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octubre 6, 2015

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La acabadora

—¿No tengo pechos de viuda, verdad?— dijo desalentada Valentina.

—No nos engañes.

La mujer que ataviaba los muertos le contestó sin dirigirle la mirada. Valen vestía su mejor bata y unos brillantes zapatos negros con largos tacones. El ribete del sujetador asomaba por el escote. Se quedó sola en la sala, se sentó en una silla y acercó el ataúd.

* * *

Ha venido todo el pueblo, Antón. Tuviste que morirte durante las fiestas del patrón. Me has hecho sudar del esfuerzo. Claro, porque te vienen todos de golpe y no vas a comprar la repostería en el mercado, que las pastas va a tenerlas que hacerlas una misma, y servir el café, que tampoco se hace solo, valga la pena para que una salga compuesta del mal trago, aunque sea con café y malta tostada, que buen acopio hemos hecho con tus primas. Así me evito que hablen de mí, que en las colas del panadero, en el turno de la carnicería solo a los demonios les crece un rabo bien largo, que esto es un pueblo, Antón, y aquí la gente habla.…