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Nov
2015
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18 líneas entre Moscú y Gandia

Vuelo Iberia 9761 – Terminal 3

Todavía no he visto una escoba. Al llegar a España me obligaron a subir a un coche gris y me pusieron una venda en los ojos. No sé porque camino vinimos ni nada sobre el trabajo que me prometieron. Hago preguntas que nadie me contesta. Me puse un ceñido traje a ciegas, no sé de qué color, y es difícil andar con unos tacones tan altos. Sentada en un sofá, oigo a muchos hombres hablar en ruso, pero ya hace tiempo que se marcharon. El español, a los que los otros apodan “El Hispano” sigue preparando la mesa. Oigo el tintineo de los cubiertos. Me aburro, alguien tarda demasiado en darme noticias… Echo de menos Moscú.

«Tienes diecisiete años, te venderás bien», le dije, aunque sabía perfectamente que no entendía mi idioma. Yo me sentía eufórico y desde la cocina le mandaba mensajes de lo que le venía encima: «Vas muy guapa». Le susurraba al oído, y me reía, pero mis carcajadas le hacían bostezar de una manera inaudita. Poco importaba, las vírgenes eran siempre las mejor pagadas. El cliente no tardaría mucho en llegar y yo recibiría mi comisión. Encendí unas velas y puse a enfriar vino blanco en una cubitera. Solía guardar los pasaportes de las chicas en la caja de caudales, aunque el suyo lo llevaba aún en el bolsillo. Observé mi reflejo en el dorso de una cuchara de plata bien pulida. «Primero debo probar el material, todavía falta un cuarto de hora», pensé. Me acerqué a ella por detrás del sofá y, al notar el fru-frú de mis manos sobre el asiento, ella giró su cuello y deslicé de nuevo mis labios sobre su oreja. Mi ruso era torpe, pero tan fácil de entender que mi nueva inquilina asentía maquinalmente al son de mis palabras: «Ahora te llamas María. Desnúdate lentamente. No te quites la venda».

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