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abril 17, 2014

17
Abr
2014
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Tungsteno II

II

Primero leer “Tungsteno I”.

La puerta sonó como una rama seca partida contra el viento, las llaves acompañaban el juego de la entrada con un tintineo metálico, desconocido e inocente. En mi cabeza, sin embargo, aquellos agudos sonidos resonaban como una ristra de cascabeles que agita quien quiere ser descubierto, una trampa morbosa tras una puerta o cortina.

Ella todavía estaba vuelta hacia delante. Dejó las llaves en un cenicero anacarado. Impulsivamente la agarré de la cintura y la atraje hacia mí con fuerza, le di un abrazo de oso inexpugnable. Mi antebrazo se situó a la caída de sus senos y noté su turgencia y pesadez, ligeramente cubierta por una camiseta vaporosa y desgastada. Varios pensamientos fugaces me invadieron: desgarrarle la ropa, amarrarla del cuello y doblegarle su cabeza hasta el suelo, estirarle el pelo hasta que gritara de dolor mientras le ataba las muñecas.

Un hálito frío comenzó a sumergir de mi boca y mis manos empezaron a temblar. El monstruo en mi bragueta comenzaba a afearse. Mis pantalones empezaban a ser incómodos, la erección era incontenible y dolorosa.

En todo aquel tiempo no solté a la chica ni un momento. Mantuvimos la posición erguida durante un largo rato. Su cuello olía a incienso y a un sudor seco, que potenciaba su fragancia natural, un efluvio grotesco pero excitante. Situé mis labios sobre su cogote y acompañé con mi labio inferior el recorrido hasta el final de su nuca, justo por debajo de su pelo. Nunca la llegué a besar, simplemente usaba el labio húmedo dejando arrastrar la lengua como un caracol, dibujando un circuito impregnado en saliva que iba enroscándose. Ella asentía positivamente, soltaba suspiros entre la risa nerviosa, y a veces dejaba caer la cabeza de forma brusca, como en un gesto hipnótico, ofreciéndome nueva piel fértil que explorar con las caricias de mi labio, liberando sus hombros y su espalda superior. Mientras yo abarcaba sus pechos con mis manos ella apretaba las suyas contra las mías. Una ligera exhalación, un arqueo y una convulsión. Un proceso que por momentos hacía temblar sus lumbares. Decidí bajar besándola por encima de la ropa, poco a poco, hasta la altura del culo. Ella sometía mis manos contra sus caderas, las aplastaba bien fuerte. Yo hundí mi nariz entre sus nalgas. El tejido de su falda era maleable y se adaptaba a cualquier forma, prácticamente era como si no llevara nada.…