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abril 2014

25
Abr
2014
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Arena entre mis dedos

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Como un fulgurante destello, una vieja foto desgastada me hace recordar aquellas interminables tardes de playa con mi hermano. Junto con mis padres, los cuatro solíamos ir de cámping en los primeros años del auge de una populosa Oropesa como destino veraniego. Recuerdo repartir el día: playa por la mañana y juegos de piscina por la tarde.

Nos levantábamos con el alba, mi hermano preparaba los cubos y rastrillos mientras yo todavía me hacía el remolón. Al final, me encargaba siempre de las esterillas y de aquella sombrilla que tanto pesaba, su funda hecha de plástico malo lograba dejarme una marca roja en un hombro ya escocido por el sol.

Recuerdo una playa cuyo mar asomaba por el horizonte, pero sólo hasta haber avanzado pasos contados, nos avisaba una fuerte caída, cuarenta y cinco grados de pendiente, llena de cantos rodados, grandes como un puño. Me encantaba ver esa trama de piedras por las mañanas, eran de un bonito color marrón, porosas y lisas al tacto al mismo tiempo; formaban una preciosa alfombra asilvestrada, aquella todavía era una playa virgen y salvaje. Las piedras hacían perder el equilibrio con las chanclas, el trayecto hasta la arena siempre era una aventura angosta, que terminaría coronada con el ritual de clavar el parasol en la arena blanda.

Al llegar, olíamos la sal y la arena relucía muy limpia. Cuando el agua se retiraba hacia adentro siempre dejaba una panza brillante sobre la orilla; trozos de moluscos y conchas destelleaban iridiscentes. A mi hermano y a mí nos gustaba recoger de todo: erizos, cangrejos de mar, navajas, mejillones. Jugábamos con las paletas, practicábamos waterpolo improvisado con el agua por la cintura, hacíamos hoyos enormes que parecían cuevas. Recuerdo los castillos en la arena; una arena limpia, una playa casi vacía de invasores, donde sólo nos teníamos los cuatro.

Recuerdo coger arena mojada con las manos, lo hacía por debajo de la primera ola que llegaba. Era una maravilla ver como la gravedad diluía esa mezcla de tierra, agua y sal entre mis dedos. Aquel potingue marrón se deshacía en hilillos que adoptaban formas surrealistas al caer en la arena más firme, eran imposibles de dominar o retener. En realidad sabías que expiraría pronto aquel placer táctil y que, entre tu puño apretado, cada granito se deslizaría, con otros muchos granos, formando una cascada cremosa y natural de cristales de roca. Aquella caída se sucedía muy lentamente, tal cual fuese un reloj de arena ralentizado por el agua marina.…

20
Abr
2014
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Bridge House Hotel: I. Psicosis

I. Psicosis

Aquella mañana despertó como cualquier otra: nubes bajas, un gris cargado y una lluvia fina pero insistente. Tras correr las cortinas, el verde de la hierba permanecía desafiante insultándome a los ojos con su pulcra salud, como si ninguna inclemencia le afectase. Allí permanecía, un testigo mudo de mi decrepitud mañanera. Ya habían transcurrido 196 días desde que llegué, mas de medio año encerrado en aquel pueblucho perdido entre las colinas del norte de Inglaterra.

Las estaciones avanzaban como un travelling cinematográfico. Aquel era un penoso lugar para mi salud mental, la cual se resquebrajaba casi al mismo ritmo con el que se equivocaba el hombre del tiempo. Aquella vasta pradera, a pesar de su belleza salvaje, me inspiraba cierto asco, yo no pertenecía aquel lugar. Sin embargo, a veces me solía tumbar y contemplar el cielo de los pocos días despejados, deseando teletransportarme a una cueva gélida y protectora.

Y además estaba aquel puente. El puente con su riachuelo, sus patos y sus 6 metros de altura sostenidos por piedra. El único puente del pueblo y que daba nombre al hotel en el que trabajaba.

En aquel lugar, mi bodegón se remataba con un cuarto cochambroso, uno de los cuatro del bungalow de los trabajadores. Tenía una tele de tubo que apenas encendía, un suelo desenmoquetado en gran parte. Recuerdo la falta de cortinas y el sol abrasándome los párpados. Las paredes parecían estar hechas de papel y la calefacción nunca llego a funcionar, aunque sí teníamos algo de agua caliente.

