Day

noviembre 14, 2013

14
Nov
2013
0

Rocas en el viaje II

II

En mi tercera mañana me levanté con la habitual jaqueca que siempre despierta a los malos dormilones. Apenas sin desayunar, dirigí mis primeros pasos hacia el soportal de aquel inhóspito bloque de apartamentos. Lo último que necesitaba era la luz seca y viva que me deslumbró a través de la verja, algo nada agradecido después de haberme aseado con tanta mala gana. Articulé una mueca asquerosa, de automática desaprobación, y con el sonido de un portazo lapidé un nuevo despertar, iniciando la andadura hacia un territorio desconocido.

A Malta fui bastante motivado. No todos los días le pagaban a uno un viaje al extranjero, aunque ello no supusiera por sí sólo unas vacaciones de grandes lujos. La beca no cubría muchos gastos, pero al menos se convertiría en una estupenda tirita para mis tristes días de verano. Hasta mi partida, mi vida discurría en un sendero de torpe apatía, con muchas noches desesperadas, que despertaban entre los arrugones de mis sábanas, dejando paso a mañanas aún más desagradables. Aquella escapada fue, en cierto modo, un oasis en el que ahogar mis penas.

Como alumno, mi compromiso sólo me obligaba a asistir a clases cinco mañanas a la semana. El nivel de los profesores, y el de la academia en general, dejaba bastante que desear, así que tomé con cierta resignación el hecho de no colmar mis expectativas académicas de mejorar mi inglés. De todas formas, aquel era un idioma que ya dominaba con cierta suficiencia.

Empecé las clases tras un fin de semana de adaptación —o mejor dicho inadaptación—, pues llegué un viernes y no empezaría hasta el lunes siguiente. Fueron unas primeras horas de soledad, pero también de expectación, sabía que algún cambio importante se avecinaba. El calor me abordó, haciendo mella desde el primer momento, derritiendo mi cerebro. Como un primer traspié al bajar del avión, pronto empezaron unos sudores insofocables, la piel me picaba por la sal que traía el viento y aquel sol únicamente anunciaba peligro sobre mi piel lechosa. Sin embargo, yo seguía notando aquella transformación, una amenaza escondida bien adentro; a duras penas concilié sueño en las tres primeras noches, esas debieron ser las primeras señales que no pude ver. Me sentía como el filamento incandescente de una luz artificial, siempre a punto de explotar en la fragilidad de su embrión de cristal. De madrugada, reflejaba mi cara de insomne en los casposos programas de la teletienda, con unos ojos vidriosos, sumergidos en la ansiedad de un vilo casi interminable, con la única compañía de una tele de tubo y una presentadora siliconada.…