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noviembre 2013

22
Nov
2013
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Delirio

El estresante tic-tac del reloj marcaba el pasar de los segundos de una forma lapidaria. Con los últimos rayos del sol desapareciendo tras la vertical que formaban la ventana y la caída de la cortina, su naranja transparencia proyectaba una luz de sobremesa, de tarde plácida, ofreciendo una justicia —la siesta— que sólo los insomnes resisten a disfrutar para poder vencer a esos monstruos que atormentan por la noche.

Así, uno a uno, los segundos cuelgan en la punta de su aguja, y se precipitan encadenando sus delirios, entre las llamas de una explosión inminente en su cerebro. De súbito, una fulgurante energía salta de su pecho y se pone a reír, a cantar, a saltar, a exhibir su cuerpo levantándose la levita como un bufón con un solo ojo pintado. Su vida, de repente, se convierte en una payasada sin gracia, que se burla de la poca cordura que le quedaba, descosida entre las forzosas carcajadas de un ser irreal con una larga lengua azul, serpenteante, y que imagina una cabriola final para reverenciar a un público que sólo existe en los teatros de la mente. El protagonista se erige como un triunfador apabullante, un funambulista con un portento físico y un porcentaje de acierto infalible, aunque ahora bate los brazos en un vano intento de volar. Mientras tanto, mantiene el equilibrio sobrevolando un mar de sombras, tan alargadas como las dudas que se proyectan en un astro justo antes de ser eclipsado; las fibras de la cuerda, secas y violentas, le devuelven los pies como sí hubieran andado mil ascuas ardientes. El sudor del esfuerzo se cuela entre sus poros mezclado en una testosterona mejorada con cabezas de cerilla, que lo convierten en un amante soberbio, capaz de salvar reinos construidos en el cielo, solo un pretexto para penetrar a princesas que habitan en discotecas de cristal, a las que apenas ha manchado el sol; sus cuerpos diminutos poseen recovecos que huelen a lo mismo que las frutas maduras que terminan por explotar, esas que tienen en su interior un zumo incontenible: el olor de una floreciente pubertad entre las ingles y los sobacos, de unos huesos que aún se oyen estirar, esperando que nadie les descubra esa mueca que les permite jugar furtivamente entre adultos. Sed bienvenidas.

Entre tanta travesura, el payaso se acomoda y sus ademanes se vuelven más y más soberbios desde el trono. Su danza es ahora una pose trágica, aunque sin borrar nunca esa sonrisa agria que gesticula siempre a cámara lenta.…

20
Nov
2013
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Falta de sueño

Durante las últimas dos noches he estado promediando entre 3 y 5 horas de sueño nocturno. Aunque sé que más pronto que tarde recuperaré la rutina habitual (cercana a las 9 horas), ello me crea una preocupación añadida, un signo de alerta que quizás indique que posibles oscilaciones de mi estado de ánimo no queden muy lejos.

  • Me despierto sobresaltado a eso de las tres de la madrugada. Riño con la almohada y cualquier postura me incomoda.
  • Leo un poco con el lector electrónico, o bien trasteo durante un rato en la red para buscar algún vídeo que me entretenga. Enciendo y apago
  • Me revuelvo en la cama en diferentes posiciones, pero no acierto a llevarme bien con las sábanas. Repito este proceso ansiosamente.
  • Me tomó un Orfidal, sabiendo que a estas altas horas poco me podrá hacer.
  • Mi ansiedad se acrecenta pensando en como funcionaré al día siguiente con tantas pocas horas de descanso.
  • Cuanto más se acerca el amanecer más pienso: “Sí me duermo ahora, tendré xx horas de sueño.”

Y el proceso se repite, alargando el vilo hasta el amanecer.

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17
Nov
2013
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La chica del viernes

A veces invades a mi cerebro ocioso en los momentos menos propicios, cuando no hay más evidencia que la de rendirse a cierto sentimiento, un hormigueo renovado que se mueve entre la flaqueza de la razón y el deseo del gozo.

Y es que mis días se componen de instantes ya previstos, sin los riesgos que le parecían pertenecer a la suerte. Hasta ahora he tratado de guiarme por la razón, con los trucos que sólo los solitarios conocemos. Tras las peores acometidas del desquicio, la marea por fin da una tregua, y todo deja paso a la calma y el ocaso. Aunque sigo acomodado en mi ordenado mar de dunas, estos últimos amaneceres me han descubierto un reguero de huellas desconocido. Es un corto recorrido de pisadas, apenas la leve presión de unos pies de mujer contra la arena. Conozco de antes esas marcas intrusas, otras ya han osado a bañarse en mis aguas. Pero esta vez no voy a remover la arena, no vaya a ser que desdibuje tu camino andado y no puedas encontrarme de nuevo.

Me da miedo fracasar en mis relaciones, lo confieso. Últimamente hay quién me ha amado, pero sólo el tiempo justo. Existe un largo camino que nace de la urgencia del tacto y del deseo, pero que siempre se detiene ante el temor de nuevas y mayores complicaciones. Complicaciones de un mundo complicado, complicaciones de personas complicadas; una redundancia casi infinita que perpetúa la soledad.

El tiempo pasa y mis necesidades crecen, cambio la sed por el alimento del alma. Sí, el alma, ese apéndice tumoral que parece despertar en la cuadrícula de los días. Los sentimientos siempre yacen escondidos para aquellos que sólo creemos en lo lógico y racional.

Y sin atender al peligro, digo que ya no más me quiero despertar solo en mi playa. Por una vez, quiero formar parte de alguien. Esas huellas están ahí por algo, una señal que anima a la búsqueda del otro, a un íntimo deseo de comprender y ser comprendido, y de recibir caricias en el ejercicio de ese derecho.