En cuanto a mi trabajo, mi jornada empezaba a las 7:00, poco después de levantarme. En aquel pequeño hotel me tenía que encargar de servir desayunos hasta las 9:30 aproximadamente. Sin apenas tiempo para respirar o tomar bocado, debía encargarme de limpiar cinco de las quince habitaciones de las que disponía el parador. Aquellas estancias eran pomposas, con los aderezos propios del estilo inglés: moqueta por doquier, un cuarto de baño que debía quedar impoluto, alféizares de madera, cortinas estampadas, y camas difíciles de hacer por las incontables sábanas que necesitaban. Tareas y más tareas: hacer camas, sacar el polvo, limpiar váteres y baño, fregar suelos bien arrodillado, pasar el aspirador, etc.

A esa altura de la mañana, los hemisferios colisionaban en mi cabeza: un magnetismo se repelía en mi entrecejo. Cefaleas y un cuerpo extremadamente cargado y tenso. El estrés tiraba y aflojaba mientras la desgana y la lentitud propia de la depresión se apoderaba de mis voluntades, ya rebasaba los límites de aquello que verdaderamente podía hacer.…

18
Abr
2014
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La pasarela del Parque del Oeste

Palomas, polvo, un sol que se decanta, ruido de coches, polvo y humo. Un incontenible color verde, vigas de metal en zig-zag. Las parásitas sobrevuelan mi cabeza. Proyectan su sombra en una alfombra de alquitrán. Tacones, el clac-clac de alguien que acelera sobre el hierro. La pasarela verde es muda; óxido rojo, tóxico, crece como una ameba y se acumula. Tránsito, pasos y una alerta que me asalta a medio camino: es la altura perfecta para aplastarme contra el asfalto.

Cuento los pasos hasta el final, el llano desciende, escalones. Ya en el otro lado un pobre césped, un lugar triste. La ciudad sigue bombeando, sus arterias convulsionan; sprays manchan las paredes que anoche ni se inmutaban, ahora gritan. Un sudor seco se aferra a mi cabeza. Agosto me dilata las venas.

Veo altares de piedra, poyos, lugares donde reposar el luto. Bancos desvencijados, madera marcada con tinta, más grafiti y nombres rascados. Yazco en un banco. El sol desasosiega y me persigue. Vitamina E y disparos en la sien. «Vete y búscame una cueva».

Quince minutos, cortos. Vuelta a la oficina, escalones, subida, rendición, tendencias suicidas, mancha color carne sobre el suelo en mi imaginación. Sangre y resistencia. Instinto y supervivencia en la realidad. Respira el humo de la ciudad, exhala y ámala. Días grises y velados. Exhala y ama. Ama aunque no puedas amar. Ama aunque no te sientas amado. Ama sin ser amado. Ama y amarás.

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18
Abr
2014
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Hoy no me visto de payaso

Corría el verano de 2007. Yo ya tenía mi diplomatura bajo el brazo desde el septiembre anterior. Por aquel entonces no estaba diagnosticado, así que más que vivir mi vida, iba dando tumbos aquí y allá. Recuerdo despertar en mitad de los trayectos del metro, en un devenir de estaciones que el altavoz anunciaba con una monotonía análoga a la de mis largas depresiones. Los gigantes enemigos de mi ánimo me iban erosionando, excavando en la cueva del hastío, cercándome en una felicidad siempre yerma: el trabajo, la universidad, la familia,…

Con la perspectiva del tiempo he podido entender cada uno de los estados vividos desde 2002 hasta ahora. Entre 2007 y 2010 las caras de mi enfermedad empezaron a deformarse. No sólo sufría graves depresiones —aunque nunca llegaron a ser depresiones mayores, es decir, depresiones verdaderamente disfuncionales y que hubieran requerido hospitalización—. Por aquel tiempo, mis episodios de manía e hipomanías aumentaron paulatinamente su frecuencia, empecé a sufrir episodios mixtos: incluso dentro del mismo día tenía sentimientos de depresión y euforia. Recuerdo horribles despertares casi todas las mañanas; con el ocaso, las jornadas daban paso a interminables noches en vilo. La irregularidad de mi sueño era un terreno escarpado y difícil de transitar; más veces de las debidas, la noche se imbuía en un nuevo amanecer a través de la ventana, con los ojos secos y el pelo encrespado. Mi piel afloraba sensible, los mínimos sonidos me molestaban, hasta un dulce canto del pájaro sonaba estruendoso en mis oídos, y el pulso se me alteraba hasta la noche siguiente. La sensación más próxima a desapegarse de la realidad la revivía siempre que experimentaba aquellas noches en vilo, sobre todo cuando en ocasiones acumulaba varias noches consecutivas sin dormir. Sin duda era una sensación rara, que justificaba el deseo por taladrarme mi propio cerebro.

