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mayo 23, 2014

23
May
2014
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“Blanca”

Te imagino sorteando los adoquines de la calle Quart. Sé que vienes despertando el aire con cada nueva patada, aunque tus botas suenen silenciosas. Subo la mirada. Vistes unos vaqueros entallados y tu figura esbelta culmina entre una blusa que se evapora. Un timbre anuncia tu llegada y junto a un haz sintético aportas luz a una sala que te espera ansiosa. Iluminas y fulminas, como el cíclope de los tebeos. Con tu rubio cenizo acabas por filtrar los rayos del sol que absorbiste del camino, pero el rastro que dejas es imperceptible e inocente: miguitas de pan con mil letras escritas.

No te conozco, casi podría contar las palabras que tuvimos, y me cuesta escribir sobre lo desconocido. Pero si puedo quedarme a admirar lo bello y contárselo al mundo, escribir la breve reseña de una obra de arte natural: tu cuerpo y alma tomando forma.

El litio me templa y me adereza. Como algunos hombres de bata blanca vienes a visitarme, porque yo sé que eres una sanadora y que las sanadoras portan siempre buenas noticias. Nos pones a escribir sin dictado alguno y haces que me acuerde de la bondad de mis primeras profesoras, aquellas que también vestían bata blanca cuando yo era sólo un cagón, aquellas que me cazaban escribiendo mi nombre en la pared. Y eso es algo que me trae tu sonrisa y tu voz, dulce y aflautada al mismo tiempo. Tu forma de mandar hace que me apetezca pintarme las pecas que perdí.

Sabemos siempre de tu llegada, sin embargo siempre nos consigues sorprender cada jueves. No dejes de venir, por favor, ni hoy, ni ningún jueves. No desistas, porque ésta es tu buena acción del día. Hay personas que se dejan aparecer como una bendición en los mundos de aquellos que vivimos sostenidos por la soledad y el vicio, los que habitamos una cárcel sin carcelero.

Tráeme llaves en forma de pluma, déjame escribir y deja que el papel se arrugue, que mis palabras leviten y suban hasta el techo. Traéme llaves y yo te daré textos, palabras que caigan en cascada y te salpiquen.

 

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23
May
2014
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“Insomnio”

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Cuando no se duerme todo parece una copia, de una copia, de una copia. Nunca se tiene la oportunidad de experimentar el despertar, el alivio que se levanta con el bostezo. La única traición es la de una cabezada segundos después del alba. Atrás quedan ocho horas, cada una con sus sesenta minutos, cada minuto con sus sesenta segundos que pertenecen al lapso de la noche. El tic tac del reloj que flota en el aire es capaz de erizar el cabello. La vista se cansa y desenfoca, un murmullo se vuelve agudo y punzante en el oído y la espalda se tensa atizando el aire con un latigazo, sosteniendo una cabeza que vacila.

Pero ahí está uno, tragándose la teletienda con sus cachivaches inútiles, reposiciones de series de los noventa, documentales sobre la cópula del elefante y del mono. Cansinos grupos de música rellenan la parrilla televisiva antes del primer noticiero y finalmente se absorbe por los ojos una sobredosis de rayos catódicos. Mañana probablemente el médico prescribirá un colirio. Único diagnóstico: el síndrome de un ojo seco que se enerva y enraiza en una picor roja y macilenta.

Y los remordimientos que implacables invaden al insomne, al vigilante nocturno que atestigua un techo blanco e infinito, con sus párpados que ni obedecen ni claudican, se abren en amplitud hacia el mando a distancia. Una compulsión le obliga a seguir cambiando de canal. No hay ningún botón que te permita regresar en el tiempo, volver atrás para maldecir el momento en que encendiste el televisor.

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