Month

julio 2014

12
Jul
2014
0

Dos hermanos

A veces no hace falta buscar, que caiga sobre las manos una remota foto es casualidad suficiente para que el corazón, sin dejar fallar en su latido, se congele y derrita en un instante. Hay órdenes divinas de detener el tiempo, se las puede ver regateando dentro de caóticos cajones, o aplastadas en álbumes de lomos corpulentos, fotos familiares que yacen siempre escondidas al azar, arbitrando siempre una desdicha: son el montaje perfecto de una película vivida, la de aquellos maravillosos años que nunca volveremos a repetir. Retenemos y amamos la plastificación del pasado con la tácita pretensión de cambiar un malogrado presente. El acto de recordar es una dosis leve de opiáceo, una sola cucharadita destruye momentáneamente la melancolía, eleva nuestras pulsaciones como las de un cachorro excitado.

Veo la foto y mi alma ejercita un exabrupto jocoso, no puedo evitar derramar una lágrima viva en mi interior, mezcla de júbilo y tristeza. Se escapa de mi control aquel momento matemáticamente irresoluble. No es posible explicar tanta belleza contenida en un rectángulo, sonrisas como éstas son ecuaciones difíciles de reescribir para cualquier otro momento.

Mis recuerdos se arrastran con envidia, dos rostros infantiles asoman el reflejo de una esperanza e inocencia rezumando una infinita alegría que nunca se marchitará.

Más allá del papel brillo, mi hermano mayor, el moreno y más alto, me sujeta y abraza relajado. Yo sigo descamisado, en el patio soy todo un correcalles, y según mi madre un malejo. El caso es que ambos sabemos jugar a los piratas y somos inseparables. Carlos, es el capitán del barco, yo Jose Luis, el rubio y pequeñajo, soy un polizón descubierto en cubierta, pero mi hermano, como buen capitán, me perdona y me deja hacer de vigía.

Nuestras poses bien podrían valer lo que mil esculturas de museo. ¿O acaso la belleza más valiosa no se encuentra en lo cotidiano?

Daría mil vueltas al mundo en ese barco por ti, Carlos. Siento que la madurez de los años ha creado un pacto de silencio entre los dos, pero el amor que siento por ti es ahora más visceral. El paso de los años necesita una buena digestión, sobre todo para que el alma no muera de empacho o desnutrida. Cada uno ha llevado su ritmo de vida pero a menudo la vida ha sido obligada a diverger nuestros caminos comunes contra la voluntad del vínculo. Es ahí, en la carencia, donde el amor por ti se vuelve violento, amo esa violencia, es una violencia bonita.…

12
Jul
2014
0

Pesadilla de siesta

Los mejores sueños son los más cortos, logran sobrevivir intactos segundos después de abrir los ojos.

Entre la luz que percibí bajo el párpado, un sobresalto tomó forma en mi memoria: primero una sábana azul, más allá la callada respuesta de una habitación sin luz. Mi mente operaba lenta como la tortuguita que volvía al hogar, montando las últimas dunas de una playa con cristales de roca en su caparazón. Y cerca de la orilla, un chaval que bostezaba saludando al sol. Lanzó una mirada a la última ola que le mojó los pies. Mientras se retiraba, observó cómo el mar filtraba luz hacia su lecho, y todos aquellos brillos que hacían del fondo un manto de estampado sinuoso, vibrante. Era el tramo menos profundo, por el que se movían los más cautos. A lo lejos, las siluetas se perdían mar adentro, pidiendo socorro. De repente, tomé posesión del cuerpo del joven y empecé a ver con sus ojos. Cercada por mis piernas, hallé una niña con cara de princesa a la que los gritos de la lejanía no asustaban. Descubrí que empuñaba un rastrillito ensangrentado. Se esforzaba en levantar un castillo en la arena que tras un rato abandonaba a su suerte. Cada vez que conseguía ponerlo en pie, me lanzaba una nueva mirada llena de odio, con las pupilas incendiadas. Me aterré, pero aquella belleza pura y rubia, sin embargo, no se inmutaba. Cuando me sonrió, su boca de dientes perfectos e infinitos me hicieron despertar.
7
Jul
2014
0

“Tijeras, ira, eliminar”

Una vez llegué, el cielo parecía aguardarme. Cada estrella en el firmamento me miraba calmada, pero las constelaciones destelleaban impacientes. Me vi abrumado por aquella bóveda y, por un instante, tuve que esforzarme por recordar y cerré los ojos.

