12
Oct
2015
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Al pasar la barca le dijo el barquero

Lo recuerdo perfectamente, casi como si fuera ayer. En el autobús escolar hacía calor y el sol entraba por el lado en el que yo estaba sentado. El conductor demoraba siempre la última parada, sumido en su deber al detenerse en cada semáforo, donde mostraba el cívico respeto hacia el lento peatón en algún paso de cebra. A mí me incomodaba el asiento y empecé a moverme nervioso.

Fue entonces cuando nos arrimamos el uno al otro. Noté la piel fría de su brazo que, con todo, aun sin decidirse a levantarse por si solo, con el impulso natural de quien evita un roce tan profundo y fortuito contra la piel de un desconocido. Eso lo hubiera hecho cualquiera, pero ella permaneció quieta, con la mirada al frente, mientras yo percibía como los folículos de su antebrazo engullían uno a uno los puntitos de mi piel encarnada. Volví a notar el frío, pero esta vez una nube cruzaba el cielo y éste se enternecía y el sol perdía su fuerza. Me calmé. Vi el sonrojo en su cara, la sonrisa de soslayo y un perfil dibujando unos labios semiabiertos por los que escapaba un corto suspiro.

Anna era la nueva chica del instituto y, al parecer, hasta los doce años no le habían dicho lo que era el amor, absolutamente nadie. Por mi parte, tampoco nadie me había previsto de qué iba todo aquello, tan solo notaba una punzada en el pecho y aquel rubor que convertía en florescencia cada capilar de mi cuerpo.

Oh, querida Anna, el fuego instalado en su piel era el terciopelo rubio, y los cantos dorados de sus brazos refulgían la vez que me cogió de la mano, la única, muda, mientras sonaba la sirena.

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