En los meses de junio y julio conseguí un empleo temporal en una importante entidad financiera, como cajero de banca. Trabajaba por horas sin ninguna posibilidad de promoción, pero desde luego no me podía quejar: académicamente había triunfado, me gradué con una mención de honor, y mis trabajos eran de traje y corbata, bastante bien pagados. Tampoco tenía problemas ni conflictos familiares en mi casa. Nada ni nadie podía negar que, almenos en apariencia, mi vida iba bien encarrilada. Eso era, almenos en apariencia.

Sin embargo, aquel verano de 2007 desembocó en una verdadera locura; un cóctel de líquidos inflamables se fue cocinando poco a poco en el interior de mi cabeza.…

17
Abr
2014
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Tungsteno II

II

Primero leer “Tungsteno I”.

La puerta sonó como una rama seca partida contra el viento, las llaves acompañaban el juego de la entrada con un tintineo metálico, desconocido e inocente. En mi cabeza, sin embargo, aquellos agudos sonidos resonaban como una ristra de cascabeles que agita quien quiere ser descubierto, una trampa morbosa tras una puerta o cortina.

Ella todavía estaba vuelta hacia delante. Dejó las llaves en un cenicero anacarado. Impulsivamente la agarré de la cintura y la atraje hacia mí con fuerza, le di un abrazo de oso inexpugnable. Mi antebrazo se situó a la caída de sus senos y noté su turgencia y pesadez, ligeramente cubierta por una camiseta vaporosa y desgastada. Varios pensamientos fugaces me invadieron: desgarrarle la ropa, amarrarla del cuello y doblegarle su cabeza hasta el suelo, estirarle el pelo hasta que gritara de dolor mientras le ataba las muñecas.

Un hálito frío comenzó a sumergir de mi boca y mis manos empezaron a temblar. El monstruo en mi bragueta comenzaba a afearse. Mis pantalones empezaban a ser incómodos, la erección era incontenible y dolorosa.

En todo aquel tiempo no solté a la chica ni un momento. Mantuvimos la posición erguida durante un largo rato. Su cuello olía a incienso y a un sudor seco, que potenciaba su fragancia natural, un efluvio grotesco pero excitante. Situé mis labios sobre su cogote y acompañé con mi labio inferior el recorrido hasta el final de su nuca, justo por debajo de su pelo. Nunca la llegué a besar, simplemente usaba el labio húmedo dejando arrastrar la lengua como un caracol, dibujando un circuito impregnado en saliva que iba enroscándose. Ella asentía positivamente, soltaba suspiros entre la risa nerviosa, y a veces dejaba caer la cabeza de forma brusca, como en un gesto hipnótico, ofreciéndome nueva piel fértil que explorar con las caricias de mi labio, liberando sus hombros y su espalda superior. Mientras yo abarcaba sus pechos con mis manos ella apretaba las suyas contra las mías. Una ligera exhalación, un arqueo y una convulsión. Un proceso que por momentos hacía temblar sus lumbares. Decidí bajar besándola por encima de la ropa, poco a poco, hasta la altura del culo. Ella sometía mis manos contra sus caderas, las aplastaba bien fuerte. Yo hundí mi nariz entre sus nalgas. El tejido de su falda era maleable y se adaptaba a cualquier forma, prácticamente era como si no llevara nada.…

14
Abr
2014
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El camino y sus finales

Los caminos se acortan, sobre todo cuando son de vuelta, hace mucho que dejé de rebuscar entre el baúl de los libros escritos con mis recuerdos. Es un baúl fuerte, algo envejecido pero resistente, hecho de madera y con los remates de cuero marrón y remaches dorados. Mi curiosidad de gato ya hacía hundir mi cabeza entre los papeles, mis codos ya no soportaban tanta tensión y mis pies empezaron a despegar del suelo. Traté de mantener el equilibrio, aunque sostenerme era bastante difícil para mis prietas manos, mis dedos se hinchaban enrojecidos.

Finalmente caí como Alicia en el País de las Maravillas. Los libros se habían convertido en alcatraces blancos, y con postura de caza, descendían como misíles alrededor, en su vuelo, soltaban páginas manuscritas de sus colas. A veces el tiempo parecía detenerse y conseguía leer algunas palabras. Aquel túnel no tenía fin. Caía de cabeza y los colores de las paredes se saturaban de una forma grotesca, como en la escena final la obra maestra de Stanley Kubrick, un viaje psicotrópico, una irrealidad inventada pero perfecta.…

13
Abr
2014
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Anoche tuve un sueño

Veía un mosquito en primer plano, grande, con las patas largas y un apéndice afilado, seguramente el que utilizaba para clavar a sus víctimas, como el de los mosquitos tigre. Seguía posándose inmóvil sobre lo que parecía un pie, jugoso, con unas almohadillas carnosas y unos talones tersos. Los dedos se recogían caprichosamente como las manos de un bebé; un rojo burdeos lucía en unas uñas bien recortadas y cuidadas.

