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junio 2014

26
Jun
2014
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“En La Plaza del Árbol…”

Cuando El Rubio asistía al taller de Escritura Creativa, todo un mundo ignorado hasta entonces emergía de su alma. Siempre se privaba de algunas horas de sueño, pero a cambio disfrutaba apurando los minutos en alguna lectura interesante, antes de entrar a la clase. A pesar de la atmósfera irrespirable de la ciudad, recorría aquellas calles que eran como habitaciones sin ventanas. Dirigíase tal cual un autómata, intentando huir del calor y de un ruido agobiante que percutía contra sus sienes. Al final de su camino, sin embargo, un banco de piedra le aguardaba junto a un remanso de paz y tranquilidad.

En su último día, con gran entusiasmo, llegó a completar casi la mitad de Crimen y castigo, de Doiostoievsky, cuyas páginas devoraba. Sintió un leve cosquilleo y tembló. Su lectura apasionada fue interrumpida por una hormiguita que le recorría el antebrazo y, alrededor, unas palomas desvergonzadas le rondaban con impertinencia. El arrullo de los pájaros formaba un relajante acorde, combinado con el incansable pío-pío de otros seres voladores, más propios de paisajes urbanos, y que ponían el contrapunto al tráfico escuchado a lo lejos. La Plaza del Árbol —así es como la llamaba— estaba plagada de coníferas ancestrales, y bajo la sombra del árbol más destacable, el sonido parecía proceder de una modesta capilla.

Al entrar, todos los alumnos ayudaron a disponer mesas y sillas. Tras las introducciones de cortesía, al Rubio, como a los demás, le pidieron que hiciera un escrito de despedida. Al punto de proceder, su mente se puso en blanco y las ideas en su cabeza enmudecieron. Habitual habría sido en él escribir algo con una prosa correcta y sencilla pero, súbitamente, decidió despedirse de una forma diferente.

El Rubio cerró los ojos e ideó una pizarra flotante. Con una tiza en la mano, empezó los primeros retazos de su abstracción. Sobre el negro del pizarrín, una caligrafía torpe atestiguaba sus últimas palabras:

«Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.»

EL RUBIO

Dedicado a Blanca y Clara.

 …

24
Jun
2014
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“El Rubio”

Nuestro ángel anduvo nervioso buscando un buen rincón en el que inyectarse. En su estrecho bolsillo había una papelina, no conseguida sin esfuerzo, y que palpitaba con vida propia. «Éste es el sitio», pensó. Su garganta emitió una muda carraspera, el ceño se le frunció y empezó a lengüetear con las flemas que le inundaron la boca. «A ver cómo va la cosa—decía en voz alta mientras se sentaba con aparato y rehurgaba en su bolsillo—, espero que me hayan pasado buen jaco». Halló un montículo y escupió…

13
Jun
2014
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“Encuentro ciego”

Por aquella lúgubre y estrecha calle transité durante un largo rato. Mi cita de las tres se retrasaba más de lo previsto y empezaba a impacientarme. Odié que me hiciera esperar, la idea de que me dieran plantón no me agradaba. La tensión aumentaba y el aire se volvía plomizo, el sudor descendía por mi espalda y sacudí mi camiseta.

—Hola, ¿qué tal? —noté un leve toquecito sobre mi hombro.

Giré mi cabeza lentamente, recreándome, y dirigí al suelo mi mirada. Calzaba unos zapatos de un color rojo chillón. Al mismo tiempo, se oyó el maullido de un gato ausente.

—Siento mucho el retraso —me espetó con una sonrisa blanca y de dientes perfectos.

—No pasa nada —admití tembloroso.

Ante mis ojos nacía una mujer alta, probablemente me sobrepasara en más de una cabeza. Desde sus tobillos ascendían unas piernas delgadas, pero de un músculo turgente y carnoso. Poseía una tez blanquecina, interrumpida al llegar al borde de una falda roja, por encima de las rodillas. El color iba a juego con el carmesí de sus zapatos. Aquel traje era de una pieza entera y, en un pensamiento rápido, juzgué que nadie más como ella podría haber elegido un vestido tan osado para aquel momento. Era tan provocativo que descuabraba la sobria composición del lugar, se ajustaba a su cuerpo de una forma irreal. Aquel contraste entre la calle gris y el rojo del vestido hacía que la luz del día se apagara y su piel refulgiera con mayor intensidad, y que su presencia se volviera llamativa. Se creó un extraño efecto óptico que doró sus brazos, aquella piel mortecina parecía revivir con los escasos rayos del sol. Tanta escasez en su vestuario acentuaba la belleza de una cara que descubría sosteniendo aún la sonrisa de bienvenida, una nariz perfecta y dos ojos color miel. Su cabello rubio se alisaba en la corona y le caía sobre los hombros en tímidos rizos.

—Ya pensaba que no vendrías —dije.

El sudor de mi cara empezó a secarse y empecé a respirar aliviado.

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Debo ser poco para ti. Eres…como decirlo…demasiado perfecta —dudé.

—Te equivocas. —Sonrió y se abalanzó a un palmo de mí, sosteniendo sus manos sobre mis hombros. Con la boca entreabierta me susurró algo al oído.—Todos somos criaturas imperfectas.

