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febrero 23, 2015

23
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Morón 37

La espalda de Jano sudaba contra el asiento.

Una tarjeta rosada se movía nerviosa entre sus manos. La abrió por enésima vez y acarició los surcos de una frase escrita a máquina. Recordó como el funcionario de nuevos ministerios presionaba con dolo cada una de las teclas. Ahora y no antes sentía la letanía pesada y artificial de una Olivetti quebrando el silencio del cuartel. Sus yemas notaban el carrete saltarín, la campanilla al final de cada línea y, al llegar a la última letra, las palabras que se componían: Morón de la Frontera. Ya en el coche, no quiso leer ninguna de las indicaciones que apuntaban a su destino. Señales que se apostaban en la delgada cintura del camino y parecían acechar la marca de las ruedas. Giró la cabeza bruscamente, pero a través de la luna trasera su intento sólo pudo encontrar un sol demasiado bajo.