«Ojalá fuera cierto todo lo que me contaron», pensé. «Aquí planté un árbol, no hace mucho, en el bello centro de este claro, y muchos otros crecían a su alrededor. Solía esquivarlos a la carrera, trepar las ramas, leer al abrigo de su sombra cuando el calor apretaba. Y ahora, no queda nada. Vino el hombre y su tijera lo arrasó todo. Tras él, mi verde infancia yace desordenada con las últimas ramas podadas. Veo árboles tumbados, y su interior vacío humea y embarga un aire ya intoxicado. Este es el retrato de la ira, el de una tierra abierta que sangra y nunca cicatriza».

Mientras hacía esta reflexión, apretaba los puños. Las muñecas empezaron a encajarse en una extraña pose y todo mi cuerpo adoptó una rigidez inusitada. De repente, algo brilló delante de mí, donde se sumía una penumbra casi total. Destensé mis piernas, el tímido brillo se repitió. Calculé el trecho que nos separaba, y aceleré el paso. Descubrí aquel ser y posé las rodillas en la tierra asolada, acercando mi cara hacia un hermoso brote, y vi que su presencia eliminaba toda desolación. Aquella lila de corto tallo abrió sus pétalos en espiral. Contemplando una luciérnaga posada en su corola, una ráfaga de aire azotó y echó a volar. Entre el bufido, una voz resonó y me dijo: «Trae mil árboles y dame un jardín infinito». Su última sílaba se ahogó mientras la lila se marchitaba. El tallo decayó hasta que la hizo llegar al suelo y en el aire permanecieron unas raras esporas que me hicieron estornudar. Mis ojos empezaron a picar y caí desmayado al suelo.

Años después desperté de aquel profundo coma y ya no soy el mismo. Un extraño ser, del que no pude deshacerme, habita hoy bajo mi párpado. Cada vez que lo intento, los ojos me arden y cobran más intensidad, brillando en ellos un fulgor único, del mismo color morado y resplandeciente. Ya no soy El Rubio, ni tampoco el amante del bosque. Ahora me llaman el “niño de ojos extraños” y soy aquel que sólo los malos de corazón temen pues cuentan, que en mí, una flor venenosa germina las pupilas, parasitándome las entrañas con tallos trepadores.…

7
Jul
2014
0

Bridge House Hotel: II. Viaje a Neptuno

Al salir a la calle los colores empezaban a multiplicarse. La invasión siempre era tal que me resultaba imposible ponerles nombre a todos. En mi espalda, sentía todavía el envite de las olas maltesas. Ciertas sensaciones empezaron a apoderarse de mí, y las vivencias de aquella isla tomaban, de nuevo, forma en mi cuerpo vacío. Me recorrían de abajo a arriba, hasta que perdía la noción de mis pies sobre el suelo. Los calores que tan bien describo a mi psiquiatra, se concentraban entonces entre mis cejas. Cuando notaba la amenaza de mis impulsos, necesitaba hallar con urgencia un sitio donde calmarme, algún poyo en el que recostar mi cabeza, ya fuera apuntando al techo, ya fuera abriéndose al cielo más inmenso.

Recuerdo aquellos agitados días. Mi enfermedad me había traído a latitudes más frías, a una pequeña villa cuyo nombre emborronó mi memoria y el tiempo se encargó de barrer. «La manía es la peor compañera de viaje, porta un mapa imposible», pensé. Paseaba por Europa mi alma errante, y aunque yo encajara en cada nuevo lugar con aire resuelto, me conducía triste y solitario en mi propio túnel.

Aquel desdichado porvenir tocaría pronto a su fin, pero antes de mi primer diagnóstico, de aquellas palabras que cambiarían mi vida por completo, aterricé en Inglaterra con una inercia que escapó a mi control. Y como si un destino perverso lo supiera, éste me reservó lo peor para el final, como una antesala que desciende hacia el infierno.

A los pocos días, me percaté de algo que incluía mi equipaje. Me traje conmigo una máscara poco común, de facciones abstractas, antes desconocidas. Las horas de luz se alargaban mucho antes del alba, y mi mente no supo adaptarse; las noches llegaban demasiado pronto y se instaló en mí un vilo casi infinito. Cada día se repetía formando una colección imposible de paginar. «Una copia, de una copia, de una copia,…», pensaba. Y aunque consiguiera dormir, agradeciendo no más que una corta cabezada, despertaba con frecuencia en lugares desconocidos. A veces, en un prado inmenso, parcheado por unas ovejas que pacían a perpetuidad; otras, me hacían descubrir con detalle el techo empapelado de mi habitación. Los días se convirtieron en semanas, y un amargo poso se avivaba cada noche, creciendo dentro de mí.

Un día soleado salí a la calle y me dirigí al parque. Aquel lugar delataba pasión por lo verde, con una vegetación salvaje que nacía de una turba siempre húmeda.…