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febrero 2015

26
Feb
2015
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La elección diaria

La gente hace siempre la misma elección. Lo sé porque al rozarme con alguien en su camino solo noto un frufrú de telas y nada más, solo dos atavíos que se sostienen por algo inerte. Y al pasar ni una mirada, ni un gesto, ni siquiera un servil ademán de que existimos entre iguales. ¿Y toda esa gente que camina a lo suyo, hacia dónde lo hace? ¿Y toda esa gente que espera en el andén y por la boca de la estación se dispersa? ¿Qué historias guarda esa cara que dejo atrás? Una gran suma, mayor que la de sus elementos separados, arroja un único resultado: la vergüenza. Nuestra conciencia plena vive encapsulada en un envoltorio frágil, sobre el que no permitimos que la arruga perenne nos delate. Si por dentro somos imperfectos, con esa vergüenza que condena a ambos lados de una puerta, y nos prohíbe salir y entrar, almenos que ose exhibirse. Ahí esta la paradoja: la vergüenza de sentirse desnudos es la misma que la de ir escondidos bajo una tupida piel. Las artificiales capas de la mal llamada dignidad nos hacen esclavos del maquillaje, de la pose, de la máscara más rancia. Lo otro, aquello que se escapa y ya no nos pertenece, es la verdad de ser uno mismo, pero ese precio es más arriesgado, y solo se reserva a los valientes.

La gente no quiere ver al enfermo, la gente no soporta la mirada del que mendiga sentado, ni del que pidiendo desesperado se le ve por los portales, o en las bajeras de una iglesia. La gente no quiere ver las pústulas, ni las calvas, ni las heridas a medio secar, y huye del que se muestra débil y vulnerable. La gente no quiere ver muerte, ni pobreza, ni miseria, ni hambre. La gente no ve, porque no quiere ver. Porque el que no ve, se tapa con una mano. Porque al que dice ver, se le ve corriendo con la venda caída. El que ve dice ser un rebelado, que ilumina su cara al sol y despojado de sus lentes, prefiere quemar sus ojos antes que entregarlos.…

23
Feb
2015
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Morón 37

La espalda de Jano sudaba contra el asiento.

Una tarjeta rosada se movía nerviosa entre sus manos. La abrió por enésima vez y acarició los surcos de una frase escrita a máquina. Recordó como el funcionario de nuevos ministerios presionaba con dolo cada una de las teclas. Ahora y no antes sentía la letanía pesada y artificial de una Olivetti quebrando el silencio del cuartel. Sus yemas notaban el carrete saltarín, la campanilla al final de cada línea y, al llegar a la última letra, las palabras que se componían: Morón de la Frontera. Ya en el coche, no quiso leer ninguna de las indicaciones que apuntaban a su destino. Señales que se apostaban en la delgada cintura del camino y parecían acechar la marca de las ruedas. Giró la cabeza bruscamente, pero a través de la luna trasera su intento sólo pudo encontrar un sol demasiado bajo.

10
Feb
2015
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“Down the hill”

Alcanzó el pasamanos mientras el conductor hacía sonar el último campanazo, y por bien poco no perdió la mano. Se adelantó con una larga zancada y la inercia del tranvía en plena marcha la llevó hasta el interior. Soltó un puñado de monedas y una de ellas se escapó mas allá de la cabina. Dana la persiguió con la mirada, y sus cinco peniques rodaron hasta que una bota, fea y descordada, apareció de la nada. La detuvo. Asomó una cara jovial y familiar que sonrió al levantar el pie. Eric era su vendedor de periódicos favorito, pero aquel catorce de febrero optó por el lucrativo negocio de las rosas. De sus manos, algunos tallos empezaban a decaer de un ramo que aún exhíbia los mejores capullos en el centro. Sin dudarlo, Dana corrió hasta él, se abalanzó antes incluso de tocar el asiento, olió sus rosas generosamente y le pellizcó la cara.

Soy feliz con lo sencillo, soy feliz con una sonrisa robada al quebrar una esquina, feliz contigo que eres quien me robas, continuas tu marcha ciega hacia el brillo del sol. Compartimos juntos un trozo de pan, vemos alborotadas a las palomas, a los niños agitar los brazos como hélices, despegar y volar entre risas. Mi pecho se ensancha y se agrieta, quiero escupir en tu cara el color alegría desde mi alma desnuda.

El ocaso firma el fin del día, un hermoso astro en el poniente, los trigales brillan dorados, el Sol se esconde en su lecho. Mis días se suceden en esta vieja estación y en mi malogrado destino me ocupo de perforar billetes y bocinazos, anuncios de una vida rebosante dentro de esos gusanos de hierro; las personas van y vienen en un trasiego vibrante, siempre en movimiento, existen raíles enfocados hacia el futuro. Yo sigo aquí, sosteniendo un ancla y una flor en la otra mano, una amapola que crece silvestre al final de tu trayecto.

 

La Luna siempre es pintada con los colores más comunes y su vientre desnudo solo evoca la plata y el gris para el viajante solitario.