El mosquito se recreaba, danzando en pleno regocijo de aquél que parece disfrutar de un fetiche. No acabó por morder, desaprovechando un terreno lleno de oportunidades para plantar una buena roncha, saciándose con el dulce plasma rojo.

En segundo plano se enfocaba lo que parecían unos calentadores rosas de algodón, de esos que se ponen las bailarinas entre el tobillo y la pantorrilla. Más allá, la pierna estaba desnuda. Su tez era morena, del leve color del café descafeinado. En un plano superior, la chica yacía desnuda sobre una cama de pétalos lilas, rosas y amarillos. Los efluvios subían como un gas invisible, pero que no permitían ver más arriba de la cintura.

El insecto prosiguió su vuelo errante, y como si desvelara un manto, descubrió la otra mitad de la chica. El mismo tono mestizo, un bronceado natural, una construcción atlética, una juventud reciente. Su cabeza estaba rematada por una corona de flores. El mosquito aprovechó la siesta de aquella exótica sílfide. Se escondía por todos sus rincones, explorando sus olores, sentándose en los surcos de sus labios, turgentes, a punto de explotar como una fruta madura. Desquiciado e impotente, el mosquito parecía perdonarle la vida, alejándose resignado.

Entonces se dirigió de repente hacia su corazón, con un malvado siseo, y un zumbido ensordecedor. Justo unos dedos por encima de su seno izquierdo. Mordió, y durante unos segundos estuvo robándole sangre con su estilete perforado. La chica aceleró su respiración y rompió la pose inicial de estatua. Se estiró de forma convexa y estiró los brazos hacia atrás como un ángel. Sus mejillas se sonrojaron y frunció el ceño. Algo no iba bien. Terminó por abrir los ojos, y apartó los pétalos que le cubrían el sexo con pudor.

Se movió en una pose totalmente diferente, y en todo su esplendor mostró sus encantos sexuales.

Ella sudaba. Las sienes, los muslos, los hombros brillaban con un elixir uniforme que a veces se rompía con unas gotitas brillantes y cegadoras.

Yo sudaba, pero me resistía a despertar.…

13
Abr
2014
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Tungsteno I

Los semáforos marcaban el ritmo de su jornada de trabajo. Ya anochecía, y los antinieblas amenazaban las marcas pintadas en el asfalto que le devolvían unos penetrantes reflejos blancos en los ojos. El ámbar hacía subirle las pulsaciones, un segundo después un rojo sintético tensaba su antebrazo como única profilaxis de una luz penetrante, que no me permitía ver la cara de aquella criatura nacida del alquitrán.

Aquella artista callejera se dedicaba a los aros. Era capaz de manejar cinco, pero realmente era talentosa lanzándolos por parejas. Creaba el efecto de dos ascensores con cada una de sus manos. Se paseaba por enfrente de los coches con seguridad y soltura a la par. El aro restante describía una elipse, como de bala de mortero, una folha seca que íba y venía de un lado a otro. Construía una performance perfecta mimetizada con un mínimo atuendo pseudopunk: un tutú negro desgarrado, agujereado por cigarros, seguramente a propósito, un top rojo a rayas blancas finas incontables. Era realmente bella, su baja estatura se excusaba en una cara perfectamente enmarcada, huesuda, con unos labios carnosos, un cuello fino y unos hombros bien dispuestos. La espalda se precipitaba en un culo respingón y atlético. Entre otros distintivos, presentaba su cara perforada por varias partes, entre las que se contaban las mejillas, la nariz y las cejas; la mitad de su cabeza estaba rapada, el resto de su cabello estaba zarapastroso, desarreglado, reñido con el peine. A pesar de una elección tan deliberadamente grosera, aquel look no le hacía perder ni un gramo de su atractivo. Era esbelta, musculada. El ejercicio circense y las corredurías callejeras la mantenían en forma, a pesar de imaginármela comiendo cualquier cosa, alimentándose con cerveza, durmiendo entre perros, compartiendo cartones entre vendedores de pañuelos y rumanas jorobadas.

Aquella noche hacía calor, y el sudor se dibujaba en cercos a la altura de las axilas y lumbares. Seguí a cámara lenta una gota todavía pendiente de la punta de su nariz. Un bálsamo salado le recubría la frente. Pero su rojo carmesí oscuro no languidecía en unos labios infalibles. Los aros saltaban quedándose por parejas en el aire. Ahí la descubría sonriendo. Y desde el asiento de mi coche pude contar sus dientes, en una simetría perfecta, color perla gris. A veces hacia asomar una punta sonrosada musculosa, abría la boca y dejaba pender un hilo de saliva que rápidamente estallaba.…