Busqué enseguida su mano, que sorprendí deslizando sobre mi pecho. Aquel primer momento me trajo una calma inmediata, como si hubiera descubierto un mar subterráneo.…

10
Jun
2014
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“Divagaciones de otoño”

Veo las hojas fenecer en un suave baile hasta el suelo: los árboles anuncian el otoño desplegando su alfombra. La paleta de colores muda hacia los ocres y el cielo gris se difumina entre unos brochazos blancos. Las nubes se acumulan y amenazan el mar con una percusión líquida, para la tierra cuarteada ungen su bendición. Toda la naturaleza parece tocar su orquesta en sintonía y yo imagino a Tchaikovsky dirigiendo el segundo acto de su Lago de los Cisnes. De una copa de árbol siento una explosión, es una bandada de cuervos que escapa con un terco graznido. Para mí el otoño es desasosiego, la puerta a un mundo nocturno e insomne.

Los días pasan y Sagitario me apunta con su flecha, apunta directamente a mi hipotálamo. Es martes, veinticinco de noviembre y cumplo años. Nunca suelo celebrarlo, odio las fiestas de aniversario, odio esas muescas de felicidad con las sonrisas postizas en la cara. No temo hacerme mayor, pero lo social me atormenta y me dispara hacia una realidad dolorosa. Hasta hace muy poco, mi juventud claudicó las rodillas ante ese tipo de acontecimientos sociales; para mí, esas mentiras se disfrazan en un júbilo regado por drogas y alcohol. Cumplí dieciséis años unido a goteros de suero y a una cama de hospital. Aquella fue mi primera manía y el sol otoñal obedecía al ocaso.

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Siempre acabo escribiendo sobre mí:

Vladivostok estaba en el confín del mapa y tanta distancia, aparte de pereza, no me auguraba un viaje plácido. Después de hacer escala en Baku, no parecía muy adecuado beber un vodka a las siete de la mañana, pero en una compañía de segunda categoría, era lo único que servían. El brebaje acabó por rematar mi estómago vacío. Me consolé con el hecho de haber previsto un poco el viaje. Conozco bien a los rusos, son tercos como mulos y los de esta zona amplifican aún más esa terquedad. Pero aquí vine a por una cosa muy concreta. Son sus mujeres las que de verdad me atrajeron. Quizá sea por la extraña simetría de sus caras, con los pómulos más ensanchados y unos ojos rasgados. Parece que con su mirada fueran capaz de congelarme, escrutando el vacío interior de mi cuerpo. Sus ojos parecían buscar algo, siempre silenciosos, ocultos bajo una máscara poco común. Me fascinó su sobriedad y lo frío de su trato, que a muchos hombres conseguía echar atrás.…

10
Jun
2014
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“Masha, la bruja muda”

Masha era la hija bastarda de un importante noble ruso y miliciano, con un alto rango militar y cercano a la corte del zar. Fruto de una violación, asuntos como el de Masha eran tapados uno tras otro, pues eran incontables las chicas de pueblo forzadas a voluntad de los de los oficiales del cuerpo de marina ruso. Así, aquella niña se concibió durante una de las muchas rebeliones populares del campesinado de febrero de 1917, cuando la hambruna y la carestía de alimentos se había convertido en un problema endémico en una Rusia convulsa, entonces gobernada inexpertamente por Nicolás II.

Su madre Ivana era una amazona del sur de Siberia, crió a su hija según las costumbres de la etnia coriaca, distinguida por su tosquedad y secas maneras. La dureza de aquellas tierras, hicieron que la infancia y pubertad de Masha no fueran nada fáciles. Durante sus primeros años, ambas solían sobrevivir con la leche de una cabra que criaban y comiendo las pocas presas que cazaba la madre, que además de una diestra curtidora de pieles, era una experta maestra tejedora que hacía abrigos de alce y gorros de conejo muy lanudos, entre otras muchas prendas, siempre de gran calidad. Vivían en una humilde cabaña de planta circular, en una minúscula pedanía cerca de Vladivostok, rozando el extremo del continente asiático pero aún lejos de la costa. Los inviernos eran intempestuosos y fatigantes. Estaban obligadas a almacenar comida o condenarse a morir de hambre y de frío sepultadas bajo la nieve. Aquella zona era muy inhóspita, las nevadas atizaban los tejados la mayor parte del año. Para Masha nunca fue agradable dormir siempre en el suelo. Sin duda, llevaba una vida demasiado adversa, que poco a poco iba endureciendo su alma de una niña inocente.

Masha nunca hablaba. Exceptuando los sollozos de su parto, si es que se pueden considerar palabras, jamás articuló palabra. Sólo se reservaba para cuando tuviera que buscar a un hombre que pudiera desposarla. Pero cuando algún pretendiente del pueblo intentaba cortejarla, ella los petrificaba con el primer sonido que salía de su boca. Todos los hombres que osaron escucharla acabaron congelados en forma de témpanos, y sus corazones se convertían en una piedra inerte, del mismo color que el negro del universo más profundo. Esa era la maldición de Masha, la de verse condenada a enmudecer a perpetuidad o a petrificar al prójimo con el estallido de sus palabras.…