una mancha naranja.

Quiero que todos me mimen. Quiero devorarlos como un tigre.

Quiero devorarlos como un tigre, aunque primero tenga que respetar los delitos de la niña del Árbol de la Vida que, con sus dedos tiernos, limpia las conchas que recoge sobre los adoquines calientes. Cuando se acerque, hundirá su mano en mi corto pelaje y me conducirá hacia la fuente de agua más fresca.

Todos son devorados por un tigre… Todos son devorados por un tigre…

Todos, menos la niña. La niña de perfil tiene el peinado largo y de frente, la cara con pecas sin pelo sobre la frente.…

29
Jun
2015
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La vida amorosa de Vincent

En la pequeña ciudad de Arles no había sitio para los enormes egos de Gaugin y Van Gogh. Ambos compartían algo más que la compañia de una prostituta enferma y, en su cama, ambos fantaseaban por turnos con la posibilidad de escapar de la mísera vida de artista pobre. El río Loira hacía las veces de mar cuando uno se alejaba de las orillas del Sena, repleta de bañadores de rayas horizontales que se erguían en cuerpo enteros. La gente consideraba a Gaugin como el más talentoso, pero Van Gogh era admirado por el acervo antinatural que atesoraba y sus brochazos asilvestrados. A pesar de no haber vendido ni un solo cuadro, Vincent Williem Van Gogh se había convertido en la envidia de todos los artistas e intelectuales de la época: impresionistas como el mismo Gaugin, Seurat, Courbet, Cézanne, que se reunían de vez en cuando en los cafés más sombríos de París. En la Francia del XIX un germen poderoso y artístico, nacía imparable en los primeros tinglados clandestinos llamados a ser el pretexto de populosas exposiciones. En algunas de ellas, Margot, la amante compartida, se dejaba caer con su parasol, hacía notar sus encantos intentando apresar la atención cautiva de los dos y conseguía acrecentar la rivalidad entre los artistas, paseándose entre la muchedumbre y fingiendo interés por los cuadros.…

9
Jun
2015
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Cachucho y Gallega

En primavera el colmado Uruguay reponía sus existencias todos los días. El camión de reparto cruzaba el desierto y traía aguardiente, encurtidos y tabaco importado. Los primeros días de fiesta, la tienda se encargaba de despachar el alcohol que había sobrado el año pasado. Algunos jóvenes de la villa solían pasear por la tarde, evitando el sol y las aceras ardientes, y las parejas que se lo podían permitir se cubrían con un paraguas, mientras que el resto atravesaba sobre carros los caminos de tierra, con la única protección de su patrona: Santa Mirna, una virgen de cara morena que prometía la lluvia cada año bajo su velo blanco repleto de esmeraldas. Después de la última misa de la tarde, todo el mundo solía acudir a la plaza a embriagarse. «Ritos paganos», pensaba La Gallega.…

1
Jun
2015
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Co-ordenadas-des-ordenadas

El metro se adentra en un túnel marcado en el mapa; dentro de tres minutos cruzaré el meridiano de Greenwich y la oscuridad exterior transformará el cristal en un espejo perfecto.

Me considero hijo del Drama: un animal de salvajismo indetectable, agudizado por la falta de sueño. Pululo alrededor de un perímetro pintado con cal aunque vivo entre humedales, donde la hierba crece más alta. Allí, mi disfraz de normalidad pierde consistencia, me debilito, y una atmósfera nociva inunda mi pecho.

Al precipitarme por el asiento formo una cascada, me transfiero de capa a capa: el metal, el granito, las raíces aéreas que crecen bajo los edificios. Descubro vastos paneles de moluscos parasitando las rocas, y éstas me digieren hasta el lecho marino. Abundan los bancos de peces abisales, destacados por su color rojizo entre las últimas masas de coral. La agitada marea me devuelve a la superfície a cortos intervalos, durante un ciclo lunar que se vuelve irresistible.…

26
May
2015
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Lágrimas en la lluvia

La lluvia golpeaba el ventanal con un ritmo constante y formaba unos finos rayos de agua que descendían lentamente. Siempre que se detenían, aparecía al trasluz una pantalla brillante y salpicada por gotitas de forma esférica y orgánica, inmóviles, vibrantes, que no cedían su peso hasta que la lluvia volvía a cargarlas con nuevos afluentes. Las viejas gotas explotaban y se derramaban como un racimo, replicándose una y otra vez, hasta que se perdían de vista tras el marco del cristal. Me atreví a seguirlas y al asomarme vi los goterones más violentos repiquetear sobre el zócalo metálico, desprotegido de la cornisa.…

18
May
2015
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El traje de tweed del capitán

Un mendigo encontró el paquete. Se trataba de una maleta pequeña y desgastada. La lona marrón de los laterales no había resistido el paso del tiempo y empezaba a desprenderse a tiras. Estaba plagada de pegatinas de destinos turísticos y abundaban emblemas de aeropuertos muy distantes entre sí. Su aspecto encajaba mejor con las formas de un viajante de comercio, o quizás algún marino mercante se la había olvidado durante su permiso en puerto. Pero el contenido de aquel equipaje delataba que no había servido a una persona solamente. En su interior —destripado con ansiedad en plena calle—, nuestro viejo andante halló dos trajes completos de tweed, un pantalón de pana, algunos viejos periódicos fechados en 1929, una nariz roja de payaso, tres vestidos de señora —todos con la falda plisada—, y un libro de recaudador. Oculta en una esquina del forro, también encontró un pequeño estuche de lana negra que al agitarse hacía entrechocar algunos enseres de plástico. Dentro había un peine que atrapaba varios pelos con algunas raíces aún frescas, dos rulos anchos de cardado, pasta de dientes, dos cepillos a estrenar y una emulsión de afeitado. El viejo capitán —así le hacían llamar en la calle—, resolvió que aquel equipaje había pertenecido a alguna pareja de novicios, y había sido abandonado en un descuido, otro fruto más de los tránsitos inexpertos y apresurados que se daban lugar en la estación de Grand Central en plena hora punta.…

Afuera el calor es abrasivo y la hierba hace clarear la sombra sobre un libro abierto —Nada, de Carmen Laforet—. Bajo el lomo, se cobija la punta de un cigarro aletargado, a punto de prender la huella de un labio bermellón.

Me alegra ver como las espigas más bravas, con florecitas urticantes y amarillentas, se asoman entre sus páginas más dóciles. Me fascina la presencia de las amapolas, desoyendo las alertas estivales y rompen su semilla contra el cielo, lo más alto posible.

Catorce de mayo no apaga sus perspectivas de furia y un incendio asola una sierra por televisión; en la ciudad —Valencia, una perra podenca, delgada y paridera—, solo hay piedra y asfalto. Y todo es muy raro, muy raro.