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mayo 10, 2014

10
May
2014
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Ese suave humo rotundo

Sé que me hace falta leer más para ser mejor escritor, aunque lea mucho, que lo hago, me hace falta leer más, mucho más. Quizá sea verdaderamente el leer el ejercicio difícil y no el escribir, como pudiera aparentar en un principio. Para mí, leer exige un esfuerzo de atención activa -cuánto mayor más efectiva- y además de todo un proceso de interpretación de aquello que se lee, es decir, buscar el mensaje oculto entre sus líneas: las ideas. Esto último exige saber concebir y retener con rigor, ardua tarea para una única lectura por muy profunda que sea. Otros como yo, preferimos empaparnos del estilo y ganar riqueza de vocabulario, aun cuando nos arrojemos a ciertas lagunas de atención que nos impidan sintetizar el libro a su conclusión.

A mí me gusta escribir textos rotundos. Suaves y rotundos, aunque suene contradictorio. Me gusta que lo escrito sea conciso y bello, con la dosis justa de tedio y, por qué no decirlo, de superioridad intelectual frente al lector. Cuando escribo algo espero -probablemente sea algo vanidoso por mi parte- que quien lo lea lo haga pensando en cuán difícil es escribir tan bien. De ahí la “suavidad” con la que intento abrigar a mi escritura.

Por su parte, también me gusta quebrar los relatos con “rotundidad”, que se encuentra a sí misma materializada en oraciones cortas y directas, con mayor agilidad gracias a una puntuación más recurrida y aprovechando al máximo la profundidad de los adjetivos en las descripciones.

Otro punto clave e importantísimo para mí, es llegar a un nivel técnico bastante alto. Eso es algo que creía inalcanzable cuando hace unos meses empecé a escribir, pero poco a poco la técnica se va encajando con el estilo, siempre sin pedirme a mí mismo más cosas de las que puedo construir escribiendo, intentando que la tan buscada belleza se despoje de recargo y brille en medio de una sinuosa sencillez.

Por supuesto, hay que cuidar la ortografía, la estructura gramatical y el buen uso de la puntuación. Con un texto provisional para mí existe una triple premisa: corregir, corregir y corregir. Buscar la perfección de aquello que escribo es algo plenamente justificado; la relectura es el vehículo que me marca los fallos que, aunque la mayoría no versen sobre los tres aspectos mencionados en el párrafo (ortografía, gramática y puntuación), recaen principalmente en una excesiva repetición de palabras y en la mala elección de la estructura narrativa.…

10
May
2014
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Pasas por mi lado cada tarde

Pasas por mi lado cada tarde. Nuestro trato nunca va más allá de lo convencional, tan sólo un saludo trivial con la mano, los adioses son más expeditivos, y me basta asentir con la cabeza, seguir mi camino, tanto para el vengo como para el voy. Casi siempre te veo ocupada.

Normalmente ahogas tu mirada velada por un pelo que dejas caer, cabizbaja. Dentro de tu cortina, te ocupas de tus propios asuntos, con las pupilas proyectadas hacia un caos de papeles que sostienes entre los brazos. Eres inaccesible, incluso cuando te prestas a ser observada, liberada de tu aséptico cubículo.

Das pasos largos por la acera, y te mueves segura entre la muchedumbre, con zancadas que revelan tu estructura atlética, unos glúteos musculados y prominentes. Te gusta entallar tu figura con ropa ajustada y camisetas vulgares, cuidas bien de una segunda piel fácil de arrancar, un estampado con el que satisfacer tus ganas por un exhibicionismo constantemente reprimido.

Raramente interceptas mi mirada, cuando lo consigues una batería de misiles parece asesinarme desde ultramar. Aunque sé que me miras sin ninguna profundidad, no hay mirada tan seria como la tuya, impasible, con ojos rasgados e inmóviles como una niebla pendiente del alba, tu inexpresión existe aun cuando vibran las palabras entre tus labios. Los pómulos intentan forzarte, sin embargo logran acompasar tu discurso pero no alterar tu vista perdida y vacía hacia el horizonte. Siempre ofreces media sonrisa, y siempre un mechón te cae sobre la comisura opuesta. Ruborizada lo vuelves a poner en su sitio, enroscado en la oreja, recoges tu pelo en un nudo y desnudas un cuello largo y fuerte, sostenido por unos hombros golosos.

Lo tuyo es la economía verbal y te temen más por lo qué no dices, lo que aguardas debe ser puro misterio y pavor. Debes ser de esas chicas duras, las que acumulan munición de guerra en las entrañas, malheridas en mil y un desengaños con los hombres. Hay mujeres que se defienden con el hilo y la aguja, que sanan solas adornando el alma con bonitas cicatrices, mujeres que se defienden desnudas ante los envites de una navaja, de las que no se acojonan y no esperan una insinuación. Las chicas duras quieren ver una bragueta abultada, quitar el cinturón a ciegas, obligar a que las dejen satisfechas con sólo una mirada.

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