Aquel viernes me comprendí a mí mismo, un poquito más. Aunque sin ningún propósito al principio, deseé alargar más el final, quedarme un rato más largo. Me reflejé en tu sencillez y me percaté de lo controlada y aséptica que puede llegar a ser mi vida. Por un momento, vi florecer una amapola en la fisura del hormigón.…

14
Nov
2013
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Rocas en el viaje II

II

En mi tercera mañana me levanté con la habitual jaqueca que siempre despierta a los malos dormilones. Apenas sin desayunar, dirigí mis primeros pasos hacia el soportal de aquel inhóspito bloque de apartamentos. Lo último que necesitaba era la luz seca y viva que me deslumbró a través de la verja, algo nada agradecido después de haberme aseado con tanta mala gana. Articulé una mueca asquerosa, de automática desaprobación, y con el sonido de un portazo lapidé un nuevo despertar, iniciando la andadura hacia un territorio desconocido.

A Malta fui bastante motivado. No todos los días le pagaban a uno un viaje al extranjero, aunque ello no supusiera por sí sólo unas vacaciones de grandes lujos. La beca no cubría muchos gastos, pero al menos se convertiría en una estupenda tirita para mis tristes días de verano. Hasta mi partida, mi vida discurría en un sendero de torpe apatía, con muchas noches desesperadas, que despertaban entre los arrugones de mis sábanas, dejando paso a mañanas aún más desagradables. Aquella escapada fue, en cierto modo, un oasis en el que ahogar mis penas.

Como alumno, mi compromiso sólo me obligaba a asistir a clases cinco mañanas a la semana. El nivel de los profesores, y el de la academia en general, dejaba bastante que desear, así que tomé con cierta resignación el hecho de no colmar mis expectativas académicas de mejorar mi inglés. De todas formas, aquel era un idioma que ya dominaba con cierta suficiencia.

Empecé las clases tras un fin de semana de adaptación —o mejor dicho inadaptación—, pues llegué un viernes y no empezaría hasta el lunes siguiente. Fueron unas primeras horas de soledad, pero también de expectación, sabía que algún cambio importante se avecinaba. El calor me abordó, haciendo mella desde el primer momento, derritiendo mi cerebro. Como un primer traspié al bajar del avión, pronto empezaron unos sudores insofocables, la piel me picaba por la sal que traía el viento y aquel sol únicamente anunciaba peligro sobre mi piel lechosa. Sin embargo, yo seguía notando aquella transformación, una amenaza escondida bien adentro; a duras penas concilié sueño en las tres primeras noches, esas debieron ser las primeras señales que no pude ver. Me sentía como el filamento incandescente de una luz artificial, siempre a punto de explotar en la fragilidad de su embrión de cristal. De madrugada, reflejaba mi cara de insomne en los casposos programas de la teletienda, con unos ojos vidriosos, sumergidos en la ansiedad de un vilo casi interminable, con la única compañía de una tele de tubo y una presentadora siliconada.…

4
Nov
2013
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Rocas en el viaje I

Me desperté con la luz intensa del mediodía y varios rayos de sol trajeron un indeseado toque de diana, de color blanco diamante. Perezosamente, retiré la mano de mis ojos y con los párpados fulminados, mi ceguera inicial pudo desenquistarme las legañas que entorpecían a un mar inmenso. Aquel infinito se aplastaba contra un lienzo en una delicada veladura, saturada de añil, ultramar y de una espuma blanca, orgánica, intensa, que lo removía todo. Fue un maquinal movimiento de cabeza, un gesto de dolor con el cuello, un quejido baldado tras varias horas de yacer sobre un lecho de roca y una toalla deslavazada.


Poco a poco fui dando tímidos bostezos y pude desentumecer el cuerpo. Primero el tronco, ayudándome con mano, brazo y espalda sobre un suelo negro y áspero; después doblegué las piernas y conseguí forzar una posición digna, como la de alguien que aparenta estar de paso, de viajante experto, pero en realidad es un turista accidental tratando de disfrazar su soledad viajando de aquí para allá, el justo tiempo para no ser descubierto, para no enraizar lo más mínimo.

La situación del hotel hizo que la playa que me recomendó el dependiente del hotel no fuera, por imposibilidad, de las pocas que había de arena, aunque a la que me dirigió estaba a muy escasos metros de la entrada de mi acomodo, era concurrida y tenía muchos servicios de restaurantes y tiendas.

Al llegar, ya con el primer oteo, vi que me ofrecería una incomodidad infernal durante toda la mañana, propia de las piedras que la recorrían en unas escaleras de bajada, pétreas y naturales, hasta bien entrada la orilla que rompía en una arista abismal. Mis chanclas, imprecisas para tal terreno, incomodaban tanto como ir descalzo; andar en playas tan duras se convertía en un irremediable suplicio si no disponías del calzado adecuado. Aquella maldita isla, Malta, era tal cual un pedrusco en medio del Mediterráneo, con su cal y sus aguas calientes; parecía un trozo de carbón, abandonado a mala fe, cortante y rasposo, dispuesto a herirte con su iridiscencia y lanzándote sus cristales de sal, con una picor que nunca saciaba por mucho rascar.

Tras aquel despertar, colgué sobre mis rodillas los codos a modo de bisagra y crucé mis manos, esperando una mínima brisa que nunca vendría; una soporífera nube de sofocante humedad, casi trópica.

El tiempo pasaba. Secas rachas de viento.

Aún con mi desubicación a cuestas, pero al menos ya despejado, me descubrí sentado junto a una típica familia con niños y entre varios grupos de jóvenes, éstos sí más numerosos, reclamados seguramente por un turismo barato, centrifugado con alcohol y música sintética.